Peña Nieto, tan lejos de Zedillo

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Ernesto Zedillo en Ginebra. Foto: Noroeste

En “Transiciones democráticas: enseñanzas de líderes políticos”, editado por Sergio Bitar y Abraham F. Lowenthal, Ernesto Zedillo hace una reflexión a la distancia:

“la ciudadanía estaba lista desde hacía tiempo para vivir una democracia plena.”

Suena fácil afirmar eso 20 años después, pero es innegable el reconocimiento que el último Presidente del “viejo” PRI recibe a nivel nacional e internacional por facilitar el avance democrático de México. Zedillo no fue obstáculo, sino impulsor. Negoció, incluso contra los intereses de su partido, la apertura de mejores espacios para la oposición y la creación de mecanismos de contrapeso institucional para acotar la presidencia.

Muchos priistas de viejo cuño siguen sin perdonarle su “traición”. Sobre todo aquellos de visión patrimonialista. Porque si algo nunca se creyó el oriundo de Mexicali, es que México fuera suyo. Es más, lo dice con una llaneza que impresiona:

nunca fui un gran líder político. Solo fui el Presidente de México.

Es decir, le tocaba jugar un rol, y lo hizo con precisión técnica.

Zedillo pudo cometer muchos errores. El expresidente Salinas todavía insiste en que la crisis de 1994 no fue su responsabilidad, sino consecuencia de la torpeza de su sucesor. También están ahí el FOBAPROA y la matanza de Acteal como una mancha indeleble de su sexenio. Pero creo que su gran acierto, como el de todo político que aspire a cierto prestigio fue entender el momento de su país y las exigencias de su liderazgo. No hizo muchas cosas, pero hizo lo más importante.

Ernesto Zedillo fue sin duda el presidente que México necesitaba en 1994: uno que decidiera atacar la crisis económica con todos los recursos disponibles (incluida la ayuda de los Estados Unidos), sin sacrificar la transición democrática. Lo fácil hubiera sido concentrarse en lo primero, pero dejó la excusa y apostó por la audacia. Y funcionó: Ernesto Zedillo se retiró con un alto nivel de aprobación popular.

Sin duda el México del 94 es muy diferente al de hoy. El bono demográfico, la digitalización y la globalización nos recuerdan que ya no somos los mismos. El PRI volvió a la Presidencia en 2012 porque el nuevo electorado le creyó su simulada renovación y tras cuatro años de gobierno, cerca del 80% de la población dice no estar contento con su Presidente.

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Enrique Peña Nieto. Foto: Noroeste

La campaña de Lo bueno cuenta exhibe en sí misma el fracaso del gobierno de Peña Nieto. Primero, porque el marketing no puede inventar una realidad distinta de la violencia, el mediocre crecimiento económico y la corrupción gubernamental. Y segundo, porque a pesar de que el Gobierno Federal ha gastado miles de millones de pesos para controlar a prensa, radio y televisión vía publicidad oficial, la percepción instalada es la del “malhumor” social. Solo por sentido común, el Presidente debería reconsiderar la influencia real de sus medios oficialistas.

Hay similitudes entre los momentos históricos de Zedillo y Peña Nieto. Ambos, con su estilo particular, decidieron emprender una serie de reformas que afectarían el marco estructural del país. El primero más concentrado en la esfera política y el segundo más en lo económico, pero al final ambas intenciones obedecían a demandas vigentes de la sociedad en su momento: para Zedillo la de “más democracia y libertades”; y para Peña Nieto la de mejores mecanismos para “insertarnos en el primer mundo”: inversión, educación, transparencia.

Ambos lo intentaron con relativo éxito al inicio. Sin embargo, Zedillo coronó sus esfuerzos cuando entregó en un clima de “normalidad democrática” (como él mismo la denominó) la Presidencia al primer candidato de oposición, el panista Vicente Fox Quezada. Hoy, Enrique Peña Nieto parece naufragar cada vez más entre la inoperancia de sus reformas y la debilidad de su liderazgo.

La clave radica en dos precisiones. Por un lado, el expresidente nunca vio su rol desde el patrimonialismo, la corrupción o la frivolidad. Se asumió un líder coyuntural para un momento específico y ejerció su mandato con una visión nítida, una gestión firme y un admirable desapego por el poder. Por otro lado, tenía claro que su rol debía ser auténtico: si quería llevar la transición a buen puerto debía ser sin simular. Administrar la presión solo lo llevaría a perder el control del proceso.

El Presidente Peña Nieto no ha entendido ninguna de las dos cosas:

sigue creyendo que puede simular que cambia, al tiempo que mantiene todo igual.

Tampoco ha entendido que su función es primero garantizar el proyecto de país, antes que el de su partido, y en su miopía, fracasa con ambos.

Pero, sobre todo, Enrique Peña Nieto pasa por alto la lección más básica del liderazgo político: entender su momento. Sigue sin entender que México no es el mismo. En 2012 escribí que si México hubiera sido Twitter y no Televisa, Peña Nieto no hubiera ganado.

Pues bien, hoy México es Twitter, Facebook, Sin Embargo, Animal Político y Aristegui Online, entre otros. Los cambios en Televisa y TvAzteca lo reconocen de manera tácita.

Tal vez ha sido demasiado rápido para un Presidente que quiere gobernar un país como México sin aceptar entrevistas abiertas. Un Presidente que cree que innovar es armar un foro juvenil a modo.

Faltan todavía dos años, pero aventuro que Peña Nieto será olvidado muy pronto. Mientras, Zedillo va por el mundo como el “estadista” mexicano. Los dos del mismo partido, pero muy lejos uno del otro.

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