El Capo en la superficie

palestra la derrota cultural

Joaquín Guzmán Loera decidió abandonar el sigilo. Después de su segunda fuga, el capo habita en la superficie. Como la “plaza”, los medios son ahora su territorio. Y congruente con su experiencia, quiere control.

Esta semana, el capo dirigió la agenda mediática sin salir una sola vez a cuadro o emitir palabra alguna. La nota la dieron su esposa Emma Coronel para Univisión. Para The Guardian, una supuesta hija no reconocida por la familia desde California: Rosa Isela Guzmán. Su hermana Bernarda concedió entrevistas frente al penal de El Altiplano.

También el abogado alega violaciones a los derechos humanos del prisionero. Argumenta que no lo dejan dormir, le pasan revista cada hora y un perro lo vigila de cerca. Las autoridades negaron todo y justificaron una vigilancia más estricta para evitar un tercer escape. La respuesta oficial lleva implícita la derrota: ¿qué no lo vigilaban con rigor desde antes? Es obvio que no.

He insistido en una idea que no es inocua: el crimen organizado mexicano tiene desde hace mucho tiempo una estrategia de comunicación. Su canal más estridente es la violencia y sus objetivos son el miedo, la intimidación y la incertidumbre.

A esa estrategia obedecen acciones como las mutilaciones, las mantas colgadas en lugares públicos, las movilizaciones populares (como las marchas pro-“Chapo” Guzmán que vimos en Sinaloa durante 2014 para evitar la extradición) y ahora las supuestas “entrevistas” que no son más que publirreportajes.

También insisto, no podemos ser ingenuos y pensar que se puede entrevistar con rigor y libertad a personajes de estas características. No porque no haya valor periodístico ahí, sino porque no hay garantías para el ejercicio riguroso del oficio. Eso sí, este tipo de encuentros serán siempre “la nota”, pero pregunto, ¿ese nivel de discurso queremos?

Que la estrategia contra el narcotráfico en México sea un fracaso, no significa que los medios tengamos que ser parte de ese fracaso.

Tenemos que estar muy atentos para no volvernos parte de la cadena de suministro comunicativa del crimen organizado. Las líneas son muy tenues y las decisiones complicadas. Medios y periodistas tenemos que decidir con un enfoque más casuístico que generalizado, pero debemos privilegiar la reflexión ética antes que la urgencia periodística: ¿qué si debemos replicar y qué no?, pero sobre todo ¿cómo?

Ante la inminente instalación del nuevo sistema de justicia penal acusatorio, la manera en que los medios cubrimos la nota roja debe cambiar profundamente. Debemos fijar el objetivo de nuestro trabajo en garantizar la protección de la presunción de inocencia. A las autoridades les toca respetar el debido proceso y la cadena de custodia.

Sobre decir que nuestras policías, ministerios públicos y jueces no están listos. El mismo Gobierno Federal hace como que no “presenta” a los objetivos estratégicos detenidos, pero todos podemos verlos cuando los “trasladan”.

Los periodistas tampoco estamos preparados. Falta mucho por aprender. Urge empujar esquemas internos de capacitación en coberturas y publicación. Urge que los medios aprendamos a elevar el nivel con el que abordamos nuestro mayor y más complejo problema nacional.

Porque ya va siendo hora que reconozcamos que no es la economía lo que le impide a México convertirse en una potencia mundial. Es nuestra crónica debilidad en el estado de derecho. Una debilidad que se explica en gran parte gracias a la corrupción que el crimen organizado alimenta desde afuera y, también, desde adentro del sistema.

Un crimen organizado que vulnera la convivencia y socava la cultura de la legalidad con una consecuencia preocupante: el narco en México dejó de ser consecuencia para convertirse en causa.

La narco-política en México es un problema real que no nos gusta reconocer. Es la expresión más grave de cómo el narco no solo quiere controlar el comercio ilegal, sino también las estructuras de poder formales. No hay mejor manera de blindar el negocio que accediendo a los recursos e impunidad que brinda el poder público.

Y el mejor vehículo para conseguirlo es dando la batalla en todos los frentes. Ahora el narco sabe que los medios tradicionales y las redes sociales representan uno de esos espacios a dominar. Y que, igual que para gobernadores o alcaldes, también se controlan con dinero.

Después de imbricarse en los negocios, la farándula y la política, era lógico que tarde o temprano el crimen organizado alcanzara a los medios usando su poder más “suave”: la influencia de la narco-cultura. En México, la programación más exitosa es la que exhibe el modelo de éxito del narco. ¿Le suena “El Señor de los Cielos”?

Veremos si la industria nacional de los medios es capaz de separar su discurso de la violencia y la intimidación. Veremos si podemos brindar contenidos más allá de la réplica a los dichos de un capo y las mujeres que lo rodean.

Son tiempos difíciles para el periodismo en México. Entre la publicidad oficial y el crimen organizado, medios y periodistas tenemos que fijar postura.

El reto es doble: establecer distancia crítica y, al mismo tiempo, realizar una profunda reflexión ética sobre el fenómeno narco.

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