Sinaloa y el debate global sobre las drogas

palestra la derrota cultural
Fuente: Noroeste

México no puede desentenderse del debate mundial sobre el narcotráfico, el crimen organizado y la violencia que les acompaña. Sinaloa tampoco.

No asistir a la Asamblea de las Naciones Unidas sobre el Problema Mundial de las Drogas 2016 (UNGASS 2016) pudo haber sido un error desastroso para el Presidente Peña Nieto.

Hace unos días, el periodista Genaro Lozano reconoció la rectificación del Presidente para asistir a la Asamblea y participar en el urgente -y necesario- debate sobre la política mundial de combate a las drogas. Otros  articulista, Jorge Castañeda, se ha pronunciado sostenidamente en el mismo sentido.

Peña Nieto mostró prudencia y sensatez. Pero tras escuchar completo el discurso del Presidente, debo decir que la audacia que el mismo Genaro le pide en su más reciente artículo de Reforma no estuvo allí.

El presidente acertó al reconocer con sensibilidad que México es uno de los países que más caro ha pagado las consecuencias del paradigma prohibicionista: miles de muertos, una pésima imagen internacional, una corrupción institucional que nos devora y esa maldita violencia que no cesa.

Buena parte de esa factura social la hemos pagado los sinaloenses. En nuestro estado el narcotráfico y el crimen organizado llevan tanto tiempo metidos hasta las raíces que nos va a tomar dos o tres generaciones sanar esa herida.

Es cómo cuando vamos al nutriólogo para que nos adelgace en dos semanas lo que hemos engordado durante años. No se puede, no hay atajos.

Por eso más vale que empecemos en algún momento. Ese momento es ahora.

Y cuando digo “empezar” no significa que no se haya hecho nada antes. Al contrario, hemos gastado muchas vidas y recursos materiales para combatir un fenómeno que, lejos de reducirse, crece. La dizque “estrategia” no funciona, por más que insistan nuestras autoridades.

No podemos tapar el sol con un dedo e insistir en que “vamos bien” cuando la violencia y la narcocultura nos carcomen.

El Presidente Peña Nieto dijo:

“… debemos continuar haciendo lo que ha funcionado, con flexibilidad debemos cambiar aquello que no ha dado resultados. El esquema basado esencialmente en el prohibicionismo, la llamada guerra contra las drogas que inició en los años 70 no ha logrado inhibir la producción, el tráfico ni el consumo de drogas en el mundo”,

y, acto seguido, propuso 10 puntos para dar un viraje en el combate contra las drogas que no me detengo a mencionar aquí.

Se refirió también a la necesidad de flexibilizar la legislación sobre la mariguana con fines científicos y médicos. Discrepo. Debemos ir más allá y alcanzar la esfera lúdica.

Si sabemos que Estados Unidos estará legalizando la mariguana de manera gradual durante la próxima década, ¿nos seguiremos matando en Tijuana por el narcomenudeo mientras en San Diego se fuma mota en las calles?

México apostó por la corrección política. Pero nos quedamos muy cortos.

El discurso del Presidente es insuficiente por su carencia de audacia, pero sobre todo por su falta de credibilidad.

Peña Nieto volvió a decir verdades a medias cuando se refirió al “combate integral” que su administración realiza y al poner, él mismo, el dedo en la llaga: los derechos humanos.

El mandatario insistió en que el nuevo enfoque sobre el combate a las drogas debe privilegiar los derechos humanos, la prevención y la salud pública.

En Sinaloa ese combate integral también es una mentira. Tenemos vehículos todo terreno, grandes –y opacos- presupuestos para seguridad, sendas juntas de coordinación. Pero en la realidad el combate es selectivo, la impunidad rebasa el 90%, los reos gobiernan las cárceles, nuestras policías -y sus mandos- están reprobadas y la tortura es una práctica sistemática supervisada por los comandantes con la venia del Gobernador.

Por eso suena difícil creerle al Presidente después de la crisis de derechos humanos que vivimos y que ha sido señalada por la ONU y la CIDH, a pesar de las reticencias y ataques de las autoridades mexicanas que en lugar de regatear deberían atender.

Una crisis en la que Sinaloa destaca con desaparecidos, tortura y feminicidio.

Por último, habría que preguntarnos si el recapacitar del Presidente para acudir a la Asamblea de la ONU y la disculpa del General Cienfuegos a nombre de la milicia son mero discurso o representan un verdadero cambio de actitud en nuestro gobierno.

Ojalá sea lo segundo. México necesita más que nunca gobernantes sensibles que escuchen y entiendan que la crisis de derechos humanos no son solo recomendaciones de organismos internacionales, mala prensa o cifras vergonzosas. Sino que detrás de esos señalamientos hay hombres, mujeres y niños asesinados, desaparecidos, torturados, abusados.

En Sinaloa tenemos una obligación con la historia y con las generaciones futuras. No podemos seguir así. El debate mundial en ciernes sobre la estrategia global del combate a las drogas debe significar para nosotros una oportunidad de sacar la cabeza y levantar la voz. Tristemente, tenemos las credenciales.

Sinaloa tiene el derecho y la obligación de aportar su experiencia concreta a ese debate. Debemos aportar los aciertos y los errores, pero sobre todo las consecuencias de no reconocer el problema del “narco” y sus efectos secundarios: violencia, drogadicción, corrupción, narco-política, narco-cultura.

Es momento de asumir el estigma “narco” pero no desde la negación, sino desde la responsabilidad.

Podemos aportar mucho. Podemos liderar esa conversación nacional si nos decidimos a hacerlo. Estoy seguro que será para bien.

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