EL NARCO: un estudio transdisciplinario


cae el chapo

“El análisis epistemológico de esas categorías elementales del discurso dominante sobre el tráfico de drogas no trasciende el ámbito académico. El discurso oficial y los medios que lo reproducen son impermeables a las observaciones críticas de los investigadores…”

LUIS ASTORGA

¡Sofisticado!

Una calurosa y húmeda tarde de septiembre del año 2010, como casi toda tarde de Culiacán, en el salón de usos múltiples del Tec de Monterrey y ante un selecto auditorio integrado por empresarios sinaloenses de la talla de Enrique Coppel y Juan Manuel Ley, académicos, periodistas, funcionarios estatales de la dependencias de seguridad pública y con la notoria ausencia del entonces gobernador del estado, Jesús Aguilar Padilla; el expresidente colombiano César Gaviria –invitado por dicho instituto para dictar una conferencia- realizó una reflexión en torno a las similitudes y diferencias entre el caso colombiano y el caso mexicano en cuanto al tema de seguridad pública y combate al narcotráfico, incluso se atrevió a hacer un análisis de la estrategia desarrollada por el entonces Presidente Felipe Calderón para combatirlo.

La anécdota es útil porque Culiacán es la capital de Sinaloa, el estado cuna del narcotráfico en México y de dónde son originarios Joaquín “El Chapo” Guzmán, recientemente detenido, Ismael “El Mayo” Zambada, Vicente Carrillo Fuentes y los hermanos Beltrán Leyva, por mencionar sólo a algunos de los líderes de los carteles más poderosos de América y el mundo.

Gaviria habló largo y tendido sobre las acciones desarrolladas por los gobiernos colombianos a partir de su mandato y sobre sus bondades para ciertas circunstancias mexicanas, acciones con resultados probados y que se han vuelto un caso de estudio para el resto de los países aquejados por problemáticas similares. Sin embargo, al intentar hacer un diagnóstico del caso mexicano, Gaviria hizo una pausa y antes de lanzar cualquier sugerencia sobre qué hacer, ya con la policía, ya con los tribunales, hizo una afirmación que el auditorio no pareció comprender de inmediato -cito de memoria:

“El problema de los mexicanos es que son demasiado simplistas. Así como creen que el problema del intercambio comercial se soluciona con un tratado de libre comercio, piensan que el narcotráfico se soluciona solamente metiendo al ejército a combatir el problema… A los mexicanos les hace falta desarrollar una discusión más sofisticada en torno al narcotráfico si quieren progresar en ese sentido…”

Las negritas son mías y las utilizo para enfatizar las implicaciones de un vocablo que hasta entonces nunca había escuchado referido al narcotráfico: ¡sofisticado!

¿Pero qué significa sofisticado? ¿a qué se refería Gaviria cuando nos decía que nuestro principal problema era la incapacidad para producir esa discusión? Sentado en la quinta fila escuché como Gaviria ponía como condición indispensable para superar nuestros problemas de violencia, consumo, secuestro o armamentismo, la urgencia para que, tanto ciudadanos como gobierno e instituciones intermedias generásemos, antes que nada, un nivel elevado de discusión en cuanto a las causas y los efectos de un problema del que hablamos todos los días como si lo comprendiéramos a profundidad.

En ese sentido y atendiendo a la recomendación de Gaviria, he aquí un esfuerzo de comprensión del narcotráfico.

¿Pero por qué abandonar el abordaje común de la narrativa nacional -incluso mundial- sobre el narcotráfico, cuando capitaliza tantos ejemplares vendidos y sirve para producir telenovelas o series de televisión mediocres y hasta uno que otro filme bienintencionado?

Las razones son muchas. Primero, porque considero que si queremos comprender de una mejor manera un problema de esta magnitud, lo primero es abandonar toda visión romántica o novelada del narcotráfico; de modo que éste no es un texto que haga literatura, periodismo o crónica en un sentido estricto sobre tal o cual capo, no es un esfuerzo por develar los secretos oscuros de alias “X”, ni por decir lo nunca antes dicho sobre el Cartel “Y”. Este texto es -básicamente y con toda proporción guardada sobre el género- un ensayo, una reflexión y sobre todo, una aproximación –me gusta más decirle así- desde muy diversos géneros y perspectivas del saber a un problema grande, difícil y complejo como lo es el narcotráfico. Con esto no quiero decir que el periodismo o la literatura de ficción sean inútiles para abordar el narcotráfico, al contrario, este trabajo abreva con profundo respeto y admiración del trabajo previo de periodistas, investigadores, académicos, escritores y artistas sin el cual hubiera sido imposible construirlo, pero en estas páginas perseguimos otros fines que iremos develando en el camino.

La segunda razón tiene que ver con la infeliz coincidencia de la coyuntura y una convicción propia. Reza una máxima literaria que los ensayos sólo son válidos y útiles en el contexto de su tiempo. Y dicha máxima aplica también para este texto: nunca como ahora se había puesto tan de moda hablar sobre el narcotráfico y sus consecuencias. Nunca como ahora, por supuesto en mi país, México, pero también en el resto del mundo, se había instalado en el ideario popular un cuasi debate sobre lo que los gobiernos y los ciudadanos debemos hacer para “solucionar” el problema del narcotráfico y sus efectos; desde la Comisión sobre Políticas para las Drogas de las Naciones Unidas, los gobiernos de todos los países, los think tanks más renombrados, líderes sociales e intelectuales hasta grupos de organizaciones de la sociedad civil emiten a diario posiciones con los más diversos argumentos sobre las alternativas de solución para el consumo y el tráfico de drogas, así como para reducir los niveles de violencia y corrupción asociadas a dicho tráfico.

Sin embargo, nunca como ahora se había hablado tanto pero también tan mal sobre el narcotráfico. A pesar de todo el conocimiento producido y difundido sobre el tema, los gobiernos de los países continúan enfrascados en discusiones anticuadas y desconectadas de la realidad. Pareciera que aquellos con la capacidad formal para tomar decisiones que puedan corregir el rumbo o, por lo menos trazar uno distinto, fueran sordos y ciegos, pues desatienden a diarios análisis, diagnósticos, ejercicios estadísticos e investigaciones que arrojan información reveladora y concluyente sobre tal o cual aspecto del narcotráfico, desde las causas hasta los efectos. Existe pues una desconexión evidente entre lo que se sabe sobre el narcotráfico y lo que se usa de dicho conocimiento para aplicarlo y obtener alguna utilidad concreta. A la desconexión se agrega, además, una preeminencia de otros modos de hablar sobre el narcotráfico: abundan las series de televisión, las telenovelas, las películas y una interminable lista de textos que rivalizan con la oda y la fanfarria: nadie más sublime que el capo astuto y carismático, nadie más bella que su pareja hecha a base de silicón y bisturí, nada más deseable que sus dólares para comprar casa, autos y joyas; y por supuesto, nada más alcanzable y más fácil, como su éxito y la aparente felicidad que le acompaña. Y detrás, la oscuridad de una realidad que entume: cientos de miles de muertos, la mayor parte de ellos menores de 30 años, jóvenes que sucumbieron empujados por la necesidad, por la cooptación, la corrupción o la seducción del mito del narco.

Es en medio de este momento que se instala una exigencia mundial por construir un debate abierto, libre y urgente sobre nuestros intentos para detener el tráfico ilegal de drogas y la violencia asociada al mismo.

  1. PROBLEMATIZAR AL NARCOTRÁFICO.

A las drogas las conocemos todos. No existe en el presente una sola persona alrededor del mundo que no haya tenido contacto directo o indirecto con ellas. Tampoco existe ningún país que se precie de estar exento del comercio de las mismas. La existencia y el consumo de las drogas es una cuestión inherente a la historia humana, las usaron nuestros antepasados para curarse, para divertirse o para acercarse a sus dioses, y las usamos ahora nosotros con fines más menos parecidos.

Lo que hace diferentes a las drogas de hoy con las de cientos de años atrás no es su naturaleza propia, sino la condición humana -y por lo tanto, meramente artificial- que les atribuimos al considerarlas “prohibidas”. A la prohibición se suma el castigo: “si las drogas son prohibidas, entonces son ilegales y estar fuera de la ley merece una pena”. Así, lo que varía entonces alrededor del mundo es el grado de penalización que las naciones hemos conferido específicamente a cada una de las drogas conocidas. Ese grado de penalización ha determinado, en gran medida, el nivel que alcanza el comercio ilegal de dichas sustancias, es decir, el tamaño del narcotráfico en un país está estrechamente relacionado con el grado de rigidez de la restricción para la población de ese país.

Decir que la guerra mundial contra las drogas es un fracaso no es una interpretación, es una verdad incuestionable. Hasta nuestros días, ninguna nación ha encontrado la fórmula correcta que brinde solución a su problemática particular de narcotráfico. Al contrario, las bondades de la globalización también fueron aprovechadas por los grupos del crimen organizado, quienes vieron en la apertura comercial, el avance tecnológico y el crecimiento poblacional, una oportunidad inmejorable para mejorar sus estructuras, sus recursos, sus procesos logísticos y, obviamente, sus utilidades financieras. Sorprende que, a pesar de los avances particulares de ciertos países en esta materia, de lo agotado del discurso del combate directo y de las pruebas más contundentes del fracaso actual, las naciones no hayamos logrado un consenso sobre cómo combatir al narcotráfico y sigamos enfrascados en un modelo denominado como “guerra contra las drogas” que todos los días nos endosa más muertos, nos deja más drogadictos y, sobre todo, nos sumerge en el temor ciudadano más profundo debido a la escalada en los niveles de violencia entre los grupos de narcotraficantes.

En vista de ese fracaso procuramos en este texto un objetivo ambicioso pero asequible: dilucidar las causas de este empeño inútil en una batalla sin fin, costosa, dolorosa e ineficaz, a través de un análisis distinto del que se acostumbra al tratar el narcotráfico, un análisis con una visión transdisciplinaria que combine los conocimientos de las humanidades con los de la técnica dura para acercarnos a una visión más profunda, menos lineal y un tanto poliédrica, que nos permita comprender en 360 grados uno de los fenómenos más complejos y peligrosos que la humanidad ha tenido que enfrentar a lo largo de la historia.

La justificación de esta investigación radica en la necesidad teórica de problematizar al narcotráfico. Problematizar al narcotráfico es pertinente, interesante y viable. Problematizar al narcotráfico desde la transdisciplina resulta, primero, pertinente pues hasta ahora ninguno de los intentos por solucionar los efectos negativos del narcotráfico ha generado resultados notoriamente deseables; resulta también interesante, pues abordar al narcotráfico con una perspectiva de la complejidad nos ayuda en la integración de una aproximación humanística que conjugue tanto un explicar el problema en sí mismo, como un comprender mejor sus causas, procesos, interrelaciones y, obviamente, sus efectos, una aproximación que, por cierto, no se ha dado hasta ahora; en tercer lugar, el estudio es viable pues la información sobre drogadicción, corrupción, violencia, despliegue de recursos financieros y humanos relacionados con el narcotráfico en México y el mundo es abundante y está disponible desde fuentes periodísticas, institucionales y académicas; además, las expresiones sociales y culturales del narcotráfico son evidentes (su música, su vestimenta, etcétera); por último, vale la pena recalcar que la relevancia de una mejor comprensión del narcotráfico a través de un estudio transdisciplinario radica, sobre todo, en la posible repercusión social de producir una herramienta teórica útil con el fin de generar algunos alcances prácticos que contribuyan a la solución del problema.

Para efectos de este texto, utilizaremos el caso sinaloense en mayor o menor medida, siempre para ejemplificar alguna dinámica o ilustrar un determinado comportamiento, pues -como me dijera alguna vez un buen amigo periodista- Sinaloa representa para México: “el laboratorio del narcotráfico.”[1]

una sociedad demediada


  1. UNA VISIÓN TRANSDISCIPLINARIA.

“La prohibición crea una oportunidad irresistiblemente lucrativa para los empresarios dispuestos a moverse en la ilegalidad. Es una política de idealistas que no logran comprender que el consumo de drogas es muchas veces el reflejo de otros ideales del hombre: la humana perfectibilidad, el anhelo de un instante perfecto, la paz que concede el olvido”.

RICHARD DAVENPORT-HINES

El pensamiento complejo.

De acuerdo con la explicación que Thomas Kuhn hace de la evolución del conocimiento a partir de las nociones de “paradigma” y “ciencia normal”, sabemos que el conocimiento humano avanza en un ciclo de acumulación del conocimiento producido, ruptura con el conocimiento anterior y convergencia entre el nuevo y el viejo conocimiento. Este modo de explicar el avance de las disciplinas científicas ayuda para entender como se hace presente, y necesario, un enfoque transversal, transdisciplinario, para abordar diversas problemáticas. Sobre todo para aquellas problemáticas cuya naturaleza se muestra compleja. Tal es el caso de la supra-estructura del comercio ilícito a la que nos referimos al inicio de este texto y de la macro-estructura que nos ocupa como tema central: el narcotráfico.

Hasta ahora, las medidas implementadas con el fin de solucionar el problema del narcotráfico no reconocen la complejidad del fenómeno pues son soluciones parciales fincadas en el paradigma porhibicionista que se avocan únicamente a determinadas áreas del problema como el tema policial o el tema técnico; son también soluciones disciplinarias, porque provienen de una visión única de estado que no recoge el conocimiento desarrollado por otros actores involucrados. En ese sentido, creemos que una perspectiva transdisciplinaria fundada en las ideas del filósofo francés Edgar Morin sobre el pensamiento complejo, representa el primer paso para la construcción teórica de una mejor alternativa de solución.

La transdisciplinariedad, entendida ésta desde el punto de vista del pensamiento complejo propuesto por muchos autores y desarrollado, principalmente, por el francés Edgar Morin, resulta útil para dilucidar al narcotráfico desde una perspectiva humanista, pues el Análisis del Discurso y la Semiótica de la cultura –en mayúsculas para situarlos como conocimientos específicos- condensan la capacidad reflexiva humana para explicar lo cultural, lo histórico y lo social; de modo que se hace necesario abandonar la simplicidad a la que habían estado sujetas las ciencias sociales, y apostar por una nueva manera de desarrollar conocimiento, una nueva epistemología o una meta-epistemología.

En otro sentido, según las aportaciones sobre complejidad y pensamiento social de Mayra Espina, podemos reconocer una problemática compleja por distintos rasgos: la multiplicación de los actores, la aceleración del cambio, los avances tecnológicos y el reconocimiento de la incertidumbre como una realidad. Con base en dichos rasgos y de acuerdo con la contextualización inicial que realizamos al repasar las características actuales de los diversos tipos de comercio ilícito, sabemos que el abordaje del narcotráfico previo el reconocimiento de su naturaleza compleja, exige la adopción de una manera de pensar distinta, una que abandone el modelo de la dicotomía (buenos y malos), el antagonismo (gobierno vs criminales) y la separación (ellos vs nosotros), para internarse en un pensamiento complejo que asuma la incertidumbre y una concepción sistémica del todo.

El discurso contra las drogas.

Del narcotráfico se hace fotografía, pintura, literatura: arte; se hace crónica, entrevista, compilación: periodismo; pero sobre todo se hace oda, crítica, juicio moral. Es decir, al narcotráfico se le juzga mucho y se le piensa poco. Los medios de comunicación reproducen a diario los discursos circundantes, el discurso político, el discurso policial, el discurso de estado, el discurso de la opinión pública e, incluso, el discurso propio, sobre todo de la prensa. En fin, al narcotráfico le acompaña siempre una visión moralina de “buenos y malos” señalada ya por muchos autores, pero detrás de tantas materialidades y premisas de los discursos brilla por su ausencia una discusión real sobre las causas, sobre las evidencias, sobre las propuestas de solución y las alternativas.

Pero, ¿cómo llegar a la identificación del problema correcto?, ¿cómo saber que lo hemos atrapado? Muy fácil, por la única vía que tenemos los humanos para acceder a esa claridad: el lenguaje. Si algo nos diferencia del resto de los seres vivos es nuestra capacidad para comunicarnos a través del habla vía un código simbólico al que denominamos lengua o lenguaje. No importa si hablamos español, inglés o mandarín; tampoco importa si la raíz de nuestro idioma es latina, sajona u oriental, al final logramos entendernos porque las palabras tienen un significado, porque independientemente de cómo suenen, dicen algo. Y la articulación de esos significados nos sirve para construir ideas más elaboradas que las que representan las palabras solas. A esos cuerpos más elaborados, articulados y en muchos casos –si no todos- más complejos, les denominamos “discursos”. Pero no se entienda aquí al “discurso” como esa retahíla de palabras que profieren los políticos en sus mítines masivos, los “discursos” son construcciones más amplias que sirven para comunicar posturas, teorías, ideologías, voluntades, interrogantes; y pueden ser escritos, hablados, visuales e, incluso, musicales. La música, la pintura, la arquitectura -el arte en general- y hasta la moda, constituyen “discursos” en un sentido amplio puesto que comunican. Respecto del discurso generalizado sobre el narcotráfico nos dice Luis Astorga en “Seguridad, traficantes y militares”:

“La representación de los fenómenos y las cosas pasa por el lenguaje y las imágenes. Diversos agentes sociales generan discursos e imágenes, determinando uno u otro significado, acerca de las drogas ilícitas, los usuarios de las mismas y los traficantes. Dichos agentes pueden ser gobiernos, agencias antidrogas, instituciones policiacas, organismos internacionales, funcionarios, públicos, políticos, juristas, médicos, religiosos, periodistas, académicos, compositores de corridos, etcétera. Y la producción simbólica de estos agentes se transmite a la sociedad, por lo general, a través de los medios de comunicación, como discursos, imágenes y estereotipos” (Astorga, 2007:273)

De modo que los “discursos” no son una cosa menor, y no lo son porque trascienden su plano abstracto y alcanzan siempre un fondo práctico, es decir, las palabras guardan una profunda relación con los hechos, por pequeños o grandes que sean.

Un buen modo de iniciar el abordaje multidisciplinario es utilizando el Análisis del discurso para comprender las causas de carácter erróneo del enfoque actual. El Análisis del Discurso es útil pues a través de él podemos visualizar los corpus de los diversos discursos de una manera más objetiva, considerando las condiciones en las cuales se producen. Esto permite analizar el funcionamiento del poder que se ejerce o contra el cual se lucha en dicho discurso, dependiendo de la postura del sujeto productor.

De la hipocresía norteamericana y la comparsa mexicana.

Debido a los límites de extensión de este texto, no nos detendremos en las materialidades específicas del discurso contra las drogas, queremos básicamente señalar dos aspectos fundamentales desde esta perspectiva: primero, establecer como el discurso actual para el combate al narcotráfico es gestado y difundido en los Estados Unidos, así como aceptado y reproducido en mayor o menor medida por el resto de los países del mundo y; segundo, reconocer que detrás de dicho discurso se encuentra una voluntad de poder fincada en un idealismo puritano que juzga moralmente a priori la problemática de las drogas.

Reconocemos como “discurso dominante” a aquel que respecto de una situación específica proviene del actor que detenta el mayor poder. En el caso del combate al narcotráfico, diversos agentes sociales han estigmatizado en diferentes momentos de la historia los usos, usuarios y comerciantes de algunas plantas y sustancias (Astorga, 2007:274), por lo que revisaremos como históricamente ha sido Estados Unidos el país que ha fijado la pauta de la política prohibicionista global. Obviamente esto no hubiera sido posible sin el acompañamiento de un discurso sostenido y recurrente sobre la necesidad imperiosa de acabar con el narcotráfico en todos los rincones del mundo.

Un discurso determinado se hace presente cuando las condiciones históricas, sociales, culturales y políticas reclaman su aparición, en ese sentido, después de cada una de las guerras que le permitieron afianzar su poder y control sobre las instituciones internacionales, Estados Unidos tuvo la capacidad para producir un discurso que encajaba con su cosmovisión protestante sobre las drogas y que, salvo tibias resistencias como la holandesa, terminó por ser aceptado en el resto del mundo.

Un discurso específico obedece siempre a una voluntad de verdad que trasciende nuestra temporalidad y opera a favor de determinado poder, “… esta voluntad de verdad está apoyada en una base y una distribución institucional, [y] tiende a ejercer sobre los otros discursos -hablo siempre de nuestra sociedad- una especie de presión y de poder de coacción” (Foucault, 2002:22). En el caso de los discursos con una connotación ética, el funcionamiento del poder en el control de la producción adquiere mayor importancia por la función reguladora y de presión que ejerce sobre el resto de los actores e instituciones. Según Astorga, “quienes deciden las prohibiciones están generalmente convencidos de su superioridad moral y de la necesidad y trascendencia de sus acciones”. (Astorga, 2007:274)

Tal ha sido el caso del discurso estadounidense con respecto a las drogas. Desde Anslinger hasta McCaffrey, las palabras de los zares antidrogas han servido como ningunas otras para ejemplificar el fondo verdadero del discurso norteamericano sobre las drogas. “La drogadicción es una perversión” que debe “extirparse y destruirse” declararía Anslinger en 1934 (Davenport, 2001:332); pero también los Presidentes norteamericanos han sido agentes productores de este discurso, el propio R. Nixon, puritano y con un profundo desprecio por el hedonismo, en alusión al concierto de Woodstock en 1969, decía “Para borrar el ominoso legado de Woodstock necesitamos una guerra total contra las drogas. Guerra total significa guerra en todos los frentes contra un enemigo con muchos rostros” (Davenport, 2001:406). Por otro lado, para R. Reagan, “…la marihuana socavaba la lealtad de la clase media a los ideales republicanos de trabajo duro y recompensas justas” (Davenport, 2001:420). Detrás de estas declaraciones opera un idealismo que cree que un mundo sin drogas es posible, -algo que no ha existido nunca por cierto- y al que se suma una visión religiosa protestante que considera a las drogas como un escape, un pecado, una perdición.

En ese sentido, el discurso mexicano no ha hecho mucho más que reproducir, previa aceptación, el discurso que le impone Norteamérica. Mientras exista un mecanismo como el de la certificación anual y acciones conjuntas como la Iniciativa Mérida, el gobierno mexicano será incapaz de producir un discurso distinto. El expresidente Calderón, quien provenía de un partido político con una fuerte carga religiosa cristiana, repetía a diario frente a los medios de comunicación frases como “la guerra contra las drogas”, la necesidad de “dar la batalla”, la exigencia de “ser valientes”, el evitar que los narcos “envenenen a nuestros hijos”, etc. Frases que sólo confirman la visión de la dicotomía y exhiben el tamiz moralino con el que se aborda al narcotráfico desde el gobierno federal. Incluso, el 21 de marzo de 2013 y desde la comodidad de un aula norteamericana en la Trinity University, dijo que era su “obligación moral” lanzar una guerra contra los cárteles en México, y señaló que la culpa de la violencia la comparten las agencias estadounidenses por no frenar el flujo de armas y dinero hacia el sur. Por supuesto, había dejado ya la Presidencia de México.

Acaso podríamos registrar algunas variaciones en el tono del discurso mexicano de los últimos años respecto de la responsabilidad compartida por ambas naciones para la solución del problema –es ya un cliché decir que el narcotráfico existe porque los consumidores son los norteamericanos y que la violencia relacionada no tendría lugar si ellos dejaran de vender armas-, pero en realidad sigue siendo Estados Unidos quien celebra o recrimina las acciones mexicanas.

En un artículo publicado en la revista Nexos No. 387, Jorge Hernández Tinajero, politólogo e internacionalista, imagina una sociedad post-prohibición: “¡Parece tan lejana la época de la prohibición en la que la política hacia las drogas estaba férreamente anclada en una estricta moral puritana! Ese mismo puritanismo que H.L. Manken definió en su momento como “…el temor constante de que alguien, en algún lugar, pueda ser feliz.” (Hernández, 16) y el propio Davenport, en el prólogo del libro que he citado continuamente, se refiere así a la política antidrogas “es una política de idealistas que no logran comprender que el consumo de drogas es muchas veces el reflejo de otros ideales del hombre: la humana perfectibilidad, el anhelo de un instante perfecto, la paz que concede el olvido.” (Davenport, 2001:17)


“While Sicilia is the home of the Italian mafia. Sinaloa is the cradle of Mexican drug gangs, the birthplace of the nation’s oldest and most powerful network of traffickers, known as the Sinaloa Cartel”.

IOAN GRILLO

En el prólogo del libro “Una nueva visión. México 2042: Futuro para todos”, Héctor Aguilar Camín hace una afirmación contundente: “Si México hace bien las cosas, en el año 2042 podría tener un ingreso per cápita cinco veces mayor al de hoy” (Aguilar, 2012:29) La frase es -por lo menos- esperanzadora.

Pero ¿qué significa hacer bien las cosas? Significa acelerar el paso y renunciar a la mediocridad de no hacer las cosas o hacerlas a medias, aspirar a una participación del 3% de la riqueza mundial, un Producto Interno Bruto de $7.4 billones de dólares, una tasa promedio de crecimiento de 4.6% y un ingreso per cápita de 46,400 dólares anuales. De acuerdo con el diagnóstico de México 2042… lo necesario para alcanzar esos objetivos son una serie de reformas y cambios que incluyen un modelo de crecimiento económico sostenible, un sistema financiero diseñado para el largo plazo, la implementación de políticas fiscales y monetarias responsables, un modelo de crecimiento inclusivo para superar la desigualdad, un federalismo fiscal sostenido en la rendición de cuentas de estados y municipios, la apertura a la competencia y la eficiencia en todos los sectores clave del país y, por último, la piedra de toque: la reducción de los índices de violencia en el largo plazo, así como la reconfiguración y el rescate de nuestro estado de derecho.

En el capítulo 14 de México 2042… Alejandro Hope escribe: “México enfrenta un serio problema… Es el hecho de que cada vez más mexicanos sienten una mayor inseguridad en un número creciente de áreas del país. Y tienen razón en sentirse así: por más que contextualicemos las cifras, lo que no se puede negar es la gravedad de la situación.” (Hope, 2012:473). Al revisar las cifras, se puede notar como a partir de 2007 México transitó de una tasa de homicidios dolosos por cada 100,000 habitantes de 8.3, a una tasa de 12.9 en 2008 y de más de 20 para 2010, incluso con un comportamiento superior al de Colombia durante el periodo de dominio de Pablo Escobar Gaviria, de 1984-1991. Detrás de este aumento geométrico de la violencia aparecen los entonces denominados por presidencia de la república como “fallecimientos ocurridos por rivalidad delincuencial”, es decir, homicidios presuntamente vinculados al crimen organizado. Este tipo de asesinatos pasó de 2,806 en 2007 a 15,273 en 2010, es decir, un crecimiento acumulado de 440% (Hope, 2012:478). Y es aquí donde la pertinencia de Sinaloa se hace presente: dos terceras partes de esos homicidios se registraron en sólo seis estados de la república: Chihuahua, Sinaloa, Guerrero, Baja California, Durango y Tamaulipas y de los 20 municipios donde se concentraron más de la mitad de estos homicidios, cinco de ellos son sinaloenses: Culiacán, Mazatlán, Navolato, Ahome y Guasave.

Sin embargo, Alejandro Hope es cuidadoso y nos dice que el problema no es el narcotráfico ni los narcotraficantes en sí mismos. “En México ha habido tráfico de drogas ilegal en gran escala desde los años cuarenta, cuando menos. No obstante, la violencia relacionada con esta actividad ilegal ha sido episódica durante la mayor parte de las últimas siete décadas”. (Hope, 2012:481).

Su tesis es bastante más compleja: la reciente crisis de seguridad no tuvo una causa única, es producto de la combinación de una serie de acciones incluidas en la política de seguridad del entonces Presidente Calderón tales como: a) el despliegue masivo de fuerzas federales, pues la presencia de fuerzas federales pudo haber roto los acuerdos preestablecidos entre autoridades locales y los grupos delincuenciales; b) el aumento del número de dependencias participantes en la lucha contra el narcotráfico, ¿qué sentido tendría sobornar a un oficial de la PGR si la Marina o el Ejército podría desbaratar dicho acuerdo?; c) el descabezamiento de las bandas criminales, con sus consecuencias de pulverización de bandas, la violencia asociada al proceso de sucesión interior del cartel y la creación de vacíos de poder que facilitaría la entrada de otros grupos; d) la intensificación de las operaciones de intercepción marítima y área que obligó a los grupos del crimen a alargar sus rutas de tráfico, lo que los obligó a aumentar sus necesidades de control armado y; e) la política de aumento de extradiciones a los Estados Unidos, lo que pudo aumentar la violencia de tres maneras: eliminando el control ejercido por los líderes extraditados, incrementando el riesgo de captura y la conversión de capos extraditados en informantes con sus consecuentes disputas internas.

La tesis de Hope es parte de una visión compleja de una de las últimas consecuencias del narcotráfico: la violencia y los delitos que integran otros tipos de crimen organizado (básicamente secuestros y extorsión) y he querido retomarla para ejemplificar como hemos equivocado el camino al abordar un fenómeno complejo como lo es el narcotráfico.

Es común que las autoridades nos digan que el crimen organizado va mucho más allá del narcotráfico, pero a pesar de que dichas organizaciones criminales se han diversificado hacia el secuestro, el cobro de rentas, la piratería y la trata de personas, el tráfico ilegal de drogas sigue siendo la fuente principal de sus ingresos y la que les garantiza su permanencia. Necesitamos pues hacer una revisión rápida a sus posibilidades de diversificación y a la naturaleza de las mismas.

Una de las razones de este texto descansa sobre la idea de que no se puede pensar un abordaje serio sobre las razones estructurales de la violencia en el país durante los años recientes sin pensar en Sinaloa, en su realidad y su estereotipo. Sinaloa es al narcotráfico mexicano lo que Sicilia es a la mafia italiana: cuna y destino, razón y sino.

Tienen razón quienes reclaman que no se puede reducir a México como sinónimo de violencia, ni en específico a Sinaloa como estereotipo del narcotráfico. Ni toda la violencia sucede en Sinaloa, ni todo los narcos son sinaloenses. Existen muchas otras posibilidades, por supuesto, pero es imposible pensar que se puede comprender la realidad mexicana y, sobre todo, la sinaloense, sin toparse con la influencia y el poder del narcotráfico. “Es tal el impacto cultural del negocio de las drogas en Sinaloa que a algunos jóvenes les resultaba divertido amenazar desde su auto a otras personas con rifles AK-47 de plástico.” (Astorga, 2007:258). Como dijo alguna vez Ismael Bojórquez, periodista fundador del semanario Río Doce, ganador del Premio Maria Moors Cabot por su periodismo: “en Sinaloa si haces periodismo político, de negocios, de deportes o de sociales, tarde o temprano te vas a encontrar con el narco”.

Son muchas las voces, sobre todo sinaloenses, que se alzan a menudo para protestar contra la dolorosa afirmación de que en Sinaloa el narcotráfico no es una subcultura, sino una cultura con todas sus letras. Mientras que al narcotráfico ha evolucionado como “negocio” y se ha diversificado a otros delitos catalogados como crimen organizado, lo narco se ha convertido en una connotación cultural que va más allá del tráfico, el cobro de piso, los secuestros y los asesinatos. Desde 2006, en “Ensayo de una provocación” he venido sosteniendo esta idea y cada día existen más elementos para reafirmarla. Al respecto, Ioan Grillo en su libro El Narco, nos dice: “En las calles dónde El Narco reina, es conocido como “el movimiento”. Esa palabra le da un sentido amplio de crimen organizado; significa una idea completa de estilo de vida para un segmento de la sociedad” (Grillo, 2011:13)


  • EL COMERCIO ILÍCITO.

“Se trata del tráfico ilícito, un tráfico que rompe las reglas: las leyes, reglamentos, licencias, impuestos, embargos y todos los procedimientos que los distintos países emplean para organizar el comercio, proteger a sus ciudadanos, aumentar los ingresos fiscales y velar por la aplicación de los códigos éticos.”

MOISÉS NAIM

El punto de partida para abordar el narcotráfico es obligadamente económico. En su descripción más burda y elemental el narcotráfico no es otra cosa que la oferta ilegal de una sustancia prohibida con alta demanda que, en consecuencia, se vuelve sumamente rentable y posibilita la existencia de un comercio organizado.

Para comprender al narcotráfico hay que abordar, por supuesto, su macro-estructura y esto lo realizaremos a lo largo del ensayo, pero primero se exige hacerlo en un nivel aún superior: en la supra-estructura que representa el comercio ilícito en el mundo. El narcotráfico sería sólo parcialmente comprendido si no echáramos un vistazo al tráfico de personas, al supermercado de armas, al tráfico global de ideas, entre otros.

En “Ilícito”, un texto que le ha dado la vuelta al mundo, el director de la prestigiada revista Foreign Policy, Moisés Naím, describe así al comercio ilegal:

“Se trata del tráfico ilícito, un tráfico que rompe las reglas: las leyes, reglamentos, licencias, impuestos, embargos y todos los procedimientos que los distintos países emplean para organizar el comercio, proteger a sus ciudadanos, aumentar los ingresos fiscales y velar por la aplicación de los códigos éticos.” (Naím, 2005:16)

Para Naím, el abordaje del comercio ilícito que realizan intelectuales y políticos en la actualidad adolece de tres ideas erróneas. La primera es que nada ha cambiado en la naturaleza propia de dicho comercio ilegal: seguimos creyendo –nos dice Naím- que el actual comercio ilegal organizado es lo mismo que el contrabando de antaño, pero esta concepción “… ignora las importantes transformaciones que tuvieron lugar en la década de 1990. Cambios en la vida política y económica, junto con tecnologías revolucionarias en manos de civiles, que han debilitado las barreras que tradicionalmente utilizaban los gobiernos para sellar las fronteras nacionales. Al mismo tiempo, las reformas para promover la economía de mercado que se popularizaron en todo el mundo durante esa década también aumentaron las posibilidades y los incentivos de los traficantes.” (Naím, 2005:18). La tecnología amplió el mercado en términos geográficos al abaratar los costos del transporte y al hacer posible el comercio de una gama más amplia de productos, desde la tradicional marihuana hasta el software pirata.

La segunda idea se refiere al hecho de considerar al comercio ilícito como simple delincuencia, cuando en realidad las actividades delictivas globales “…están transformando el sistema internacional, invirtiendo las reglas, creando nuevos agentes y reconfigurando el poder en la política y la economía internacionales.” (Naím, 2005:20). Sólo recientemente, a raíz de investigaciones más profundas sobre el funcionamiento de la yakuza japonesa y los tongs chinos, es que las instituciones gubernamentales han empezado a considerar a estos grupos no sólo como delincuentes –que lo son-, sino también como comerciantes, es decir, tenemos por fin atisbos de un reconocimiento de su naturaleza mercantil.

La tercera y última idea de Naím es la concepción, sobre todo política, del comercio ilícito como algo permanentemente subterráneo, “sumergido”. El lenguaje de los políticos a menudo se refiere a estas actividades como “mercado negro”, “dinero sucio”, “blanqueo de dinero”, etc. en una clara alusión a la existencia de dos mundos: el legal y el ilegal, dónde la intención es separar a los ciudadanos honestos de los criminales. Sin embargo, señala Naím, esta es la idea más peligrosa de todas, “…puesto que pisotea fundamentos morales y provoca engañosamente en los ciudadanos –y, por ende, en la opinión pública- un sentimiento de gran rectitud y falsa seguridad.” (Naím, 2005:21)

Para el autor de “Ilícito”, los comercios organizados más peligrosos del mundo son: el narcotráfico, el tráfico de personas, la piratería de las ideas y los derechos de autor, así como el contrabando de armas de todo tipo. Nos referiremos brevemente a cada uno para contextualizar.

  1. Armas:

El contrabando de armas es un fenómeno muy antiguo, sin embargo, recientemente la dinámica y composición de este mercado ha experimentado un cambio radical, pues anteriormente este comercio se realizaba de manera masiva entre los gobiernos de diversos países, comúnmente en guerra, a través de sus propias empresas públicas, mientras que en la actualidad se compone de redes mucho más amplias y diversas, integradas por intermediarios y miles de productores nuevos e independientes que se reparten las ganancias. Los vínculos, narra Naím, que unen a productores, financieros, intermediarios y clientes son fluidos, globales y escurridizos. Los intermediarios, gracias a su creatividad, información y relaciones políticas, son quienes poseen la mayor parte del control de este mercado. Los agentes ahora producen, compran, cambian, financian, sin el control de sus gobiernos y a menudo son apátridas. Así, el negocio de las armas se construye y evoluciona fusionándose con otros tráficos ilegales, sustentando los intereses de delincuentes y terroristas.

Pero habría que sumar al armamentismo ilegal otro fenómeno de igual complejidad y peligro: el armamentismo legal de la sociedad civil. Naím explica que en la lista de los países más armados se encuentra a la cabeza Estados unidos, con 234 millones de armas cortas legales (sin contar el armamento de las policías y el ejército), muchas de las cuales se pueden comprar en tianguis fronterizos y hasta en Wal-Mart; le siguen Yemen, Finlandia, Noruega, Alemania y Francia, muchos de ellos países en apariencia apacibles y educados. Las estadísticas más recientes demuestran que los alemanes compran casi tantas armas como los estadounidenses, que el número de crímenes con arma de fuego se ha incrementado sustancialmente en un país como Inglaterra, dónde hasta el año 2000 la policía no portaba pistola, y que los hábitos de compra están migrando de las armas cortas hacia armas como metralletas, de asalto y automáticas.

Vale la pena resaltar que las repetidas matanzas de civiles estadunidenses al interior de escuelas, parques y centros de convivencia que se han desatado de manera reciente, presionan cada vez más a los líderes políticos para discutir la vigencia de la segunda enmienda y el derecho al armamentismo de lo civiles con el argumento de la autodefensa.

2. Personas.

De acuerdo con cifras de las Naciones Unidas, el contrabando mundial de personas afecta a por lo menos cuatro millones de personas al año, con un valor económico de entre 7,000 y 10,000 millones de dólares. Si bien el tráfico de personas no representa aún el negocio más rentable del comercio ilícito (sitio que ostenta el narcotráfico), diversas organizaciones civiles especializadas, gobiernos de diversos países y grupos de activistas coinciden en que sí representa una de las actividades ilegales con mayor tasa de crecimiento. Se estima que el contrabando transfronterizo desplaza entre 700 mil y dos millones de personas al año (Naím, 2005:116). Naím distingue dos tipos de actividades distintas para referirse a este hecho: cuando habla de “contrabando humano” alude a la situación en que el emigrante paga al contrabandista por el viaje de un lugar a otro, mientras que al hablar de “tráfico humano” se refiere a cuando el traficante engaña o coacciona al emigrante y vende su trabajo o su propia persona a un tercero (Naím, 2005:117).

De acuerdo con el citado autor, las rutas actuales del tráfico humano a menudo están relacionadas con la explotación laboral y sexual, desde Myanmar, China y Camboya a Tailandia; de Rusia a los Emiratos del Golfo; de Filipinas y Colombia a Japón; de México y latinoamérica a los Estados Unidos, por señalar las más importantes.

Pero sin duda un dato que nos atañe es la conexión que se desarrolla entre el tráfico de personas y otros tipos de comercio ilegal. Naím relata la declaración de un expolicía estadounidense sobre la capacidad de adaptación de los cárteles mexicanos de la droga al detectar que podían “doblar sus ingresos” si transportaban pequeños paquetes de droga a través de los inmigrantes; una vez hecho este descubrimiento, los líderes del narcotráfico establecieron una estrecha colaboración con las estructuras de los “coyotes” fronterizos.

Para Moisés Naím el tráfico de personas tiene dos razones fundamentales: la globalización y la aspiración humana por encontrar una vida mejor.

Respecto de la globalización, resulta bastante obvio que con el progreso de las tecnologías de transporte, así como con la apertura de las economías de mercado, los flujos migratorios que han existido desde siempre registraran una mayor aceleración y complejidad en nuestros tiempos; pero es la constante creación de diversos instrumentos para obstaculizar estos flujos por parte de los “países de destino” (Estados Unidos y la Unión Europea, principalmente) lo que obliga a muchos de estos emigrantes a optar por el modo ilegal de alcanzar su objetivo. En cuanto al carácter aspiracional de la emigración, los economistas y sociólogos han llegado a la conclusión de que aquello que impulsa a la emigración no es la penuria, o la pobreza absoluta, sino la penuria relativa, es decir, el sentimiento de que a uno le iría mejor en algún otro lugar (Naím, 2005:140)

3. Propiedad intelectual.

Existen, de manera general, tres tipos de instrumentos para proteger la propiedad intelectual: las marcas registradas, referidas a los símbolos, las palabras y las imágenes que designan una marca; las patentes, utilizadas para proteger un invento; y los derechos de autor, que abarcan los campos del arte, la literatura, el software y la música. La violación o el hurto de cualquiera de estas tres modalidades constituyen un delito.

“Las falsificaciones son artículos robados; y lo son porque son producto del robo de la marca comercial, el diseño y las ideas de alguien.” (Naím, 2005:143). Así describe Moisés Naím a la piratería y narra con detalle como en todos los países del mundo existen mercados o áreas determinadas dónde puede uno encontrar mercancía falsificada de cualquier tipo que procede principalmente de China, Taiwan y Vietnam. Mientras más famosa y posicionada una marca, más susceptible de ser falsificada, “imitada”; se calcula que las empresas estadounidenses pierden entre 200,000 y 250,000 millones de dólares al año y la Unión Europea estima que anualmente se pierden alrededor de cien mil puestos de trabajo a causa de las falsificaciones. Pero la cifra escalofriante es que las pérdidas comerciales en todo el mundo debido al contrabando de la propiedad intelectual se estiman en 500,000 millones de dólares anuales, entre el 5 y el 10 por ciento del PIB mundial (Naím, 2005:145).

Naím atribuye a dos factores el auge de este tipo de comercio ilícito: la constante expansión de la oferta de productos de marca falsos que se encuentran en el mercado actual, pues si antes sólo se imitaba a los diseñadores de ropa y calzado, en la actualidad se falsifica prácticamente todo: DVD’s, software, zapatos, textiles, juguetes, etc.; la segunda razón y, en mi opinión, la más profunda, se encuentra en la difusión de equipos, conocimiento, procesos de producción, tecnología e instalaciones que realizaron los fabricantes originales para con sus proveedores, filiales y concesionarios extranjeros con el fin de penetrar en nuevos mercados. A través de modelos de franquicias y acciones para establecer una “identidad de marca”, las grandes compañías pusieron a disposición del mercado su conocimiento desarrollado por años de investigación y experimentación y eso, que en realidad constituye una de las fuerzas de promoción más potentes del capitalismo sirvió a los intereses de grupos dispuestos a incursionar en la ilegalidad.

Para Naím las redes de falsificación de productos son multinacionales, diversas y se encuentran descentralizadas; sirven igual a un intermediario menor que una compleja red de terroristas. En sus cadenas de producción, las materias primas, los componentes y los procesos de ensamblado, envasado y distribución se hallan dispersos en múltiples lugares, lo que constituye una ventaja de coste y una minimización de los riesgos de detección. Internet incluso abona a esta estrategia pues permite “virtualizar” las transacciones.

Por último, el comercio ilícito de la falsificación ha desarrollado también estrechas conexiones con el narcotráfico y el terrorismo. Un vínculo natural es el que se ha dado entre el comercio de medicamentos falsos y la provisión de materias primas para la producción de drogas sintéticas, incluso Naím relata casos dónde grupos de narcotraficantes rusos y asiáticos han incursionado en el negocio de los CD’s y DVD’s piratas.

Por supuesto, los anteriores no son todos los tipos de comercio ilícito que existen hoy. No era el propósito hacer un análisis exhaustivo del comercio ilícito, sino contar con un conocimiento previo sobre el mismo que nos permita apreciar que el fenómeno dista mucho de ser un conjunto de entes aislados donde cada una de las actividades delictivas específicas opera separada de las otras, múltiples ejemplos demuestran que existe siempre entre ellas una interrelación que va mucho más allá de lo casual.


NARCOTRÁFICO.

El paradigma Prohibicionista.

Antes de abordar la situación actual del narcotráfico en el mundo y, posteriormente en México, es imprescindible hacer un recorrido histórico de la visión prohibicionista que ha acompañado al consumo humano de las drogas. Para este propósito, durante este apartado utilizaremos continuamente el texto de Richard Davenport-Hines, “La búsqueda del olvido: historia global de las drogas 1500-2000”.

El primer testimonio directo sobre el uso recreativo del cannabis proviene del marino mercante inglés Thomas Bowrey y fue escrito en 1670 para relatar el consumo de una bebida llamada bhang –semillas secas de cannabis maceradas y mezcladas con agua fresca- en la costa de Bengala (Davenport, 2001:19), desde entonces, las manifestaciones del consumo de cannabis, opio y hoja de coca en sus más diversas presentaciones son parte inherente de la historia de la humanidad. Sin embargo y a pesar del carácter natural de la mayor parte de las drogas que hemos consumido a través de los años, el narcotráfico como fenómeno complejo tiene su origen en la tradición prohibicionista inaugurada por el idealismo norteamericano en las conferencias de Shangai y La Haya en 1912. Relata el periodista Davenport que “los Estados Unidos y varias potencias europeas redoblaron sus regulaciones después de 1912, en parte para cumplir con las obligaciones de los tratados, pero también para restringir el consumo de drogas en los tiempos de guerra. Sin embargo, al firmarse el armisticio en 1918, el suministro de drogas para fines de consumo abusivo no era ilegal en la mayoría de los países.” (Davenport, 2001:237). La institución encargada de ejecutar dicha política prohibicionista fue la Sociedad de las Naciones, quien a partir de 1921 comenzó a ejercer controles más estrictos, lo que abrió una ventana lucrativa para los contrabandistas y para los laboratorios legales, de modo que el narcotráfico quedo en manos de compañías farmacéuticas como Hoffmann-La Roche y de contrabandistas como el francés De Monfried.

Sir Malcom Delevingne, diputado secretario inglés y uno de los hombres con mayor relevancia en el combate al narcotráfico durante la primera mitad del siglo XX, consideraba en 1925 que la drogadicción tenía su origen “en los países de occidente, en gran medida [como] el resultado de la angustia y las presiones de la vida moderna” (Delevingne en Davenport, 2001:207), del mismo modo que en 1934 consideraba que “La drogadicción es, en el fondo, una cuestión de suministro de drogas” y que las dos formas de combatir dicho suministro eran la regulación de la venta minorista y la eliminación del narcotráfico (Davenport, 2001:241).

Pero dicha visión prohibicionista no era compartida por todos los países, en 1925 el decano de la delegación holandesa en Ginebra calificó de “idealismo destructivo” a la posición norteamericana que proponía el congresista Stephen Porter respecto de la supresión gradual de las importaciones no medicinales de opio por parte de todos los países en un plazo máximo de 10 años. Incluso la opinión unánime de los delegados era que los países estaban haciendo el juego al sentimiento puritano estadounidense (Davenport, 2001:245).

Más tarde, en 1943, los Estados Unidos dieron un paso adicional en la consolidación mundial de la visión prohibicionista: lograron que Gran Bretaña y Holanda se unieran a un acuerdo para la prohibición total del consumo de opio, después siguieron Francia y Portugal; de modo que en pocos años el consumo de esta droga era ilegal en todo el mundo, excepto en Tailandia, quien por fin en 1959 termino por acatar la prohibición. En ese sentido, en 1946 el Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas decidió crear la Comisión de Drogas Narcóticas integrada por quince países: Gran Bretaña, Canadá, China, Egipto, Francia, India, Irán, México, Holanda, Perú, Polonia, Turquía, la Unión Soviética, los Estados Unidos y Yugoslavia. Este nuevo órgano era el único cuerpo de las Naciones Unidas capaz de imponer sus decisiones a los diferentes gobiernos afiliados, pero era de suponer que dado el control que el gobierno estadounidense ejercía sobre las Naciones Unidas, la propia Comisión –asentada en Nueva York desde 1953- terminaría por adoptar la agenda prohibicionista de los norteamericanos. Así, al elevarse el consumo de drogas a partir de 1945 debido a la finalización de la guerra, los Estados Unidos, confiados en su fortaleza e indiscutible liderazgo económico y militar, reclamaron al resto de los países una cooperación absoluta en sus políticas antidrogas.

Luego vendría lo que Davenport denomina como “La era de la angustia”. Durante los 25 años posteriores a la guerra, el recuerdo de Hiroshima y Nagasaki, el peligro latente de las reservas de armas nucleares poderosamente destructivas en manos de Estados Unidos y la Unión Soviética, sumieron al mundo en una angustia y una sensación de futilidad y desconfianza hacia la autoridad. Theodor Adorno escribía en los sesentas: “La vida se ha transformado en una interminable serie de conmociones separadas por lapsos de vacío y parálisis” (Adorno en Davenport, 2001:283). Resulta lógico que las drogas, especialmente la marihuana y otros tipos de alucinógenos, experimentaran un auge importante durante esta época como manera de paliar esta angustia, sobre todo en los Estados Unidos. En 1966 un profesor de Harvard, Bruce Jackson, hacía una declaración escandalosa: “Las drogas, la goma de mascar, la televisión, los grandes automóviles y el crimen, son parte del estilo de vida norteamericano” (Davenport, 2001:281).

A partir de los cincuentas el consumo ilícito de drogas en Norteamérica comenzó a incrementarse de forma abrupta y los jóvenes europeos comenzaron a imitar las conductas de sus similares estadounidenses. Este efecto se desarrolló también en las prácticas prohibicionistas, los países europeos comenzaron a copiar las técnicas restrictivas de Estados Unidos. De hecho, la figura del primer zar antidrogas –tal como la conocemos hoy- nació en Estados Unidos precisamente en esta época y encarnó en la persona de Harry Anslinger, Adventista del Séptimo Día y Comisario de la Agencia Federal de Narcóticos (FBN) desde 1930 hasta 1962. Sobre su persona y su trabajo, escribe Davenport: “era egoísta, autoritario, enérgico, brutal y sin escrúpulos… él representa mejor que cualquier otra figura la guerra contra las drogas en el siglo XX.” (Davenport, 2001:332). Para comprender mejor la visión de Anslinger sobre la drogadicción y el narcotráfico, basta con revisar sus afirmaciones sobre la solución del problema con el encarcelamiento forzoso de los consumidores.

A partir de entonces, la prohibición antidrogas norteamericana ha influido tanto en países subdesarrollados como en el mundo industrializado y la figura del zar antidrogas sigue dictando la pauta respecto de cómo debe atenderse esta problemática. Incluso Estados Unidos ha llegado al extremo de crear un instrumento de “certificación” para calificar a las naciones en su desempeño en el combate a las drogas, aquellos países que satisfacen sus requerimientos reciben asesoría y recursos para continuar sus esfuerzos.

El narcotráfico hoy.

En la actualidad el narcotráfico representa el mejor de los negocios del comercio ilícito. Para darnos una idea de su tamaño, tan sólo en Estados Unidos se gastan anualmente más de 20,000 millones de dólares para la lucha contra el narcotráfico y el consumo de drogas según cifras del FBI. Si bien ha sido un negocio rentable desde el auge prohibicionista, ha sido la globalización el verdadero factor de evolución del narcotráfico. Los negocios de las droga se han difundido en el entramado de la vida social, económica y política de los países. Desde los cárteles colombianos y mexicanos, hasta las mafias rusas e italianas, los grupos de narcotraficantes han flexibilizado sus métodos y aprovechado las ventajas de la tecnología y el libre mercado para alcanzar con mayor eficiencia sus mercados objetivo. Moisés Naím señala que incluso existe una evolución más trascendental en este comercio, pues empieza a abandonarse el modelo mafioso familiar para acceder a una especialización que aprovecha la lengua, el emplazamiento, el conocimiento local y la capacidad de confundirse con la multitud en un mundo en que los destinos finales y las fuentes de suministro van en aumento (Naím, 2005:99). Para explicar mejor esta evolución, Naím utiliza un recurso interesante: se vale del modelo de red de redes para explicar cómo las nuevas células del comercio ilícito se organizan y establece una comparación de dicho modelo canónico con la configuración burocrática de los gobiernos que las combaten.

“Las redes [del comercio ilícito] son absolutamente deliberadas, puesto que tienen un objetivo claro: obtener beneficios infringiendo la ley; y cuando las redes deliberadas adquieren forma y función, es porque ayudan a resolver un problema…tienen un carácter extremadamente descentralizado, incluso atomizado. Sus células, o integrantes, tienden a ser autónomos y autosuficientes. Actúan a través de fronteras en cadenas que pueden ser largas y complejas, pero extremadamente adaptables y eficaces. Las interacciones tienen tantas probabilidades de ser transitorias como permanentes, y cualquier transacción tanto de ser excepcional como de formar parte de su pauta regular” (Naím, 2005:283)

En cambio, señala Naím, las burocracias que se utilizan para combatir a estas redes son estructuras jerarquizadas verticalmente donde la información fluye de arriba hacia abajo y viceversa; estructuras lentas sujetas a un presupuesto siempre limitado y restringidas por diversos límites normativos y legislativos, además de estar circunscritas a fronteras geopolíticas definidas. En este sentido, estamos oponiendo a una figura flexible, ágil e ilícita otra figura rígida, lenta e ineficiente.

Otro aspecto interesante respecto del narcotráfico actual consiste en la necesidad de su desmitificación. Con todo lo difícil que resulta comprender este tipo de fenómenos a cabalidad debido a su carácter oculto e ilegal, parece haber algunos avances en un cambio de paradigma respecto de las figuras representativas del narcotráfico en el mundo, es decir, tenemos que dejar atrás la imagen popular del “narco” personalizada por nombres como Pablo Escobar Gaviria o Amado Carrillo Fuentes “El Señor de los cielos”, para dar paso a una versión mucho más compleja de lo que es el narcotráfico en sí mismo. La experiencia nos ha enseñado como cuando alguna de estas leyendas desaparece, los grupos a los que pertenecían, lejos de desaparecer, tienen la capacidad para reconfigurarse con nuevos liderazgos, diversificarse en nuevos productos (de la marihuana y la cocaína a las anfetaminas y la heroína) y beneficiarse de las nuevas tecnologías en su manejo financiero.

Cierro este apartado con una anécdota increíble. El 3 de abril de 2010, el semanario Proceso publicó en portada una entrevista que a primera vista parecía una tomadura de pelo: “PROCESO en la guarida del “El Mayo“ Zambada”. La entrevista era más bien la crónica de un encuentro insólito o, por lo menos, impensable hasta entonces entre un periodista octogenario y uno de los dos capos más importantes del Cártel de Sinaloa. Realizada por el fundador del semanario, Julio Scherer García, uno de los periodistas más reconocidos del país, la entrevista generó todo tipo de polémicas. Para los más conservadores la cuestión radicaba en la pertinencia ética de acudir al llamado de un connotado delincuente, mientras que para los más liberales había una profunda convicción de la necesidad de contar dicha historia. Sin embargo, lo que más llamó mi atención es que durante las dos semanas posteriores que duró el debate en torno a la entrevista, ningún comunicador o medio de comunicación reparó en lo más importante: aquello que dijo el entrevistado. Y es que más allá del sigilo y la prudencia con la que debemos tomar este tipo de relatos, es valioso rescatar una frase que sirve para ejemplificar como más allá del mito del narco, lo que qué hace funcionar el tráfico de drogas es un sistema. Ante la pregunta del periodista sobre qué sucedería si el capo cayera, el hombre del bigote de la sutil ironía (en palabras de Scherer) respondió tranquilo: “El problema del narco envuelve a millones. ¿Cómo dominarlos? En cuanto a los capos, encerrados, muertos o extraditados, sus reemplazos ya andan por ahí.”

El Caso Mexicano.

Las cifras que resultan de un análisis de la situación actual del narcotráfico en México, así como de su respectivo combate (intensificado en las acciones y en el discurso por el gobierno del expresidente Felipe Calderón) son abrumadoras.

Según un estudio de la Rand Corporation, las ganancias brutas de las exportaciones de drogas de los cárteles mexicanos ascendieron a unos 6,600 millones de dólares en 2010, mientras que otros estudios estiman que dichas ganancias pueden oscilar entre los 3,000 y los 10,000 millones de dólares anuales. Vale incluso, para el anecdotario, y es de sobra conocido que hasta la llegada del actual presidente Enrique Peña Nieto, la prestigiada revista Forbes incluyó durante cuatro años consecutivos en su lista de los más ricos y poderosos a Joaquín Guzmán Loera con una fortuna valuada cerca de los 1,000 millones de dólares. Sin embargo, y a pesar de lo difícil de establecer cifras confiables para estimar el tamaño económico del negocio del narcotráfico en México, estas cifras contrastan fuertemente con el consumo de drogas. De acuerdo con el texto de Jorge Castañeda y Rubén Aguilar, “El narco: la guerra fallida”, las cifras de drogadicción en México se incrementaron sólo de manera inercial debido al crecimiento poblacional desde 1998 hasta 2008. Según los autores, la cifra de consumo de algún tipo de droga por parte de los mexicanos se establece entre el 5 y el 6 por ciento de la población entre 12 y 65 años de edad, de los cuales sólo el 0.4 por ciento representan un problema real de adicción, según la Encuesta Nacional de Adicciones. Mientras que en Estados Unidos esta cifra alcanza el 3 por ciento de una población seis veces más grande que la mexicana. (Aguilar, Castañeda, 2009:19). Es necesario recalcar que según la Encuesta nacional de adicciones, de 2002 a 2008 los incrementos más significativos de consumo se ubican en la cocaína, pasando de 244,000 a 331,000 usuarios durante el periodo mencionado. Sin embargo, dado que el aumento en el consumo general de drogas ha sido gradual, podría esperarse un aumento en la violencia con el mismo comportamiento; cabría incluso esperar una superposición entre las regiones de mayor consumo y las de mayor incidencia delictiva, algo que tampoco ha sucedido, pues mientras que la zona del Distrito Federal y el Estado de México muestran los mayores niveles de consumo, son Chihuahua, Sinaloa, Tamaulipas y Baja California, estados del norte del país, los que concentran la mayor parte de los asesinatos del país.

Pareciera que el crecimiento de estos indicadores obedece a la avanzada federal contra el narcotráfico impulsada en 2007 por el entonces Presidente Calderón con una “razón de estado”: la pérdida de control, poder y vigencia del Estado en determinadas partes del territorio nacional y registrada en un discurso del entonces Procurador General de la República, Eduardo Medina Mora, en una entrevista para el diario El país, dónde aludía a la necesidad del Estado mexicano por recuperar “el derecho exclusivo al uso legítimo de la fuerza, el derecho exclusivo de cobrar impuestos, y en algunas ocasiones el derecho exclusivo de dictar normas de carácter general”. (Aguilar, Castañeda, 2009:51)

Solo a tres años del inicio de la embestida que sacó al ejército de sus cuarteles y los llevó a las calles para realizar labores que corresponden por derecho y obligación a la policía federal, surgieron muchas voces críticas que reclamaron un cambio de estrategia ante la falta de resultados. El propio Jorge Castañeda solicitó en el texto anteriormente mencionado la necesidad de un cambio de enfoque fincado en diversas alternativas como la reducción del daño y el combate a los efectos colaterales. Hoy, con Calderón como titular de una cátedra de Harvard y ante un gobierno priísta que no atina a definir una estrategia salvo la del silencio mediático, los mexicanos nos seguimos preguntando si el problema que nos ocupa tiene una verdadera solución. Pero sin duda, el movimiento crítico que más adeptos generó fue el liderado por el poeta y activista social católico Javier Sicilia, quien en reacción al asesinato de su hijo, fue capaz de recoger en el “Movimiento por la Paz, la Justicia y la Dignidad” las voces y necesidades de las víctimas de la violencia.

En ese sentido, y más allá de discutir por ahora la bondad y viabilidad de tal o cual propuesta específica, es necesario preguntarnos primero sobre cuáles bases teóricas debe afianzarse ese nuevo enfoque, ese “cambio de rumbo” en la estrategia del combate al narcotráfico. Es más, vale la pena preguntarse si lo que necesitamos es precisamente dar un combate.

La propuesta es que requerimos de una aproximación menos parcial y más integral que reconozca la naturaleza compleja del fenómeno mundial del narcotráfico. Creo que las alternativas de solución deben provenir de una visión transdisciplinaria que combine los beneficios tanto del análisis humanístico como del científico.

  1. EL MITO DEL NARCO

 

“Un día decido entregarme al gobierno para que me fusile. Mi caso debe ser ejemplar, un escarmiento para todos. Me fusilan y estalla la euforia. Pero al cabo de los días vamos sabiendo que nada cambió.”

ISMAEL ZAMBADA

De acuerdo con el antropólogo Geertz, la cultura representa algo mucho más importante que un agregado en el desarrollo evolutivo de los hombres, de modo que trasciende el nivel accesorio y se define como un elemento constitutivo de su desarrollo biológico y moral. Puesto que los hombres no pueden ser ajenos a la cultura, tampoco pueden ser a-morales, nos dice Geertz.

En este apartado haremos uso del estudio cultural a través de la técnica de la observación profunda y el análisis de la simbología más representativa del “narco” mexicano como apócope. Si bien anteriormente nos referimos a la necesidad de un proceso de desmitificación global sobre la figura del narcotraficante, esto no significa que dicha actividad delictiva esté perdiendo su naturaleza simbólica, al contrario, nada más vivo y cambiante que sus códigos y sus expresiones culturales, nada más vigente que el mito del narco.

A pesar de la negativa de los gobiernos estatales y federal, quienes insisten en conferir una categoría subcultural al narcotráfico en México, es innegable que el fenómeno abandonó hace mucho tiempo su carácter subterráneo y ha alcanzado, sobre todo en el norte del país, una categoría completamente cultural.

Ahora el narcotráfico opera en la superficie porque se ha convertido a la popularidad. Sus cadenas de oro, su vestimenta llamativa de diseñador y sus camionetas lujosas sirven para describirlos. En México muchos ciudadanos, incluso los juniors provenientes de familias educadas, han adoptado la moda del “narco” conscientes del mensaje que se envía. En México el narco gusta de la tambora sinaloense debido a una larga tradición de familias dedicadas al narcotráfico y que son ya parte del imaginario popular, pero gusta más aún del grupo norteño que hace oda de sus hazañas en una pieza musical que ha sido objeto de diversas interpretaciones y cuya evolución es cada vez más sujeta de estudio: el narcocorrido.

Nos dice Luis Astorga, experto sinaloense y una de las voces más acreditadas sobre el tema:

“La sociodisea de los traficantes, su ética, estética y mitología, encontraron en el corrido norteño, en las composiciones de autores de origen popular, un vehículo eficaz para ser difundidas y conocidas por un público más amplio, ajeno al mundo descrito en esas historias orales e invenciones versificadas acompañadas con música. La música regional de los lugares de los cultivadores y traficantes, como la tambora sinaloense y el mariachi, no tardarían en acompañar a la nueva producción simbólica”. (Astorga, 2007:278)

El narcocorrido es parte integral de la programación de las radiodifusoras de Sinaloa, Chihuahua y Tamaulipas, y crece cada vez más en el gusto del resto de los estados de México. Es un género que cada día agrega más oyentes; la popularidad de sus letras se debe al incremento de la oferta —escribir narcocorridos es más redituable que escribir cualquier otro género— y a la identificación del ciudadano con sus versos. En cada estrofa se cantan las correrías de un individuo capaz de corromper al mejor político, de aterrizar una avioneta en las peores condiciones y de matar a balazos a quien quiera ponerse enfrente. El narcocorrido es el canto juglar de nuestro pueblo. Los intérpretes de los narcocorridos visten y hablan el mismo lenguaje que los narcos. Su voz debe ser nasal y bravía; su oferta visual debe homologarse con la de quienes los escuchan y a quienes le cantan. Grupos tan famosos como los Tigres del Norte a menudo aseguran que su canto no contribuye a la promoción del narcotráfico, pero los millones de copias vendidas contradicen sus palabras. Lo que es popularmente aceptado es, forzosamente, cultural.

En “Cantar a los Narcos: voces y versos del narcocorrido”, Juan Carlos Ramírez-Pimienta realiza un recorrido histórico a partir de los que él considera como los primeros corridos alusivos al tráfico de drogas, ”El Pablote” y “Por morfina y cocaína”, para luego transitar a las figuras de Los Tigres del Norte y Chalino Sánchez como los responsables del resurgimiento del género y la transformación del corrido sobre el tráfico de drogas hacia el denominado narcocorrido:

“El narcocorrido ya no versaba tanto sobre valientes enfrentamientos a balazos entre contrabandistas y autoridades, sino sobre celebraciones en las que abundan el consumo de drogas, la ostentación y en general los excesos. Es decir, que el corrido del narcotráfico se fue convirtiendo en narcocorrido en la medida en que la temática pasó del narcotráfico, sus peligros y aventuras para convertirse en un corrido que enfatiza la vida suntuosa y placentera del narcotraficante” (Ramírez-Pimienta, 2011:14)

La imagen del narco es estridente, en un tiempo les distinguieron los pantalones vaqueros ajustados, las camisas de diseñador italiano como Moschino o Versace desabotanadas hasta el abdomen, el cinto piteado (bordado) y las botas de víbora o avestruz, sombrero caro y muchas joyas: oro y diamantes son las preferidas. Una especie de prolongación moderna de su imagen original, la nostalgia de lo rural venida traída al universo urbano. Ahora los neo-narcos visten diseñadores rockstar como Ed Hardy o preppy como Burberry, llevan jeans Slim-fit sin importar el sobrepeso y utilizan tenis Lacoste, en una especie de imitación por la moda de los raperos afroamericanos estadounidenses. La vestimenta del narco puede ser estridente, chillante y hasta de pésimo gusto, pero cumple su objetivo: capta miradas. En un análisis más profundo se entiende que el narco se viste así para mostrarse y hasta para distinguirse, pues la característica ilegal de su actividad debe remitirlo al secreto; puesto que no puede mostrarse públicamente, su envoltorio es un disfraz llamativo, provocador.

Del mismo modo que la vestimenta, todo aquel elemento que acompaña al narco sigue la misma lógica, debe llamar la atención; por eso su vehículo es una camioneta alta y cuatro por cuatro o un deportivo europeo, con rines grandes y brillantes, cromados, de colores vivos y cristales polarizados para mantener algo de la secrecía. A menudo adaptado, modificado… tuneado. Para los habitantes de Culiacán, no hay sorpresa alguna en ver desfilar Camaros de edición limitada, BMW´s, Mercedes Benz y hasta Ferraris por el bulevar Sinaloa, en la colonia Las Quintas, uno de los barrios identificados como residencia de múltiples familias dedicadas al narcotráfico.

Otro elemento culturalmente interesante es la devoción religiosa del narco. Así como las mafias italianas se esforzaron siempre por estar cerca de la iglesia, cómo una manera de limpiar públicamente sus pecados, igual sucede con los narcotraficantes mexicanos, quienes se han convertido en permanentes benefactores de sus párrocos y hasta de sus obispos. Incluso han re-creado a sus ídolos con la devoción por personajes como Jesús Malverde en Culiacán, un simple bandido sinaloense de principios del siglo XX convertido a pseudo-santo sujeto de culto, o la Santa Muerte en Tijuana y otras ciudades fronterizas.

Todos los elementos anteriores son parte de un proceso mitificador del narcotraficante. Pero lo más grave que resulta del análisis cultural de la figura del narco es su constitución como modelo a seguir, su condición aspiracional. El narco cautiva porque es el ejemplo del acceso joven a todos los placeres del consumo ilimitado, simboliza la consumación del sueño capitalista, pero sin la onerosa carga del trabajo. El narco es el ejemplo del atajo. El efecto atractivo que produce el narco en la sociedad se manifiesta de distintas formas. Alguna vez leí que Élmer Mendoza, uno de los mejores escritores en retratar la idiosincrasia del narco en México, decía que era imposible no escribir sobre los narcos porque eran sujetos muy interesantes para construir como personajes, puesto que siempre viven al límite: drogas, sexo, violencia, persecución. De modo que el narcotráfico alcanzó al teatro, al cine, a la escultura, a la pintura y, alcanzó, inevitablemente, a la literatura. Desde Tierra Blanca, de Leónides Álfaro hasta La Reina del Sur, de Pérez Reverte, el narcotráfico como fenómeno, y el narco, como protagonista, se han posicionado como los temas a explotar por la literatura. Recientemente también se ha hecho presente en la televisión con series como “El Cártel de los Sapos”, “Pablo Escobar: el Patrón del mal”, “El Capo”, entre otras.

Pero cuidado, no se piense que el mito es exclusivo de la masculinidad, aplica lo mismo para hombres que para mujeres. Si bien esa cierta estética se ha impuesto para los varones, lo ha logrado también para las mujeres: pieles blancas como las porcelana en contraste con profundos cabellos azabache, curvas pronunciadas hasta la exageración gracias al bisturí y el silicón, tacones altos, maquillaje cautivador, joyas de diseñador. Variaciones exclusivas del género pero la misma naturaleza provocadora y el mismo objetivo público: acaparar las miradas, mostrar el poder. Narquitos y sus muñecas. Buchones y buchachas. Narco unisex.

Esta perspectiva resulta muy valiosa para comprender por qué miles de jóvenes se unen a diario a las filas del narcotráfico. En un país como México, dónde la eficiencia terminal del sistema educativo no rebasa el 4% y dónde el gobierno es incapaz de generar las condiciones para crear los empleos necesarios para los aquellos que logran graduarse, resulta muy lógico que convertirse a la delincuencia como narcotraficante sea una decisión fácil de tomar. De acuerdo con una frase ya famosa del actual Rector de la UNAM, José Narro, los “ni-nis” (jóvenes que ni estudian ni trabajan) son cerca de 7 millones en el país y son los primeros en engrosar las filas del narcotráfico.

  1. DESDE LA ECONOMÍA, LA SALUD PÚBLICA Y LA ESTRATEGIA DE SEGURIDAD.

Desde la economía.

La anterior reflexión cultural nos lleva a la siguiente, y es el reconocimiento –aunque se antoje obvio- de tres hechos importantes: primero, que el narcotráfico es un fenómeno primariamente económico; segundo, que la drogadicción no es un efecto del narcotráfico, sino su causa, y constituye un problema social y de salud pública y; tercero, que la violencia asociada al narcotráfico no es el narcotráfico en sí mismo, sino una de sus dinámicas de ajuste.

Que el narcotráfico es un fenómeno económico suena a broma, pero es curioso como toda la estrategia global parece pasar por alto este hecho. Es decir, el narcotráfico (así como el resto de los comercios ilícitos) existe no porque haya una intencionalidad moral malévola permanente por parte de los narcotraficantes para drogar a niños, jóvenes y adultos, sino porque existe un mercado rentable – a saber en los Estados Unidos- y cada vez más lucrativo para el consumo de drogas; mientras dicho mercado exista, siempre habrá una estructura organizacional dispuesta a abastecerlo. En ese sentido, la obsesión por el control de la oferta como principal política antidrogas es una técnica errónea, pues con cada decomiso realizado por las autoridades se genera un aumento en el precio de la droga y se hace más atractivo monetariamente realizar otro envío al mercado que precisa del cargamento. Además, en la medida en que las autoridades atajan los envíos de droga de los cárteles, obligan a sus integrantes a mejorar sus técnicas de transporte, a diversificar sus rutas y a potenciar su creatividad comercial. Incluso a elevar sus niveles de violencia para garantizar el suministro: de acuerdo con un análisis de Alejandro Hope, el índice de homicidios dolosos en México mostró comportamientos muy similares de crecimiento si se compara con el aumento en los precios de la cocaína en los Estados Unidos durante los años recientes.

Con base en lo anterior, propuestas como la despenalización progresiva de la marihuana y algunas otras drogas suaves han empezado a hacer eco entre diversos círculos de intelectuales, académicos y activistas. Incluso en varios estados de Norteamérica, como California, han entrado ya en vigor algunas leyes que permiten la instalación de pequeños comercios para la venta de marihuana con fines terapéuticos e incluso recreacionales, lo que para diversos expertos puede representar el primer paso para una real despenalización del consumo de drogas en los Estados Unidos. Algunos expertos se atreven ya a afirmar que en 2013 el “prohibicionismo está herido de muerte”.

Steve Rolles, director de Transform Drug Policy Foundation, propone una nueva regulación basada en cuatro modelos: 1. Receta médica y lugares de usos supervisado para los drogas de alto riesgo como los opiáceos inyectables, 2. Venta de farmacia especializada para drogas de riesgo medio como la cocaína y las anfetaminas, 3. Varias formas de licencia para la venta al menudeo y consumo de de las drogas de bajo riesgo como el cannabis y, 4. Ventas sin licencia para los productos menos riesgosos como el café o la infusión de coca. (Rolles, 13)

 

Desde la Salud.

Por otro lado, respecto de considerar a la drogadicción como un problema social de salud pública y no como un tipo de delincuencia, vale la pena señalar que en México hemos confundido la figura del drogadicto con la del delincuente, pues las legislaciones que hemos aprobado para despenalizar el consumo personal son irrisorias, las cantidades que consigan dichas leyes son insuficientes y cualquier ciudadano puede ser consignado como distribuidor de drogas si es sorprendido en posesión de alguna de ellas. En Europa, según Mike Trace, Presidente del International Drug Policy Consortium y ex zar antidrogas del Reino Unido, la mayoría de los gobiernos viene empujando una línea progresista que consiste en atender el abuso de las drogas como un problema social y de salud pública (Trace, 14) y que parte del reconocimiento de que la radicalización punitiva en contra de los consumidores ha sido ineficaz para disuadir el inicio o la continuación del consumo; además, nos dice Trace, “los factores que llevan a la gente joven a consumir drogas, y a que algunos generen una adicción, están basados en condiciones sociales y económicas. El status legal de la droga, o la dureza de la aplicación de la ley, no juegan un papel significativo en la reducción de la magnitud real del problema.” (Trace, 14). Ante esta realidad, el propio Trace plantea concentrarse en políticas públicas que prioricen la inclusión social de los consumidores a través del involucramiento de las comunidades, la educación y el tratamiento frente a la dependencia de las drogas.

A esta propuesta a menudo suele denominársele como una estrategia de “reducción del daño” y ha sido fuertemente impulsada por Ethan Nadelmann: “El reto no es eliminar el uso de drogas, sino aprender a vivir con ellas, para alcanzar el menor daño posible y el mayor beneficio posible. La reducción del daño es un enfoque ético y pragmático… cuyo criterio central estriba no en la reducción del número de personas que usan drogas, sino en la reducción de los decesos, las enfermedades, los delitos y sufrimiento procedentes del uso y de la prohibición.” (Nadelmann en Castañeda, 2009:118)

Desde la seguridad.

Sobre el análisis de la violencia asociada al crimen organizado, acaso el efecto del narcotráfico que más impacta socialmente, es necesario reconocer que debido a la falta de información puntual y veraz, no tenemos un consenso generalizado en el discurso sobre los resultados de la batalla contra los cárteles de la droga: mientras que los gobiernos y las procuradurías repiten sin cesar que la elevación en los niveles de violencia se debe a la desesperación de los narcotraficantes por ir perdiendo la batalla, los grupos defensores de los derechos humanos, las asociaciones civiles y la misma ciudadanía, se muestra cansados y reclaman en diversos foros y medios de comunicación el temor constante, las víctimas inocentes, los abusos del ejército, la corrupción policiaca y la ineficacia penal del ministerio público. Sin embargo, a pesar de la complejidad técnica y del despliegue de recursos que la estrategia de seguridad implica, la propuesta de combate mexicana aún se encuentra apalancada en el uso de las fuerzas militares a través de los denominados “operativos conjuntos” con la colaboración técnica de la DEA estadounidense en el marco de la Iniciativa Mérida, una iniciativa que se concentra en el equipamiento y adiestramiento de los grupos de élite mexicanos por parte de los norteamericanos, que no agrega nada nuevo y cuya única diferencia con las propuestas anteriores consiste en el costo la misma. Pero esta mejoría en la capacidad operativa de nuestras policías sólo abona en el incremento de la violencia, pues debido a la capacidad corruptora del narcotráfico, tenemos ya experiencia de lo que sucede cuando grupos policiacos de élite como los GAFES de la Armada de México se convierten a las órdenes del narcotráfico, entonces surgen células paramilitares cuyo ejemplo más representativo son los Zetas, quienes con armamento de alto calibre, técnicas de asalto y tortura, equipamiento de radiolocalización y conocimiento del funcionamiento de las estructuras policiales se unieron primero al Cártel del Golfo comandado por Osiel Cárdenas Guillén y, una vez encarcelado y extraditado éste, decidieron convertirse en mercenarios a las órdenes del mejor postor y representan hasta ahora la principal amenaza violenta de México.

Sobre esta perspectiva, existen dos alternativas: la idea del combate frontal, decidido y sin tregua como el que presenciamos en México durante el sexenio de Felipe Calderón; y una segunda propuesta que ha cobrado relevancia entre los críticos de la estrategia anterior y que, por lo menos en el discurso, parece haber adoptado el actual gobierno de Enrique Peña Nieto: el combate a los daños colaterales. Combatir los daños colaterales significa abandonar la idea de erradicar las causas del problema y concentrarse en reducir la percepción que se genera de la violencia en los medios de comunicación a través de un pacto, a veces tácito a veces directo, con los grupos de narcotraficantes para que el gobierno deje de molestarlos en sus operaciones comerciales y a cambio de que ellos disminuyan sus manifestaciones violentas. En México muchos de estos pactos no son nada nuevo, en algunos estados de la república como es el caso de Sinaloa, tanto los ciudadanos como los gobiernos estatales han aprendido a vivir con el enemigo en casa. Esta polémica propuesta forma parte del libro de Castañeda y Aguilar y ha sido criticada fuertemente por investigadores como Jorge Fernández Menéndez y Edgardo Buscaglia, Presidente del Instituto de acción Ciudadana para la Justicia y la Democracia A.C, para quien los narcotraficantes seguirán formando parte del crimen organizado pues la diversificación es ya parte de su naturaleza: “El narcotráfico aporta en promedio entre el 45 y el 48 por ciento de os ingresos brutos de estas organizaciones; el resto proviene de las ganancias relacionadas con otros 21 tipos de delitos.” (Buscaglia, 100).

Pero más allá de si dichos pactos son una decisión tomada o una circunstancia forzada, lo que es cada vez más evidente es el poder corruptor del crimen organizado al interior de los gobiernos locales de nuestro país. En su más reciente libro, “Extorsión”, el periodista investigador Marco Lara Klahr, relata –basado en un testimonio de un alto funcionario del Cisen- que al menos dos terceras partes de los gobiernos estatales guardan algún tipo de relación directa o indirecta con los grupos del crimen organizado dominantes de sus regiones:

“Dos tercios de los gobernadores tienen funcionarios cuestionados dentro del gobierno federal; es decir, se asume que si no ellos de manera personal, al menos sus gobiernos están comprometidos con la delincuencia organizada; esto lo sabemos por los nombramientos que hacen casi siempre de procuradores y jefes de policía, que suele ser gente con indicios de vínculos con criminales.” (Alto funcionario del Cisen en Lara, 2013:41)

Valga el caso sinaloense del actual Director de la Policía Ministerial del Estado, Jesús Antonio Aguilar Íñiguez, quien ha sido duramente cuestionado por las investigaciones realizadas a su persona por sus presuntos vínculos con el Cartel de los Carrillo Fuentes y, además, por haber sido incapaz de aprobar los exámenes reglamentarios de control de confianza; y a quien el gobernador del Estado, Mario López Valdez, ha avalado públicamente con los argumentos de no contar con un mejor perfil y que al crimen organizado no se le combate con “blancas palomas”. Una reedición del maquiavélico: El fin justifica los medios.

Es decir, no existe crimen organizado sin una base institucional corrupta que lo haga posible. Por ello cualquier estrategia de mediano y largo plazo en materia de seguridad requiere un enfoque complejo y, cómo diría Gaviria, sofisticado en materia institucional. Alejandro Hope en México 2042… esboza una propuesta de estrategia en tres vertientes: 1. Una estrategia de disuasión focalizada priorizando la investigación y persecución de un subconjunto específico de delitos; 2. Una reforma institucional de base amplia encaminada a reducir la vulnerabilidad a futuros impactos y optimizar el uso de los recursos financieros en los sistemas de seguridad y justicia penal y; 3. la preparación para futuros desafíos en materia de seguridad, tales como un posible cambio en las formas de tráfico ilícito, extorsión y fraude. (Hope, 2012:516)

En suma y a pesar de la brevedad con la que hemos realizado este análisis multidisciplinario del narcotráfico, podemos decir que la aceptación de la naturaleza compleja del fenómeno nos permite utilizar conocimientos humanísticos como el análisis del discurso, la semiótica y la filosofía de la cultura, y combinarlos con las aportaciones de la economía, la salud pública, el derecho y la estrategia de seguridad para tener una visión más completa del narcotráfico.

Pero dicha visión no sería útil si no integramos a la misma un alcance de corte más profundo, es decir, no puede entenderse ninguna manifestación social ni prefigurar ninguna recomendación práctica sobre la misma sin una perspectiva ética. Lo anterior sólo es posible en el seno de un intercambio fértil de las ideas y los argumentos con un conjunto de reglas claras de cohesión y coherencia para presentar dichos argumentos, con un pensamiento que aborde la complejidad que produce la mezcla del cambio, la incertidumbre y el avance tecnológico y, sobre todo, con el conjunto de actores (sujetos) dispuestos a la realización de dicha actividad dialógica.

  • UNA MIRADA ÉTICA.

“Creemos estúpidamente que, por alguna razón, un acto criminal debe ser más premeditado y deliberado que un acto inocuo. En realidad, no hay diferencia. Los actos poseen una elasticidad de la que los juicios éticos carecen”.

ROBERTO SAVIANO

En “Gomorra”, un texto que le ha valido una permanente amenaza de muerte por parte de la Camorra italiana, Roberto Saviano escribe: “Creemos estúpidamente que, por alguna razón, un acto criminal debe ser más premeditado y deliberado que un acto inocuo. En realidad, no hay diferencia. Los actos poseen una elasticidad de la que los juicios éticos carecen.” (Saviano, 2009:26). La frase es útil para que abandonemos de una vez toda atribución moral para los actos que constituyen al narcotráfico. Es decir, tenemos que estar conscientes que la dimensión ética que se precisa para abordar el narcotráfico sólo puede provenir de quienes no pertenecemos a él.

En el caso de la ética, como señala Morin, el pensamiento complejo no sólo es una tendencia, sino una condición sin equa non del “bien pensar” ético. Es decir, sólo un conocimiento del conocimiento (una epistemología) puede posibilitar un conocimiento de lo humano (una antropología) que permita el desarrollo de un conocimiento sobre lo bueno y lo malo (una ética).

El Análisis del Discurso referido al estudio del narcotráfico debe adoptar un enfoque transdisciplinario cuyos ejes posibiliten la construcción de una definición compleja de lo que es un discurso y sus premisas, pues es partir de estas últimas que se puede establecer una conexión con el campo de la ética: dado que las condiciones de producción, circulación y recepción del conocimiento deconstruyen el sentido común y los discursos se erigen como prácticas que tienen una función preformativa de la vida social, entonces el Análisis del Discurso se constituye como una herramienta teórica y metodológica para comprender mejor las implicaciones éticas de una acción determinada.

Pero como toda acción tiene una connotación o exigencia moral, es necesaria una “explicación” de las causas o las intenciones que desencadenan en un discurso ético. Por otro lado, en la medida en que los discursos se hacen presentes antes, durante y después de las prácticas socio-histórico-cultural-políticas particulares, son capaces de generar procesos de resistencia y afectar la vida social de las comunidades, en ese sentido es importar abonar en la construcción de un discurso distinto -transdisciplinario- sobre el combate al narcotráfico. En esta intención radica la pertinencia del este texto, pues si queremos generar un cambio en el enfoque práctico para el abordaje de este fenómeno, es necesario primero producir ese discurso distinto.

De acuerdo con lo anterior, es importante avanzar en la comprensión del discurso ético por diversas razones pero, lo más importante: no puede concebirse el desarrollo de una ética comunitaria o cívica, tan necesaria en tiempos en que la ética brilla por su ausencia en la praxis, sin la generación y el desarrollo de un diálogo enriquecedor, crítico y autocrítico en torno a las contradicciones y dilemas que la ética propone. La ética es, por naturaleza, problemática y no pueden plantearse soluciones, ni mucho menos estrategias para alcanzar dichas soluciones, si no es en el seno de un intercambio fértil de las ideas y los argumentos, sin un conjunto de reglas claras de cohesión y coherencia para presentar dichos argumentos, sin un pensamiento que aborde la complejidad que produce la mezcla del cambio, la incertidumbre y el avance tecnológico y, sobre todo, sin un conjunto de actores (sujetos) dispuestos a la realización de dicha actividad dialógica.

En este sentido veo con entusiasmo como las condiciones para este diálogo en torno al narcotráfico están dadas desde la academia y aspiro a que puedan darse también desde los medios de comunicación: gracias a la libertad de expresión, contamos con información, con conocimiento y con múltiples académicos, intelectuales, investigadores, periodistas y ciudadanos dispuestos a participar de este debate y que ya lo están haciendo desde muy diversas trincheras metodológicas.

En Sinaloa, no sólo se nos abre la oportunidad, sino que tenemos la obligación ética de empezar de inmediato en la construcción de ese otro discurso. Sin embargo, veo con preocupación que la clase política, una de las principales responsables de generar esta discusión y la única con capacidad real para ejercer un cambio preformativo en la realidad social, se muestra reticente a participar de ella. Al contrario, nuestros políticos continúan en el prejuicio moral de creer que solucionan al prohibir expresiones culturales como el narcocorrido: el primer antecedente de censura ocurrió en 1987 cuando el entonces Gobernador Francisco Labastida, en su Programa estatal de Justicia y Seguridad Pública señaló su preocupación por la “exaltación de la violencia” y recientemente, el actual Gobernador Mario López Valdez ha venido insistiendo en la misma idea, repitiendo aquí y allá que los narcocorridos “calientan la sangre” e incitan a la violencia. También, las autoridades a menudo exigen a los medios de comunicación que dejen de publicar los hechos violentos como una manera de tapar la realidad que desnuda sus ineficacias, y muestran la piel sensible cuando se cuestionan sus vulnerabilidades y casos de corrupción e impunidad relacionados con el crimen organizado.

Todo lo anterior pertenece al objeto del Análisis del Discurso y, en menor medida, a la Semiótica de la cultura, de modo que en el centro de la discusión ética se posiciona el discurso como instrumento riguroso, preciso, exigente.

En otro orden de ideas, el estudio cultural también abona en la aproximación ética que pretendemos, puesto que el “ethos” (costumbre) posibilita el paso al ethos (carácter) al surgir de una construcción colectiva y culturalmente determinada. En pocas palabras, la construcción cultural del narco y su socialización juegan un rol determinante en la construcción de ese nuevo enfoque; no es negando su existencia, sino reconociéndola, estudiándola y comprendiéndola que podemos posibilitar un cambio de paradigma entre los jóvenes.

Por último, a manera de conclusión y de acuerdo con las ideas de Richard Rorty, no es incorrecto plantear propuestas éticas desde la teoría transdisciplinaria en aproximaciones como la pragmática trascendental, la ética discursiva o la discusión sobre lo “bueno”, pero es mucho más útil intentarlo desde una pragmática de la realidad y de lo posible, por ello, “la máxima aspiración de la filosofía debe ser compendiar nuestras instituciones culturales sobre lo que debe hacerse en distintas situaciones” (Rorty, 1998:121). Y pocas realidades tan interesantes y complejas para comprender al narcotráfico como la realidad sinaloense. Celebro pues la idea de este proyecto de trabajo conjunto para re-pensar al estereotipo y no para negarlo a ultranza, porque si bien es cierto que Sinaloa es mucho más que narcos y violencia, también es profundamente cierto que cohabitamos con el narco. El narco como figura, el narco como personaje, el narco como vecino.

Por supuesto esta idea es imposible de instrumentar sin el ejercicio del diálogo y la búsqueda del consenso en el seno de un sistema político democrático que garantice las libertades básicas de los individuos y la satisfacción de los bienes básicos, así como los bienes de felicidad según el principio de Rawls.

Para finalizar, si queremos contribuir en la solución de la problemática de un fenómeno complejo como el narcotráfico, necesitamos no una ética para la teoría, sino una ética para la acción. Propongo en este sentido un abordaje fincado en la teoría ética del “mal menor”. Un modelo que permite, en armonía con la teoría moderna de la democracia, articular una resolución mediante un sistema de control y equilibrio, para asegurar que ninguna respuesta del gobierno ante una situación crítica de inseguridad y violencia como la que aqueja a nuestro país, tenga el poder de llevarnos directamente a la anarquía o a la tiranía.

Una postura del “mal menor” consiste en apelar a una ética del equilibrio que no privilegie los derechos por encima de todo, ni la dignidad por encima de todo, ni la seguridad pública por encima de todo (Ignatieff, 2005:25). El error moral, nos dice Michael Ignatieff, está en dar privilegio a uno excluyendo a otro. “Se trata –dice Ignatieff- de una ética de la prudencia más que de una ética de los principios fundamentales”.

En ese sentido, toda propuesta de intervención ante la violencia y el terror que pueda comprometer la libertad de los ciudadanos con el fin de garantizar su seguridad, debe considerar, en primer lugar, la plena conciencia de que hay un mal involucrado. En segundo lugar, se debería actuar bajo un estado de necesidad demostrable. En tercer lugar, se deben elegir los medios del mal sólo como último recurso y sólo después de haber intentado todo lo demás y; por último, se deben justificar todas las acciones públicamente ante los ciudadanos por medio de procedimiento deliberativo contradictorio sometiéndose a juicio y corrección (Ignatieff, 2005:37). Cito el procedimiento sólo para reflexionar sobre cuales bases decidió el entonces Presidente Felipe Calderón declarar la “guerra contra el narcotráfico”, ¿estaba Calderón plenamente consciente del tamaño de la bestia?, ¿eran los niveles de violencia y pérdida del estado de derecho tan críticos?, ¿se probaron todas las alternativas de prevención posibles antes de sacar al ejército a las calles?, y sobre todo, ¿estuvo dispuesto el expresidente a someter su estrategia a discusión para corregir el rumbo?

Nos dice también Michael Ignatieff, historiador por la universidad de Harvard, que no todo el mal lo realizan las personas malvadas, sino que a menudo el mal característico de las democracias resulta normalmente de la ceguera de las buenas intenciones (Ignatieff, 2005:29).

Cierro con un fragmento del discurso que profirió el expresidente Felipe Calderón Hinojosa, durante su diálogo con el poeta y activista social Javier Sicilia el día 23 de junio de 2011, denominado “Diálogo por la Paz”. Decidí utilizar este discurso por considerarlo una de las piezas más honestas y sensatas del expresidente en cuanto al tema durante su sexenio:

Me reprocha, o me señala, y se lo agradezco, además, no sé, como, si consejo, admonición, ni siquiera lo veo, o como reclamo, como lo que es, también, que me haya lanzado a la guerra con instituciones con altos grados de impunidad.

Hace rato dijo: Sin haber hecho una reforma política y sin haber reformado las instituciones.

No voy a entrar más en este tema de si guerra o no. En fin. Este esfuerzo, esta lucha que yo llamo por la seguridad. Le digo: Sí, don Javier, entré sin que hubiera reforma política y sin haber reformado las instituciones, porque pienso que tienen que hacerse al mismo tiempo…

Y sabe qué, yo no puede decirle a la gente: Espérenme tantito, voy a hacer un primero una reforma política y a reformar a las instituciones. Tengo que actuar con lo que tengo. Y estoy seguro que usted hubiera hecho exactamente lo mismo que yo.

Sabe qué, si estuviera en la posibilidad de evitar un crimen y no tuviera más que piedras en la mano. Lo haría con las piedras, esperando que, por lo menos, tuviera un momento el aliento para hacerlo.

Pero así hay que hacer las cosas en un México que está dolido. Hay que hacerlo con lo que tenemos…

Y qué voy a hacer. Simplemente me voy a esperar a que ese estado reforme las instituciones, haga una reforma política. No. Yo tengo que actuar, porque sé que hay gente que la están secuestrando, la están extorsionando, y la están matando.

Y eso es lo que hice, don Javier. Pudo ser un error, probablemente. Yo creo que no. En conciencia ética, yo no podía hacer lo que otros: esperarme a que algún día cambiaran las cosas, darme esta magnífica coartada de decir: dado que las instituciones están podridas…

Que me gustaría que esta violencia terminara. Por supuesto, me gustaría, por supuesto, ser recordado por las cosas que he hecho en la educación, por los hospitales que ya comenté, por las carreteras que ahora se han hecho, como nunca, por la lucha, incluso, por la parte del medio ambiente. No. Probablemente voy a ser recordado por este tema y, probablemente, con mucha injusticia.

Pero mire, don Javier, si algo comparto con usted es que cuando usted tiene un deber, tiene que hacerlo, y si cree que es su deber moral, tiene que cumplirlo, independientemente de lo que qué dirán.

Cómo voy a ser recordado. Yo creo que en esa ética. Y sí. A lo mejor puedo estar equivocado. Sí pude haberme hecho pato, y yo coincido con usted en que hay palabras que describen mucho mejor las características, que yo no puedo pronunciar, pero no es lo mío.

Estoy dispuesto a rectificar, sí, nada más quiero ver con claridad en qué exactamente.

Y así, empujado por ese deber moral, Calderón emprendió el camino de la cacería del mito del narco. Un camino que nunca estuvo dispuesto a abandonar a pesar de la racionalidad de las críticas constantes. Una cacería que ha dejado a la bestia perseguida, tocada pero viva, fortalecida por la rabia y la conciencia de su tamaño, dispuesta a defender su botín de millones de dólares hasta las últimas consecuencias.

[1] Para mayor información sobre el devenir histórico del narcotráfico en Sinaloa, “Sinaloa: Una sociedad demediada”, por Ronaldo González Valdés, DIFOCUR, 2007.