Un presidente independiente en 2018 ¿para qué?

arrasa clouthier

Es innegable que las candidaturas independientes se han instalado en la conversación política de México.

Pasaron de ser una posibilidad incierta e impredecible para adquirir el rostro de lo concreto. Las “candidaturas independientes” encarnaron y son ahora las caras de Jaime Rodríguez, Manuel Clouthier y Pedro Kumamoto, entre otros. Cada uno, muy a su manera, se vistió de héroe en las distintas regiones en donde contendieron. Acaso el mayor signo en común: ir a contracorriente contra el sistema.

Más allá de los retos que a cada uno se les exigirá, la verdadera razón por la que ahora nos ocupamos de hablar de ellos es una y solo una: su éxito.

Un éxito que sin duda no es incoloro ni neutral. Cada uno tiene antecedentes políticos e ideológicos que los distinguen. Pero “independiente” no significa pureza, sino más bien “sin partido”. Y me parece que en ese rasgo reside el mayor atributo de esta figura de participación política.

¿Por qué? Pues porque los ciudadanos estamos hasta la madre de los partidos políticos y sus prácticas anacrónicas y mafiosas.

Ayer, en una plática en Culiacán, le escuché decir al periodista Pedro Ferriz de Con qué la única disyuntiva real en el escenario electoral de 2018 es si Andrés Manuel López Obrador tendrá un contendiente lo suficientemente serio como para arrebatarle la presidencia. En el liderato absoluto de todas las encuestas y en medio del desgaste terrible que sufren PRI y PAN, la pregunta que nos debemos de hacer es si el germen ciudadano alcanzará para oponer una figura competitiva frente al persistente “Peje”.

Sin duda, el caldo de cultivo se cocina. No es casualidad que Manuel Clouthier abandere una iniciativa para perfeccionar la figura de candidaturas independientes apoyado por un grupo amplio de líderes de opinión a nivel nacional. No es casualidad tampoco que “El Bronco” no suelte el protagonismo nacional desde la palestra que le ofrece un estado poderoso e importante como Nuevo León. Y no será casualidad que en las próximas elecciones locales de 2016 veamos experimentos ciudadanos en alcaldías, diputaciones locales y hasta en gubernaturas. Experimentos empujados por organizaciones de la sociedad civil y financiados sin duda por empresarios dispuestos a intentar otras recetas de acceso al poder.

Por eso lo que augura Pedro Ferriz y repiten muchos en la comentocracia nacional no suena a locura, sino más bien a alternativa.

Estoy convencido que la coyuntura política nacional da para mucho más que la resignación por qué nos gobiernen candidatos que ganarán con el voto duro del 30 por ciento del padrón electoral.

Resignarnos a eso implica aceptar gobernantes con una representatividad que no rebasará el 20 por ciento del electorado total. Gobernantes elegidos con la legitimidad que da una televisión digital regalada, una despensa o el privilegio sindical. ¿Neta eso queremos para el futuro inmediato?

No lo creo.

Tampoco creo que las candidaturas independientes vayan a salvar a este país de sus desgracias, ni a solucionar de un plumazo todos los graves y complejos problemas que nos aquejan.

Por supuesto es necesario que lo partidos se reinventen, cuestionen sus ideologías y redefinan sus plataformas. Para que comiencen a ser ejemplo de institucionalidad, transparencia, representatividad y, algo clave, de honestidad. Si por algo han perdido tanto los partidos, es porque la ciudadanía les perdona cada día menos su rapacidad y corrupción.

Pero ese proceso de fortalecimiento institucional es y será necesariamente lento. La curva de aprendizaje toma tiempo de recorrer e, incluso, puede recorrerse mal. Basta ver el fracaso del “Nuevo PRI” que representa ahora el Grupo Atlacomulco tras 12 años de recomposición. Y basta ver cómo se le cumplió el presagio a Acción Nacional: ganar el gobierno para perder el partido.

Los partidos no tienen tiempo para refundarse. Por eso 2018 huele mucho más a la ventana de oportunidad que las candidaturas independientes necesitan.

Lo digo porque me parece que solo desde otros espacios y otras trincheras se le podrá hablar distinto a este país.

Ese país al que la esperanza se le acaba todos los días con cada nuevo escándalo de corrupción y con cada precedente de complicidad de las instituciones que deberían ser contrapeso.

Ese país de ciudadanos que van más allá del escepticismo para instalarse en la apatía y el valemadrismo porque de todas formas “no pasa nada”.

Ese país de empresarios cansados de pagar impuestos sin ver beneficios de regreso; cansados de pagar los precios de ser honestos: auditorías, requerimientos, presiones… invitaciones a “desayunar” desde la oficina de gobierno.

Un país de periodistas asesinados por hacer su trabajo con una voz independiente. Periodistas que ganan premios nacionales mientras siguen en el desempleo porque su trabajo no es simpático.

Atrevo el pronóstico: solo a través de una perspectiva del “otro lado” que surja de sacudirse la rigidez del sistema de partidos, así como los intereses y ataduras que eso representa, se podrá articular un discurso innovador que genere entusiasmo y devuelva la esperanza al ciudadano mexicano.

Ojo, ese discurso no es posible sin la congruencia indispensable entre lo que se dice y lo que se hace. Es decir, por más independiente que sea el candidato o candidata, no será suficiente si su hoja de vida y trayectoria no lo avalan como una opción creíble frente al electorado. La corrupción y la ineptitud no tienen color, y los votantes lo saben.

Por feo que suene. Por grave que resulte. Enrique Peña Nieto perdió su gobierno el día que se hizo público que la corrupción habita su propia Casa.

No es Ayotzinapa, no es la mediocridad económica, ni la fallida estrategia de seguridad. Vamos, tampoco es la fuga de “El Chapo”. Si bien todos esos hechos duelen, es el reportaje de la “Casa Blanca” lo que ha debilitado el poder del Presidente a niveles históricamente bajos de credibilidad nacional e internacional.

La razón es poderosa: un hecho así habría alcanzado en cualquier democracia verdadera para destituir al Presidente. En México no. No porque nuestro sistema contradictorio democrático no funciona. Se simula.

Pero aunque la oposición, el congreso y el poder judicial insistan en fingir que no hay delito a perseguir, los ciudadanos lo tienen claro: el signo de su Presidente y la clase política que le acompaña es la corrupción, el enriquecimiento y el tráfico de influencias.

Frente a ese nivel de clase política la alternativa es única y resulta hasta obvia: buscarle por fuera. Y más allá de las limitaciones, en nuestro esquema de libertades ese “afuera” se llama ahora candidaturas independientes.

EPN noroesteTodavía faltan más de dos años para decidir. El escenario es incierto y los nombres que ahora suenan en los medios y las encuestas pueden cambiar de la noche a la mañana.

Se antoja difícil que el sistema sea capaz de producir algo distinto. El reto para la sociedad organizada será ponerse de acuerdo en una agenda y encontrar a la persona correcta con el equipo correcto.

El ambiente está allí: se respira, se siente. La sociedad organizada debe moverse con efectividad pero sin olvidar lo más importante: la pregunta no es quién, sino para qué.

El ambiente está allí: se respira, se siente. La sociedad organizada debe moverse con efectividad pero sin olvidar lo más importante: la pregunta no es quién, sino para qué.

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