CAZAR A “EL CHAPO”, ¿Y LUEGO?

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La cacería a Joaquín “El Chapo” Guzman llegó para quedarse.

Poner al narcotraficante más buscado del mundo tras las rejas es el golpe de autoridad que el Presidente Peña Nieto necesita. Corrijo, más bien le urge.

Justo ahora en que el discurso presidencial se pierde en el contraste radical entre su visión reformista y lo que sucede en la realidad, el Presidente precisa de un “momento WOW” para enderezar, aunque sea un poquito, su golpeada credibilidad.

Por eso vemos en todos los medios las capacidades del operativo de la Secretaría de Marina en la sierra de Durango y Sinaloa. Por eso se acabó el sigilo: ayer en Culiacan, a plena luz del día, la Marina cateó la vivienda de una cuñada de Joaquín Guzmán y forzó la entrada porque el “timbre no servía”.

También es un secreto a voces que la inteligencia norteamericana juega ahora un rol más relevante que en operativos anteriores. Y eso ya es decir bastante, pues en Sinaloa diversos testimonios refieren que antes de su captura en Mazatlán, quienes daban las órdenes para localizar al capo eran unos elementos “más altos, más güeritos y de español medio cortado”.

Hasta donde sabemos, el capo se encuentra cuasi cercado en medio de las montañas. Dice el reporte oficial que tendría heridas menores en el rostro e incluso se habla de una pierna posiblemente fracturada durante la huída.

Pero lo más interesante no es la cacería del capo más célebre de México, sino su contexto y consecuencias.

Desde varios días antes de enterarnos sobre los operativos, y mientras las autoridades locales negaban que el objetivo de dichas operaciones militares fuera Joaquín Guzmán, hacia el municipIo sinaloense de Cosalá comenzaron a “bajar” pobladores provenientes de las rancherías de Tamazula, Durango.

Ese tipo de desplazamiento forzado solo sucede cuando la gente tiene miedo de que algo grave suceda. Cómo me dijo algún viejo conocedor de estos temas: “ si se bajan es porque saben que el capo está allí y temen las consecuencias…”

No se equivocaron, el capo no solo estaba allí, sino que vivía muy campante cobijado por los pobladores. Carlos Loret, el reportero preferido de las filtraciones sobre el Cartel de Sinaloa, se refirió en su columna a los paseos en Ferrari de Joaquín Guzmán en el Triángulo Dorado.

Por eso no es casualidad que, a pesar de la posibilidad real de abusos a los derechos humanos durante los operativos, en diversos municipios de Sinaloa aparecieran “de pronto” y de manera sincronizada, lonas perfectamente impresas en contra de la Secretaría de Marina.

Incluso, la Diputada Local de Sinaloa, Lucero Sánchez, a quien se vincula sentimentalmente con Joaquín Guzmán y es acusada de haberlo visitado en el penal del Altiplano, subió a la tribuna para denunciar movilizaciones forzadas y hasta personas desaparecidas:

“No se vale que por abuso de poder, se queden más de 200 familias sin su patrimonio, simplemente porque se les antoja violar los derechos humanos de cada persona, habitantes de las comunidades serranas, tanto de Cosalá, como de Tamazula, Durango”, dijo en la máxima tribuna del estado.

¿Estamos entonces ante una violación sistemática de derechos humanos o ante la base social del narco sinaloense que se manifiesta y defiende su coto de poder?

Es muy claro que el Gobierno Federal apuesta todos sus recursos para conseguir resultados contundentes en esta empresa. De hacerlo, reduciría en buena medida el impacto brutal del golpe que sufrió la Presidencia de Peña Nieto cuando el capo se fugó en las narices del CISEN y la Comisión Nacional de Seguridad.

En ese contexto, el Gobernador de Sinaloa, Mario López Valdez, quien siempre ha sido excluido de este tipo de operativos, reconoció con timidez la búsqueda del capo.

Sin embargo, vale preguntarse qué cambiará si “El Chapo” Guzmán es capturado de nuevo y por tercera vez.

¿Veremos un verdadero desmantelamiento de su estructura financiera y criminal?, ¿podremos descubrir y castigar las redes de corrupción que lo alimentan ya sea en prisión o en libertad?, ¿se reduciría en alguna medida el consumo de drogas o la violencia sistemática de los carteles que todos los días nos endilga cuatro, cinco muertos?

Las preguntas valen porque ya vimos como durante la breve estancia de Joaquín Guzmán en el Altiplano, el Cártel de Sinaloa no sufrió mella alguna. Vamos: hasta comprobó su capacidad para asimilar estructuralmente una “vacante” de ese nivel.

Y atrevo dos preguntas más complejas: de morir Joaquín Guzmán en el operativo, ¿están las autoridades conscientes de los reacomodos que eso implica en el Cártel de Sinaloa y sus consecuencias violentas?, ¿está listo Sinaloa y el resto del país para el coletazo que vendría? Lo dudo mucho.

Y mientras vemos muertos, fugas, corrupción y desplazados… sigamos, como lo hizo Felipe Calderón, en la necedad y la hipocresía de fingir que la estrategia es la correcta.

Sigamos Presidente, que ese México, allá en la sierra, todavía aguanta.

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