Motivos para la paz

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La paz es un concepto complejo de definir. Complejo de medir y todavía más complejo de construir en la realidad. Parece más útil captarla como hiciera Octavio Paz con la libertad: como una experiencia. Se sabe cuando se tiene. Pero, sobre todo, se sabe cuando falta.

México está ahora en los ojos del mundo por dos problemas que no son coyunturales, sino estructurales: la corrupción y la crisis de derechos humanos.

En esta última crisis se enmarca la violencia como consecuencia del narcotráfico, el crimen organizado, la trata de personas, la violencia intrafamiliar, la desaparición forzada, el secuestro, la extorsión, las ejecuciones extrajudiciales y un largo etcétera que nos abruma a todos.

La nota roja domina porque la realidad rebasa toda imaginación. ¿Alguien se hubiera creído el escape de Joaquín Guzmán del Altiplano si lo hubiera leído en una novela?

Ayotzinapa, Tlatlaya, Tanhuato y ahora la masacre de militares en Culiacán son esos hechos que se instalan en el imaginario colectivo como precedentes violentos.

Y lo más grave, como referentes de impunidad. Peldaños hacia abajo de nuestro dolor.

En ese escenario, parece que no avanzamos. Parece, es más, que vamos hacia atrás. Que todo esfuerzo no solo es imposible, sino inútil. “La cosa está de la chingada… y se va a poner peor”, leí en los comentarios de Facebook sobre la emboscada a los militares. Esa es la versión más honesta del “Son procesos de construcción social lentos y de largo plazo” que repiten académicos y expertos en estos temas.

Y yo pregunto: ¿de verdad tiene que ponerse peor?, ¿tiene que durar tanto?, ¿el costo debe ser tan alto?

No soy experto, escribo desde una trinchera que tiene más preguntas que respuestas. Ese es el rol del periodismo: preguntar una y otra vez para develar sucesos y certezas, ahí donde priva la opacidad y el encubrimiento.

Por eso la insistencia de preguntar cuánto duró la emboscada en Culiacán, por qué no hubo prevención, qué falló en el protocolo castrense… Los vecinos que oyeron la balacera han reclamado fuerte al Gobernador Mario López Valdez que sabrían distinguir entre 8 minutos y media hora. Las autoridades del C4 siguen sin enseñar la grabación de la cámara que está –precisamente- en ese crucero. El Alcalde de Culiacán, Sergio Torres, insiste en que la Policía Municipal llegó primero y en que le tocaba a la Policía Ministerial cuidar esa zona. ¿Cómo es que nadie vio el convoy de los agresores?

En la guerra de versiones y filtraciones, lo preocupante es que ya han pasado quince días y seguimos sin detenidos ni información oficial. Esta semana el ejército sitió a la Policía Ministerial para una revisión de armas de “rutina”, pero realizó interrogatorios y hasta se llevó sus celulares. Todos saben que huele mal.

La emboscada viene a agravar el contexto violento de nuestro país. Una realidad que contrasta fuertemente con el discurso oficial que se empeña en atraer gente y dinero mientras descuida a sus ciudadanos. En Tamaulipas o Michoacán, la extorsión es la regla. En Sinaloa los homicidios son parte de la “normalidad”.

He leído a muchos columnistas sobre lo sucedido en Sinaloa como una confirmación más de nuestro estigma narco. He dado entrevistas a medios nacionales y hasta en Chicago he tenido que explicar que la violencia nuestra es más compleja de lo que parece. “Culiacán se ve más bonito y más limpio de lo que había escuchado”, me dijo una periodista extranjera que estuvo acá para hacer un documental.

Ese es nuestro dilema como sinaloenses. La violencia no se nota hasta que aparece. Porque lo normal es, y debe ser, la tranquilidad.

Muchos de esos columnistas reclaman desde la comodidad de la Ciudad de México que nadie en Sinaloa protesta contra la gravedad de lo sucedido con los militares. Por qué no hemos visto en las calles el lamento que todo mundo repite en privado: ¡Si eso le pasa a los militares, que nos queda a los ciudadanos! Se llama miedo. Porque en el fondo, todos tenemos miedo.

Y eso me lleva a la conclusión. Creo firmemente que Sinaloa puede vivir en paz. Pero tengo que llevar esa creencia a la práctica. Tengo que dejar el miedo. Si lo he venido haciendo ya y Sinaloa sigue igual o peor, es que no he hecho lo suficiente. Esa es la verdad que tenemos que aceptar como sociedad. Tenemos que dialogar, exigir, participar e incidir en las decisiones de política y espacio público para que Sinaloa comience a cambiar. Se nos acabó el tiempo, nuestros gobernantes tienen que saberlo.

Es hora de ser constructores de paz en los hechos y no solo en redes sociales. Por eso en Noroeste articulamos el movimiento #MotivosParaLaPaz junto con el Colectivo Ve Por Sinaloa. Para empezar por instalar en la conversación nuestro concepto más prioritario ahora: la paz.

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No hay desarrollo ni competitividad sin paz social. La paz no es un estado ideal, es un piso mínimo para el bienestar. Tenemos la obligación de aspirar a construirla entre todos.

Por eso te esperamos hoy a las 5 de la tarde en el Parque Las Riberas de Culiacán. Usa una prenda blanca y lleva a tu familia y tus amigos. El micrófono será abierto.

Exigirá inclusión y compromiso. Pero se puede. Empezaremos este domingo con una congregación para expresar-hablar-discutir nuestros motivos para la paz. Los que sean: familias, hijos, padres, amigos, empresas, escuelas… nosotros. Todos tenemos razones y todas valen la pena. Se trata de valorar lo que tenemos. Eso que no estamos dispuestos a perder.

No puedo seguir escuchando que no hacemos nada.

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