México, entre China y Japón

Bund
El bund en Shanghai, Foto: Adrián López

Todavía me duelen los pies de tanto caminar, pero valió la pena. Tras una semana en Shanghai y otra en Tokio es imposible no emocionarse. Como parte de mi maestría, tuve la oportunidad de aprender de dos culturas impresionantes.

Sé que dos semanas no alcanzan para comprender la complejidad de dos naciones que han sido históricamente protagonistas de la geopolítica y la economía mundial. Pero intentaré en este espacio muy breve contarles mi experiencia y algunos aprendizajes chino-japoneses.

Voy primero con Shanghai. Digo Shanghai y no China porque como dice mi amigo y experto Alfonso Araujo: no existe tal cosa como China, sino muchas “chinas” a la vez. Lo cual explica en una frase la complejidad cultural de esta nación que se convertirá, seguro, en la economía más poderosa del mundo. Tan solo por la escala.

Shanghai es enorme, superpoblada y dinámica como pocas ciudades. Cuando uno camina por el Bund o por Huai Hai, una de sus calles más comerciales, no se siente el “comunismo”. Todo es progreso: grandes banquetas, carros deportivos en las avenidas, jóvenes en el último grito de la moda. Centros comerciales llenos de grandes marcas pero, algo interesante, también llenos de creatividad y cultura. K-11 por ejemplo, es un espacio que combina lo mejor del shopping mundial con marcas locales de alta calidad, galerías, restaurantes y hasta una pequeña granja para cultivar vegetales.

Por otro lado está la estrategia china del bloqueo digital a los gigantes Google, Facebook y YouTube. No es que los chinos estén ajenos a la digitalización, al contrario, para cada uno de ellos existe la versión china (y mejorada) que les compite en serio. WeChat y Ali Baba son acaso los productos más acabados de la estrategia China de “innovación incremental”: imita la esencia de una idea de negocio, experimenta, falla rápido, aprende y mejora. Basta ver lo que WeChat hace con el e-commerce para abandonar la idea de que las empresas chinas no innovan.

Pero lo que más me impresionó es como el Partido Comunista se parece mucho a una meritocracia: sólo los mejores perfiles ascienden a los niveles más altos y nadie que no esté preparado y lo haya demostrado puede gobernar una provincia relevante o una ciudad como Shanghai.

Por otro lado está Tokio: la ciudad más densa e influyente del mundo. Tokio impresiona por limpio, ordenado y “perfecto”. Es curioso, pero a pesar del cuestionamiento mundial a las tácticas económicas del gobierno japonés actual y del estancamiento de la economía, la “crisis” tampoco se siente. La razón es obvia, son la ciudad más rica del mundo.

Pudimos platicar con un alto ejecutivo del complejo urbano de la Torre Mori en Roppongi Hills, un distrito creado en torno a este impresionante desarrollo que integra espacios habitacionales, oficinas, shopping mall, restaurantes y cines. Lo más impresionante es que la familia Mori decidió dedicar los últimos 5 pisos al Mori Arts Center: museo, galería, una academia y un club para fomentar el arte, la inteligencia y la cultura. Cuando le preguntamos si recibía algún tipo de subsidio fue tajante: “No recibimos nada. No queríamos perder la libertad para exponer lo que se nos antoje en nuestro museo”.

También tuvimos la oportunidad de compartir con un monje budista de alto rango y practicar con él meditación Zen en Kamakura. No es sencillo, cuesta mucho apaciguar el cerebro y poner todo tu “yo” en el momento. Lo empecé a lograr cuando el monje me asestó tremendo trancazo con un madero en la espalda para “resetear” el cuerpo.

Kamakura en Japón. Foto: Adrián López

Pero si pudiera quedarme con alguna enseñanza fundamental es precisamente el contraste que existe sobre un mismo concepto entre ambas culturas. Mientras que para los chinos el concepto de armonía se identifica más con el flujo entre los extremos, la flexibilidad y la adaptación a las circunstancias. Para los japoneses ese mismo concepto budista tiene que ver con el orden, la disciplina, la estructura. Las dos visiones permean y definen sus modos de gobernar, hacer negocios y convivir.

Dos caras de una misma moneda que nos recuerdan a los occidentales cuantos prejuicios y paradigmas tenemos sobre esa otra mitad del mundo. Una actitud que surge las más de las veces de la ignorancia.

Por supuesto no son sistemas perfectos. Si bien China ha logrado sacar a cerca de 400 millones de personas de la pobreza y el nivel de vida de Japón es uno de los más altos del mundo, me pregunto mucho cómo hará el gobierno chino para asimilar el hecho de que buena parte de su población cuente con libertades económicas pero no de expresión o de asociación. Tampoco se si los japoneses lograrán remontar el deficit enorme de sus cuentas públicas. Son dos de sus retos más importantes pero parecen tenerlo claro.

Tengo la impresión que son dos países con gobiernos muy conscientes de sus “momentos”. Los dos son casos distintos pero con una coincidencia fundamental: gobiernos que decidieron un rumbo para su nación, diseñaron un plan y se apegaron a él en coordinación con el resto de los actores. Creo que es una lección valiosa para el gobierno mexicano de Enrique Peña Nieto que creyó que cambiar la Constitución alcanzaba para cambiar el país. Un gobierno que pregona que cambia mientras se resiste a trastocar el sistema corrupto de privilegios que ha creado en torno a una élite político-económica.

Por eso los del “oeste” tenemos la obligación de acercarnos y entender mejor a los del “este”. Porque vale la pena su riqueza cultural, social y económica. Porque nos guste o no, Japón y China, así como muchos otros países de Asia, jugarán un rol geopolítico y económico protagónico en este siglo que ya no será jamás unipolar o bipolar, como lo fuera durante los siglos XIX y XX.

La pulverización del poder que señala Moisés Naím es un realidad que ha llegado para quedarse. La multipolaridad es y será uno de los rasgos sistémicos de la globalización. A Estados Unidos y las potencias europeas conviene agregar a Asia, con Japón y China a la cabeza, como otro de esos polos relevantes e ineludibles.

Justo ahora que los Estados Unidos se estanca y que la amenaza Trump está allí, conviene que el Gobierno de México lo aprenda y deje de mirar solo para “el norte”.

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