Imaginemos cosas chingonas

Javier “Chicharito” Hernández. FOTO: Noroeste.

Escribo esto todavía emocionado por el triunfo ante Corea del Sur. De hecho, el título de la columna no es mío, sino de Javier “El Chicharito” Hernández. Se lo espetó firme y seguro a David Faitelson durante una entrevista en la que el periodista cuestionaba las posibilidades reales de triunfo de la Selección Mexicana en el mundial de Rusia.

La entrevista puede verse aquí:

La entrevista ya circula en redes y en ella, hay otra frase del Chícharo que me llamó poderosamente la atención; ante los argumentos precisos y realistas de Faitelson, Hernández fue firme: “Tu opinión no va cambiar”. Y de eso va mi texto de hoy.

Al final de “Utopía para realistas”, Rutger Bregman habla del poder de las ideas. Cómo los humanos sucumbimos ante nuestras convicciones más allá de nuestra inteligencia, la evidencia o los hechos. Es decir, cuando la realidad no se ajusta a nuestras creencias, preferimos ajustar la realidad. De hecho, dice Bregman, los más inteligentes y preparados suelen ser los más obcecados: tienen más herramientas para defenderse.

Ese comportamiento se llama disonancia cognitiva y todos los días podemos ver múltiples ejemplos de ella: Donald Trump negando el calentamiento global a pesar de que la evidencia muestra que la tierra se calienta año con año o, mejor aún, la crítica sostenida de los comentaristas deportivos al director técnico de la Selección Mexicana, Juan Carlos Osorio: los resultados demostraban su éxito en la eliminatoria mundialista pero “no nos gustaba como jugaba”.

Por eso, aunque la política no tiene nada que ver con el futbol en términos prácticos, es un hecho que la expectativa que está generando la Selección con su buen paso por el Mundial nos pone de buen ánimo a todos y nos hace “imaginar cosas chingonas”. ¡Qué bueno!

Pero aún si México resultara campeón del mundo y a pesar de la enorme expectativa que está generando el posible triunfo de Andrés Manuel López Obrador el próximo primero de julio, este país seguirá siendo el mismo México el día después.

El México bueno, el malo y el mediocre. El México que está entre las 15 economías más grandes del mundo y el México en que morirán 30 mil personas víctimas de la violencia este 2018. El México de las grandes figuras internacionales: Del Toro, Iñárritu, Luna, Lubezki, el mismo Javier Hernández… y el México de la pobreza y el hambre en Chiapas, Oaxaca o Guerrero.

Seguiremos siendo el país de los grandes empresarios que figuran en Forbes, pero también esa nación con un índice de desigualdad entre los más altos de la OCDE.

Por eso, cuando por mi trabajo tengo la oportunidad de escuchar los discursos de López Obrador en sus mítines. Con su arenga profética de:

“Habrá paz, prosperidad, empleo. Queremos becarios no sicarios. Acabaremos con la corrupción de la Mafia del Poder”,

entiendo que cueste trabajo no comprarlo tras tres sexenios de endeble democracia, rampante corrupción y muy magros resultados en materia de desarrollo y seguridad.

La paz, la prosperidad, la educación y el empleo son esas “cosas chingonas” que todos queremos imaginar. ¿Por qué no?, ¿por qué no? Y es que no tengo problema en imaginarlo, pero insisto: la política no es como el futbol y la complejidad del mundo global plantea retos enormes.

No es afán pesimista. No me malentiendan: también grito como loco cuando México mete gol y me da un gusto enorme que una buena parte del electorado encuentre esperanza en una opción política que se ve a sí misma como segura ganadora y que promete (al menos en voz de su líder) casi casi el paraíso. Al final de cuentas esa es la intención de todo discurso político: crear mundos posibles, sembrar esperanza. Algo que en tiempos de desencanto democrático es muy difícil de lograr.

Pero detrás de ese discurso debe haber un mínimo de responsabilidad histórica, esa que Andrés Manuel promete como una de las razones infalibles para “no fallarle al pueblo”. En el político, no olvidar esa responsabilidad es la línea que separa el populismo de una legítima ambición de trascendencia personal.

Ignoro que pasará el día que el nuevo gobierno arranque y la convicción del cambio se estrelle contra la terca realidad. Entiendo que una cosa es la campaña y otra el gobierno, quiero pensar que el mismo Andrés Manuel recuerda lo que fue gobernar la Ciudad de México y que más de una década después también comprende que este país ha cambiado.

Conozco, respeto y confío en muchas de las personas que lo rodean. También veo con desconfianza a muchos aliados impresentables que ha sumado en el camino para, ahora sí, alcanzar la presidencia. Pero me preocupa mucho más que la expectativa que están sembrando es inmensa. Y sobre todo que esa expectativa esté más amarrada de la voluntad personal de su líder que de un proyecto colectivo. Una vez en el poder, ¿López Obrador ajustará la realidad o ajustará sus convicciones? No lo sabemos. Y por lo que he preguntado, ni su mismo equipo lo sabe a ciencia cierta.

Una última nota: la frase precisa del Chicharito en la entrevista fue:

 “ImagiNEmonos cosas chingonas”.

Así. En primera persona del plural.

Para mí esa es la gran lección del delantero mexicano: la responsabilidad del nosotros. Precisamente porque tenía claro que nadie le iba a ganar a Alemania si no eran ellos. Si no era México. Hablando de responsabilidad, la política no es muy diferente del futbol. Ojalá el resto de los mexicanos también lo entendamos así, y salgamos a votar el primero de julio con la conciencia clara de que el voto es solo el inicio de nuestra responsabilidad ciudadana. Lo mejor viene después.

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