Sinaloa: el síndrome de la negación

 

cosalá

Negar la realidad es una conducta común cuando las cosas no van bien. La negación es una tentación humana para no aceptar lo que nos duele o nos desagrada. Pero una cosa es negar lo evidente como un primer impulso automático y otra es hacerlo con total deliberación para justificar nuestro proceder. Eso se llama mentir.

Pues bien, es obvio que a la clase política de Sinaloa se la da -y muy bien- eso de mentir para “confrontar” la realidad.

Basta ver dos hechos que nos tienen ahora en el centro de la conversación nacional: el número vergonzoso de homicidios dolosos que nos ubica como una de las entidades más violentas del País y el affaire de la Diputada Lucero Sánchez.

En ambos casos los actores políticos involucrados nos han mentido hasta el cansancio para no aceptar el fondo común de ambas situaciones: el enorme tamaño y poder que ha alcanzado el crimen organizado en nuestro estado y sus dolorosas consecuencias para todos, incluidos ciudadanos, políticos, empresarios y hasta los mismos criminales.

En el caso de los homicidios dolosos no hay mucho que interpretar, las cifras están allí, validadas precisamente por la Procuraduría del estado: a casi un año de que concluya el mandato de Mario López Valdez, su gobierno ya rebasa la cantidad acumulada de homicidios en el sexenio completo de su antecesor Jesús Aguilar Padilla. Y a juzgar por los datos, sumará por lo menos 500 asesinatos al final de 2016.

Vaya, Una cosa es que las tendencias, como dice el Gobernador, sean a la baja y otra cosa es que esas tendencias muestren un comportamiento harto similar al de la tendencia nacional. Es decir, la reducción en el ritmo de los asesinatos obedece mucho más a una disminución de la rivalidad delincuencial entre los carteles y a otros factores que muchos expertos (como Alejandro Hope) señalan, que a la acción coordinada de nuestros gobiernos. Una tendencia que, por cierto, se ha detenido y empieza a mostrar en los últimos meses un preocupante crecimiento.

Y si a esas vamos, habría que preguntarle al Gobernador y su equipo por qué hasta ahora los “peces gordos” del crimen organizado sinaloense nunca han caído a manos de las policías locales sino a manos de fuerzas federales. Habría que preguntar también por qué esas mismas fuerzas, especialmente la Marina, no informan a las autoridades locales de sus operativos en una actitud de franca desconfianza.

Por otro lado, el caso de Lucero Sánchez ya alcanza la misma popularidad que el de la actriz Kate del Castillo. Malas noticias para los sinaloenses que otra vez el País y el mundo nos ponga en el mapa como sinónimo del narco. Y es que las respuestas de los dirigentes del Partido Acción Nacional y del Partido Sinaloense no convencen a nadie. Resulta muy difícil ser convincente cuando la versión de los hechos ha cambiado tanto en escasos ocho meses.

El caso tiene una altísima relevancia por sus implicaciones políticas y las consecuencias que podría tener en los siguientes comicios locales sobre los candidatos del PAN, PRD y el PAS. Todos los sinaloenses hemos sido testigos de cómo la Diputada negó desde el principio cualquier vínculo con Joaquín Guzmán, luego dijo conocerlo “de lejos” y al final tuvo que abstenerse de declarar cuando fue presentada en las instalaciones de la SEIDO. Por otro lado, la dirigencia local un día dice una cosa y otro día otra. El escándalo ya salpica lo mismo a Gustavo Madero que a Gerardo Vargas, y por lo tanto al Gobierno del Estado.

Hay hasta un elemento de humor negro en el caso: el PAN local ha decidido iniciar una “rigurosa” investigación para dar con el verdadero responsable de la postulación de Lucero Sánchez. Otra vez, mentir para simular, simular para mentir. ¡Y luego se quejan de su desprestigio!

La Diputada deberá ser sometida al debido proceso judicial en garantía de todos sus derechos para concluir si hubo o no delitos firmes en su actuar. La pelota está ahora en la cancha de la PGR, quien ha dicho solicitará el desafuero de la Diputada para proceder en su contra.

Pero más allá de la nota nacional y de la negación del Gobierno estatal sobre una realidad que abruma y avergüenza, conviene tener claro que tanto Lucero Sánchez como Mario López Valdez llegaron a sus puestos elegidos por la mayoría de los sinaloenses. Llegaron y en su carácter efímero, habrán de despedirse muy pronto. Se irán dejando nuestro mayor problema intacto o acaso más grande y crecido: el crimen organizado.

Este artículo pretende que, justo a unos meses de un proceso electoral que se antoja desangelado y un tanto convulso, los sinaloenses nos hagamos las preguntas correctas antes de animar alguna respuesta automática: ¿Qué necesitamos hacer para empezar, repito EMPEZAR, a cambiar nuestra realidad violenta?

Y pongo énfasis en nuestra situación de inseguridad no porque no reconozca que hay otras cosas que no están “tan mal” en Sinaloa. Desde Noroeste hemos intentado de muchas maneras cambiar la conversación y tener una agenda más propositiva sin abandonar la crítica.

Pero por más que nos empeñemos en negar los índices y aislarnos en nuestros cotos privados, los casi tres muertos diarios están allí, la sierra y su pobreza crónica está allí, la corrupción y la cooptación de nuestras instituciones está allí. El narco, la narcocultura, su violencia, su riqueza y su dolor están allí, con nosotros y junto a nosotros. El mismo Joaquín Guzmán lo dice para Rolling Stone: la falta de oportunidades como condición histórica de nuestro estado.

Pues bien, Joaquín Guzmán ha vuelto a la cárcel pero para los sinaloenses no ha cambiado nada. El crimen organizado es nuestro mayor problema y nos afecta en todos los aspectos: en la economía, en la sociedad, en la cultura.

Por más que insistan gobernadores y alcaldes, 600 o 700 asesinatos al año no son “normales”. Rodearnos de bardas, alarmas y casetas de vigilancia no es una cosa normal. Tener miedo de reclamarle al vecino su fiesta con banda y “chirrines” hasta la madrugada y no confiar en que la policía venga a corregirlo tampoco es una situación normal. Escondernos en nuestras casas en Año Nuevo para no caer víctimas de una bala perdida no puede ser un comportamiento normal.

Por más que insistan nuestras autoridades en nuestras bellas mujeres y los manjares de nuestra cocina, Sinaloa no explotará su verdadero potencial de desarrollo hasta no reconocer lo que nos lastima y se tomen decisiones firmes en el sentido contrario.

En ese sentido me gustaría ver algo de honestidad de nuestros candidatos durante el próximo proceso electoral. Lo sé, no es un tema taquillero ni agradable, pero si no es mucho pedir me gustaría ver que quienes aspiran a gobernar Sinaloa tienen claras las cosas y no vendrán, como sucede ahora, a negar lo evidente. Sinaloa necesita muchas cosas, pero sobre todo necesita estar unido y claro en su futuro. Un futuro que no es posible con el miedo y la violencia metido en nuestras casas.

Creo firmemente que podemos ser “otro” estado. Uno mejor. Uno donde las calles sean para las gente y no para las camionetas. Uno donde la nota más leída no sea siempre la nota roja. Depende de nosotros y de la manera en que acompañemos a nuestros gobernantes.

Nuestra responsabilidad es aportar un acompañamiento crítico y exigente, pero también colaborativo e inteligente. No tengo duda que podemos, la pregunta es si nuestros próximos gobernantes van a poder. Si van a estar a la altura para escuchar y dejarse ayudar. Para empatar sus intereses con los de la ciudadanía y demostrar, con hechos y no con mentiras, que pueden ser diferentes de los actuales.

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