ENSAYO DE UNA PROVOCACIÓN

palestra la derrota culturalFoto: Noroeste

“A las cuatro de la tarde, el cuentista neoyorquino y el limpiabotas indígena de Cochabamba discutieron en la avenida 9 de julio sobre los méritos relativos de Michael Jordan y Kobe Bryant. Tres horas después, el cuentista bajó al subte y el limpiabotas entró en la clase de informática.”

Seymour Menton

 

Se ha vuelto común hablar de globalización. Es ya un cliché, una moda. La globalización aparece a diario en editoriales, noticias, entrevistas y charlas de café. Se trata de ser global, de vivir la globalización. Es una pose. Se trata de hablar de ella sin más.

El escepticismo aflora para recuperar su papel y, en este caso, la posición es simple, ¿cuántos de los que se llenan la boca de globalización la comprenden?, ¿cuántos intuyen sus alcances?, ¿Cuántos, así de fácil, conocen la definición del término?

Seamos inductivos. Globalización, según el diccionario de la Real Academia Española es la “Tendencia de los mercados y de las empresas a extenderse, alcanzando una dimensión mundial que sobrepasa las fronteras nacionales.” La definición reduce a una concepción llana de geografía comercial. Hasta aquí, la globalización se presenta sencilla. Asequible.

Conservemos el método. Si nos referimos a fronteras rebasadas por actividades comerciales, rigurosamente involucramos personas, bienes y transacciones. Hablamos de los sujetos, de los objetos, de los verbos y tendríamos, obviamente, que hablar de los efectos. Estamos ya ante una cuestión distinta de la inicial, irreducible en una comprensión lineal; estamos ante alcances más complejos de corte económico, político, cultural y sociológico. Requerimos, entonces, de un análisis más serio porque hablamos de un fenómeno que no puede ser tratado con una visión superficial. Por lo tanto, hablar de globalización es bastante más que moda.

De la definición pasamos a los caracteres diferenciales de la misma. Giovanni Sartori, el politólogo italiano, ha señalado dos rasgos del mundo que habitamos: el primero es la sobrepoblación y el segundo es la aceleración del cambio como hecho cotidiano. Sin embargo, habría que agregar un tercer rasgo a la propuesta de Sartori: la interculturalidad como realidad social; el nuevo equilibrio entre el Islam y el Catolicismo que cuestiona la legitimidad de un mundo “occidentalizado”, la mezcla de hábitos, la re-valorización de la vida y la amenaza de una total desaparición de las tradiciones.

La globalización representa, entonces, un estado dinámico en el que se suceden transformaciones profundas que apuntan a la conformación de un mundo estandarizado e interconectado.

AÚn cuando la globalización no deja de ser un fenómeno que golpea y ciega por su voracidad, es importante contextualizar. Para comprender una idea hay que dividirla, diseccionarla… destriparla. El efecto globalizador se sitúa en los últimos años del devenir histórico de la humanidad, pero no sólo representa una característica de la época. De alguna manera la globalización se erige como el rasgo principal de nuestra era. Vamos, no es que el siglo XXI contenga a la globalización: el siglo XXI es Globalización.

DEL PRÍNCIPE AL KITSCH.

 

“Ser absolutamente moderno

es ser aliado de tu

propio sepulturero”.

Milan Kundera.

La inmortalidad

 

Cómo una época de lo ruin y lo absurdo podría ser catalogada la nuestra. La Edad Media, con el hombre con la cabeza metida entre las piernas para rezar y atender temeroso a lo divino, podría parecer estúpida pero tenía un sentido: el de la autorrealización mediante la revelación y el sacrificio. El Renacimiento, con el aire fresco que le daba situar al hombre como prioridad, representó un grito de liberación. Nuestros días, a pesar de la capacidad clonadora que nos permite “crearnos”, de la super-comunicación y del Pathfinder en Marte, parecen no ofrecer ningún rumbo.

Tal parece que crisis es la palabra de nuestro tiempo. Crisis de valores, crisis de la razón, crisis económica, crisis de… Crisis. Lo cotidiano se ofrece como sinónimo de la confusión y del relativismo. Nada está claro, todo es discutible. La modernidad iniciada con el Renacimiento enaltecía la supremacía de la razón como La Diferencia del Hombre con respecto al Animal. Sin embargo, la Posmodernidad se distingue por el equivocismo contrario al univocismo racionalista. La humanidad posmoderna ha suplantado a la razón por el deseo y la pasión. La intención de evitar el retorno al cálculo de Maquiavelo exageró el apetito concupiscente del individuo para llevarlo a la gula y volverlo glotón de sí mismo. Atendiendo a Mauricio Beuchot, lo importante no es suprimir a la razón y confinarla al olvido: habría que conjugar todas las dimensiones antropológicas, habría que pensar con todo el hombre.

Sin duda, el régimen democrático se ha posicionado como el sistema político a conseguir para las naciones. El modelo deseable incluye las urnas y el voto como el ejercicio cívico por antonomasia. Gracias a la popularidad de la democracia, el pluralismo ha permeado en la sociedad como uno de los valores ciudadanos condicionales e imprescindibles, un efecto sumamente necesario para evitar la desigualdad y la discriminación de las minorías. Pero el pluralismo puede distorsionarse si se exagera y no se acota; en su deseo de reconocer la universalidad de las culturas y las instituciones, evita el enjuiciamiento de aquello que pueda elevarse a categoría de abstracción universal, ya sea como moralmente deseable o indeseable. Habermas, desde Francfort, propone que la solución está en el diálogo razonado y Beuchot piensa que es necesario agregar el respeto y la solidaridad. Ambos tienen razón, el primero en el método y el segundo en el ejercicio del mismo. Aún así, la pregunta sin responder sigue siendo el camino de acceso al método. La larga guerra entre palestinos e israelíes es un doloroso ejemplo de que se requiere más que eso: es necesario un marco tutelador e imperativo basado en un ethos mundial. La ética entendida como una construcción evolutiva, reflexiva y racional, pero a partir del desarrollo del discurso, la creación de la norma y el respeto por la misma.

La imposibilidad del acuerdo sobre los umbrales del posmodernismo no anula la vuelta atrás en la búsqueda de verdades particulares —personalísimas— que se alejan de la objetividad racionalista y funcionalista. De acuerdo a lo expresado por el filósofo francés Jean François Lyotard, la explosión en las tecnologías de información y la facilidad del acceso a una abrumadora cantidad de contenidos de procedencia anónima o, por lo menos, incierta, es uno de los rasgos de la cultura posmoderna y contribuye al deterioro de la identidad personal y la responsabilidad. El posmodernismo es la exaltación del kitsch, la astrología y lo paranormal. El posmodernismo, para contrariar a Descartes, es la “Diosa Sin-Razón”.

Y como consecuencia lógica del mareo y la angustia que producen la infinidad de caminos ofrecidos por los medios masivos de comunicación, el ser humano de hoy inicia un extraño recorrido por las distintas opciones religiosas, ideológicas o culturales, saltando de una en otra con una sed terrible de autorrealización, y como la sed no fuera saciada, sobrevienen la náusea, la tristeza y la desilusión. La elevación del suicidio como una de las principales causas de muerte en los países desarrollados de alguna manera explica el vacío existencial que ofrece la época al hombre. El tercer milenio ha nacido en el desencanto.

Presenciamos una era de transformaciones mundiales que nos llevan a una unión-fusión de las naciones mediante el libre comercio y la migración. No se requiere suprimir fronteras para pegar países; para muestra la Unión Europea. La interculturalidad amenaza con pulir al ser humano para convertirlo en un ser homogéneo, uniforme y sin aristas. El ambiente envuelve para difuminar las identidades nacionales y regionales. El ambiente ahoga para homologar la diversidad de identidades en una sola: la de la sociedad global.

Y, ¿qué manera tiene el hombre de salvar el precipicio al que lo condena dicha sociedad global? La respuesta está en la seguridad que proporciona la conciencia de saberse único, irrepetible, distinto. Aterra la idea de pensar que los hombres nazcamos en serie. La respuesta está en nuestra identidad.

 

MÉXICO

 Pero ¿cómo se inserta México en el escenario mundial?, ¿cuál es el papel que le corresponde asumir?, ¿cuál es la posición que cubre hasta ahora?

México se encuentra cada vez más cerca de su vecino país del norte –la Potencia- y cada vez más lejos de Centro y Sudamérica. A pesar de compartir orígenes similares -prehispánicos y coloniales-, hemos empezado a distanciarnos de nuestros semejantes latinoamericanos en pro de consolidarnos como parte de Norteamérica. Esta movilización genera recelos y desconfianzas en los líderes de la izquierda americana y nacional, porque ven en ella una traición a la tradicional política exterior mexicana.

El cordón umbilical que representa la migración mexicana hacia EUA es otra interrelación determinante. Sólo las ventas de crudo pueden compararse con las reservas enviadas por los paisanos a sus lugares de origen, y no es únicamente cuestión de economía: desde el pachuco y el chicano, hasta el bato loco, son productos sociales de la mezcla de ambas culturas.

De acuerdo a lo expresado por César Cansino en sus Cuadernos, el reto político actual para el país es terminar su transición para consolidar su democracia. Para lo cual requiere una revisión exhaustiva de la Carta Magna que le permita construir un marco normativo y jurídico renovado que garantice el estado de derecho. Con la probada —ojo, no proba— calidad moral de nuestros políticos y los coletazos del dinosaurio en las instituciones, el pronóstico desalienta. Y con los alcances de una transformación de ese tamaño, las consecuencias de no hacerla de fondo son desastrosas. Además, cabe considerar al 2006 como un parte aguas, pues si la alternancia significó el fin del autoritarismo gracias a la participación ciudadana en el voto y en las urnas, ahora la pregunta es si la sociedad mexicana fue valiente para afirmar sus convicciones cívicas ejerciendo su derecho de elegir con responsabilidad. Enrique Krauze nos recordaba el compromiso de refrendar la democracia en el 2006, pero ¿cómo? El historiador, en un artículo de Letras Libres respondía: haciendo cada quien lo que le toca. Los ciudadanos informándose, participando, criticando, votando. Los partidos y candidatos respetando lo que suceda “…antes, durante y después del 2 de julio” del 2006.

Pero como la madurez de nuestros políticos no alcanzara, hemos amanecido a un 2007 frágil, resentido por un largo conflicto postelectoral que produjo un Expresidente relegado y paradójicamente popular, un presidente “legítimo” y belicoso emanado del Zócalo que exhibió el cobre por la derrota y, por último, un Presidente formal ávido de legitimidad. Entre los tres se inscribe un pueblo con un crecimiento económico apenas por encima de lo decente, una generación de empleos mediocre, una polarización de la riqueza que atenta contra la dignidad de cualquiera y un desencanto exponenciado por la política, por sus políticos.

De modo que al inicio de un sexenio que bien pudo ser esperanzador los mexicanos portamos facia de interrogación, de incertidumbre. Es necesario reconocer que la estabilidad macroeconómica es el mayor logro de la anterior administración, pero mientras las grandes cifras no se traduzcan en efectivo constante y sonante en los bolsillos de las más pobres no dejan de ser eso: únicamente cifras, frías, tristes, crueles.

 

¿Y LA PITAHAYA?

 Sinaloa, de acuerdo con su etimología, es una pitahaya, un fragmento. Apenas una parte de esa historia más vasta y compleja que representa el cacto de México en el mundo. Pero, después de todo, la monstruosa maquinaria global está compuesta de un número grandísimo de piezas y engranes pequeñitos. Desde el punto de vista sistémico, el funcionamiento general está condicionado por el funcionamiento específico de las partes y por la interacción entre las mismas. Así, el papel de los estados de las federaciones adquiere relevancia.

No hay que ahondar mucho sobre las ventajas geográficas de Sinaloa para participar y competir en el nuevo entorno. Son evidentes y de todos conocidas -litorales, valles, ríos, bosques-, además, los ejemplos nipón o suizo demuestran que las características naturales de una región no son condición sin equa non para el desarrollo económico, político y social.

Pero el progreso, tanto en su concepción materialista de producción y acumulación de bienes, como en la reduccionista – progressus – de sólo “ir hacia adelante”, tampoco garantiza la felicidad de los pueblos. Felicidad entendida en tanto el afianzamiento de los valores de justicia, igualdad, libertad y fraternidad humanas. El redimensionamiento del terrorismo, surgido de diferencias étnicas y religiosas, como una amenaza mundial, ha puesto sobre las mesas de discusión internacionales el cuestionamiento sobre la incapacidad de conformar un ethos mundial al que se sujeten las naciones, vía la intermediación de un organismo-árbitro legítimo y solvente. Un papel para el que fue concebida la Organización de las Naciones Unidas y que no ha cumplido tras sucumbir a las presiones de los países poderosos, tal vez por carecer de medios efectivos de mediación o de un marco sustentado en un derecho internacional respetado.

Para México, especialmente para los estados de la frontera norte (Sinaloa incluido), la atención se concentra en su relación con la cultura estadounidense. Los gringos poseen raíces, antigüedad y tradiciones profundamente diferentes a las nuestras. Nosotros latinos, ellos sajones. La pregunta está en saber si los paisanos mexicanizarán a los Estados Unidos o si en algún momento se producirá la “Mcdonalización” de nuestro territorio. Carlos Monsiváis previó que en algún momento todos seríamos Estados Unidos y Heriberto Yépez, instalado en Tijuana con su radicalismo libérrimo, escribe: “…la americanización avanza… en la frontera ya comienza la ex patria.”

Y no se puede soslayar al narcotráfico como el fenómeno económico y social de mayor relevancia en el norte, una realidad terrible que se acentúa en Sinaloa. Con más asesinatos que días en el año, el narcotráfico se ha convertido en el referente mediático de nuestro estado; con detractores o sin ellos, los elementos circunstanciales que integran a la más eficiente rama de la economía informal mexicana son ya, parte de la cultura sinaloense. El debate sobre el papel de las naciones de América en el combate a las drogas como crimen organizado, la discusión sobre quién produce o quién consume, el juicio moral y ético sobre la posible legalización y sus efectos; son todos asuntos de especialistas que no interesan al presente ensayo. La intención es la de apropiarnos esa realidad alterna y subterránea, que cuando intercepta con la nuestra produce un colapso, una alteración de la normalidad mediante el espectáculo de la violencia.

El reto radica en no perderse en el bosque. Son tantas las interrelaciones y la multiplicidad de las mismas que asustan. La desterritorialización y deshistorialización engendran un efecto contrario al conocido en la construcción identataria de colectividades e individuos. Si hablar de identidad remite a la cultura, la fragmentación cultural provocada por la homogeneización entabla la necesidad de crear una concepción diferente en la construcción de las identidades de los pueblos.

La identidad se construye y se aprende. Evoluciona. No es algo estático sino dinámico, vivo. Las identidades nacen, se desarrollan y desaparecen, mueren. He aquí la necesidad de cuestionarlas.

UN DIBUJO

 

Frente a los cuestionamientos que provoca el panorama actual, la aclaración de nuestra identidad nacional, como mexicanos, y de nuestra identidad regional, como sinaloenses, se vuelve ya no necesaria, sino urgente.

La identidad de los pueblos y los individuos es uno de los medios indispensables para soportar los embates de la posmodernidad. No es tarea menor el propósito. “Encontrar” nuestra identidad para afirmarla o modificarla requiere de un examen de conciencia honesto y abierto a las respuestas más desgarradoras; respuestas equívocas y subjetivas que se encuentran en los vericuetos de nuestra historia, en el significado escondido de nuestras tradiciones y nuestros ritos; respuestas que, mejor que en ningún otro lugar, se encuentran en el interior de nosotros mismos.

Atendiendo a la naturaleza del ensayo como género literario libre y subjetivo, como esbozo y aproximación, estas líneas son apenas un bosquejo inacabado de la identidad sinaloense. Un intento incompleto por conocernos mejor, para poder insertarnos en el mundo con la mayor soltura posible, para no extraviarnos en el trayecto y poder ser, como dijo Paz alguna vez, contemporáneos de todos los hombres. Eso significa trascender los vicios del pasado. El pasado, ese tiempo que no existe pero que arrastramos como un lastre pesado e incómodo, como consecuencia de una dinámica de la repetición.

De manera que este escrito es más un ejercicio de la capacidad crítica que un estudio académico. La crítica como la sensibilidad de percibir las diferencias y la necesidad de expresar los desacuerdos, la crítica como la actividad marginal de pensar para enriquecer el debate o, incluso, crearlo si fuera necesario. Vamos, la Crítica como conciencia y necedad de congruencia. Parafraseando a Vivian Abenshushan, ensayar es alejarse de toda servidumbre mental para aspirar a pensar por uno mismo. La intención entre líneas es más la del dibujante que raya al carbón en la búsqueda de la Forma, que la del pintor que plasma una obra definitiva al óleo. La Pintura es, tal vez, Novela; el Dibujo, Ensayo. Vamos a dibujar.

La pregunta, como punto de partida, se presenta obvia, ¿cuál es la identidad sinaloense?, o allende, ¿quién es el sinaloense?

El camino para responder será largo y, puesto que no se puede pensar la identidad sin los antecedentes históricos, empezaremos por los orígenes. Antes de la conquista, cuando “el norte” era apenas una región geográfica cualquiera y no una referencia respecto al centro, comienza nuestra historia.

¿CONQUISTA?

 

A diferencia de lo sucedido con la conquista del centro y el sur de México, dónde las expediciones españolas se encontraron con Tenochtitlan, una ciudad con un orden social complejo, una arquitectura imponente de rasgos piramidales, ritos y una economía agrícola y militar funcional que giraba en torno a los designios de los dioses que integraban la teocracia; en el noroeste, las primeras expediciones de conquista encabezadas por el rapaz y ambicioso, el “Muy magnífico Señor” Nuño Beltrán de Guzmán, se encontraron con poco más que un conjunto de tribus nómadas y seminómadas que vivían de la recolección, la caza y que habitaban chozas hechas con varas y lodo.

Lo anterior establece un precedente importante en la historia de nuestra región, pues la naturaleza de las campañas de conquista, llevadas a cabo mediante “la encomienda” de la tarea a un particular, a cambio de la sesión del poder y las riquezas de la región alcanzada, hacía más fácil el proceso si los indígenas estaban organizados, acostumbrados al pago de impuestos y al respeto de una autoridad formal. Con Sinaloa no sucedió así. Acaso los grupos totorames y tahues del centro y sur de la planicie sinaloense, con sus rudimentos de agricultura, con cultivos como el frijol y el tomate, representaron los mayores alcances del vivir gregario del noroeste. De tal modo que la superposición social que realizaron los españoles con los pueblos del centro, sustituyendo la hegemonía mexica por la ibérica, pero respetando la estructura social, no se llevó a cabo en el noroeste.

En lo que ahora es Sonora, Sinaloa y parte de Durango y Nayarit el enfrentamiento con los indios fue más frontal y violento, especialmente con el grupo mayo, de raíz cahita, donde las batallas se sostuvieron por décadas. Si la conquista de Tenochtitlan fue, en realidad, cortada con armas indígenas, en el norte los españoles tuvieron que mancharse con su sangre y con la ajena por largo tiempo antes de alcanzar un control completo de la zona. La mejor prueba es la drástica reducción en la población indígena desde el momento en que los españoles arribaron a la región, alrededor de 1530 y hasta el año en que se presentan los jesuitas en 1591. El saldo, según datos de Peter Gerhard, fue de más de 500,000 indígenas muertos en batallas contra los invasores o víctimas de epidemias europeas.

Incluso la crisis se acrecentó con la ausencia de Nuño de Guzmán, quien dejó a la población sin el liderazgo del hombre fuerte, del caudillo, ese tipo de ser que ya, desde antes que el mestizo apareciera, era atractivo para indios y españoles. Con la mezcla de razas la atracción se elevó y alcanzó su máxima expresión durante los siglos XIX y XX. Acaso las letras hispánicas lo expresen contribuyendo a la literatura mundial con un género innovador: la novela del dictador. Allí están Tirano banderas de Ramón del Valle-Inclán (1926), La Sombra del Caudillo de Martín Luis Guzmán (1929) y El Otoño del Patriarca de Gabriel García Márquez (1976). Todas dedicadas a ese amor extraño y enfermizo que ha unido en distintas épocas a los pueblos hispanos con su caudillo.

No es el propósito ahondar en la historia prehispánica de Sinaloa, sino reconocer las influencias de las raíces en la conformación de nuestra identidad. Lo cierto es que respecto de la conquista del centro, la del noroeste parece ofrecer menos atractivos, tal vez porque nos ha dejado menos vestigios tangibles y tal condición no representa ingresos turísticos. Sería imposible trazar en Sinaloa un tour guiado por ruinas y monumentos. No los tenemos. Pero no por ello nuestra historia es menos interesante, cuando los orígenes pueden verse y tocarse la identidad se afirma. “Esos fuimos” gritamos, pero cuando existen sólo referencias vagas, la identidad se confunde. “¿Quienes fuimos?”, murmuramos.

Nuestro escudo de armas es una excelente muestra de la actitud con la que los sinaloenses hemos afrontado el hecho de que nuestro pasado indígena no sea tan glorioso como el mexica. Unos pasitos tímidos y escurridizos se han plasmado como huellas en los contornos del diseño para simbolizar un trascendental, pero impreciso, paso de los aztecas por nuestro estado rumbo a su Tenochtitlan. Así, Eustaquio Buelna, uno de los Hombres de nuestra tierra, en un afán nacionalista y ansioso por conectarnos con el Gran Centro, pareció reconocer un vínculo entre ambas historias, una especie de pasado común prehispánico que compartir con el propósito de integrar a Sinaloa con México.

Los primeros setenta años, después de la fundación de la Villa de San Miguel, el 29 de septiembre de 1531 según la Breve Historia de Sinaloa de Sergio Ortega, la conquista seguía sin llevarse a cabo. Lo que en realidad existía eran pueblos pequeños con unos cuantos españoles cuyo control sobre los indígenas podía ser pisoteado en cualquier momento, pues no contaban ni con el número ni con la fuerza militar suficiente. Otro rasgo importante es el hecho de que tampoco se había logrado la evangelización, tarea que sería formalmente instrumentada por el sistema misional durante el siglo siguiente.

Nacimos mermados y divididos al siglo XVII, tras décadas de enfrentamientos y muerte. El parto fue doloroso y agónico. Mientras que en el resto del país prefiguraban ya los primeros rasgos de la Colonia, en Sinaloa apenas empezábamos. Nacimos, literalmente, débiles y retrasados.

 

La orfandad de los jesuitas.

Los fallidos intentos de los encomenderos por lograr el control de la zona, así como las riquezas minerales recién descubiertas en el norte y el sur del estado (Sinaloa y el Rosario, respectivamente), obligaron a la corona española a reconsiderar su estrategia. Decidieron optar por el brazo infalible de la iglesia católica en la transmisión de la doctrina: los frailes misioneros. Quienes estaban dispuestos a sufrir las peores condiciones de vida y hasta perderla con tal de alcanzar sus objetivos.

Es necesario señalar un matiz importante. Mientras que gran parte de la evangelización de la ciudad de México y sus alrededores fue realizada por misioneros franciscanos, en las provincias de Sinaloa y Culiacán fueron los frailes de la Compañía de Jesús quienes establecieron una compleja y eficiente red misional que produjo resultados notables. La diferencia entre franciscanos y jesuitas radica en que mientras los primeros respondían a una tradición de pobreza, los segundos provenían de las más altas élites españolas, habían sido educados en la abundancia y eran los maestros de príncipes y monarcas. El matiz ayuda a comprender el nivel de influencia que alcanzaría la Compañía de Jesús en toda la Nueva España y, particularmente, en el noroeste.

Durante el siglo XVII los jesuitas establecieron el modelo de “misión” en nuestras tierras. El modelo consistía en la organización económica, eclesiástica y social que imponía a los indios pobladores la religión católica, el español, el trabajo y la propiedad colectiva de tierras, entre otras medidas, para beneficio de la propia misión; de manera que todos los bienes producidos eran para autoconsumo y sólo los excedentes eran destinados al exterior. Durante los primero años de dicha organización, la eficacia fue sorprendente y se estableció un entramado a lo largo de la costa que beneficiaba a los Reinos de la Nueva Galicia y la Nueva Vizcaya. Allí donde era necesaria la presencia de un fraile, mano de obra indígena o alimentos, la estructura misional se encargaba de proveerlo. Salvo algunos conflictos respecto a los usos y costumbres de los indios, como la supresión de la figura del “hechicero” o la adaptación del estilo de vida seminómada a las actividades agrícolas, la comunidad indígena terminó por aceptar la imposición cultural de los frailes. Los beneficios no se hicieron esperar y la población indígena redujo su drástica extinción y empezó a mostrar una lenta e incipiente recuperación.

Pero con el crecimiento del poder económico de la Compañía de Jesús y la llegada a la región de cada vez más colonos españoles en busca de riquezas, el conflicto terminó por presentarse. La rivalidad era obvia: por un lado los jesuitas detentaban el poder agrícola y ganadero, además de representar el liderazgo social y religioso de los indígenas, algo que les permitía el control de la mano de obra de las provincias y, por el otro, los grupos de colonos españoles se habían apropiado de la explotación de las minas más productivas de la región creando una figura de organización social interesante e influyente: el Real de Minas, que representaba el mayor centro de consumo del noroeste; en el Real, trabajadores, comerciantes y productores realizaban un grueso del porcentaje de las operaciones de trueque totales. De manera que el conflicto entre jesuitas y colonos se desató por la competencia de la mano de obra indígena. Los primeros los exigían para el cultivo y la crianza de ganado y, los segundos, para la explotación de la plata, el principal producto de la actividad minera. Las primeras diferencias fueron solucionadas a favor de los jesuitas gracias a la íntima relación que existía con los altos mandos locales y nacionales, muchos de ellos surgidos de la propia compañía.

Fue hasta la venida del importante visitador español, José de Gálvez quien, por órdenes de los Borbones en España y por las confrontaciones registradas entre jesuitas y colonos, dispuso en 1767 la expulsión de la Compañía de Jesús de la región del noroeste y, poco después, de la Nueva España. José de Gálvez fue, sin duda, uno de los visitadores más impresionantes de su siglo. Durante su breve visita dispuso más enmiendas y decretos reformadores que ningún otro registrado en las crónicas.

La expulsión de lo frailes se realizó de manera expedita y hasta violenta. El espíritu liberal de las reformas borbónicas se hacía sentir ya en los quehaceres de la vida nacional y terminaría por cambiar radicalmente la estructura de la Colonia. “La intendencia”, la nueva célula geográfica y administrativa de la Nueva España, significaba la instrumentación de medidas de corte liberal como el libre comercio y la propiedad privada, cuyo objetivo era la creación de un sistema recaudatorio más eficiente, con una línea más directa entre los contribuyentes y la corona; también significaba un acotamiento en el poder de los virreyes, pues los intendentes no estaban sujetos a su autoridad y poseían atribuciones similares. La recién conformada Intendencia de Arizpe comprendía los actuales estados de Sinaloa y Sonora y quedó bajo el mando del catalán Pedro de Corbalán y era, en realidad, el programa piloto de dicha figura, pues con los obstáculos y aciertos de ésta se dispuso el reglamento y los alcances del resto de las intendencias de la Nueva España.

Ahora bien, ¿cuáles fueron en realidad los efectos de las misiones y su expulsión en la Colonia? y ¿de qué forma las reformas borbónicas influyeron en la conformación de nuestra identidad cultural?

Debemos al período colonial, desde el establecimiento de las misiones en 1591 hasta la promulgación del decreto de nuestra independencia en 1821, importantes cambios sociales y culturales.

Los jesuitas establecieron dos rasgos esenciales de nuestra identidad actual: el habla hispana y la religión católica. Actualmente en Sinaloa la mayor parte de la población habla la primera y es bautizada en la segunda. Es imposible negar que los jesuitas respetaron muchas de las tradiciones indígenas. Sabían que de no hacerlo los indios no aceptarían sus reglas, pero con el desarrollo de las provincias esa situación de respeto culminó en una sobreexplotación de las comunidades y en el empobrecimiento de la población de la misión. El modelo misional fracasó porque era adverso a los Borbones y, sobre todo, porque se traicionó a sí mismo: había nacido para el desarrollo económico y la mejora de las condiciones de vida de quienes la formaban y se convirtió, 150 años después, en un aparato ambicioso y egoísta.

La expulsión de la Compañía de Jesús permitió la implementación de las Reformas Borbónicas, cuyos efectos fueron contradictorios. Las Reformas estaban imbuidas de un sentimiento liberal y transformador pero no alteraban la esencia de la Colonia, que no era otra que el enriquecimiento de la Corona. Había cambiado el medio, pero no el fin. Es verdad que propiciaron un mayor crecimiento de la economía local al permitir el libre comercio hacia el norte y eliminar el monopolio establecido por los grandes almacenistas de la Ciudad de México, pero también contribuyeron a crear una cultura del contrabando de materias primas y mercancías mediante las nuevas vías comerciales; es verdad que al instalarse la Intendencia de Arizpe los indígenas fueron pioneros en el gozo del derecho de propiedad privada, pero también esto contribuyó en el detrimento de su tradición, donde la tierra y el agua eran de la comunidad, y los abandonó a merced de los colonos ricos y poderosos, incluso de mulatos y negros que fungían como administradores de los españoles. Eran sujetos del derecho pero incapaces de ejercerlo. El historiador Sergio Ortega señala con atingencia que el período de 1767 a 1821 significó el inicio de la destrucción de nuestro pasado indígena mediante la aculturación, el despojo de la tierra y el alquilamiento para los colonos.

Así que, de cara a las reformas insurgentes que independizarían a la Nueva España, Sinaloa vivía condiciones difíciles. Los centros urbanos más importantes se encontraban poblados en su mayoría por colonos españoles y extranjeros, los mestizos representaban una minoría y la población indígena se encontraba dispersa, disminuida y lastimada. Si en la conquista la habían asesinado, en la colonia le habían humillado. El famoso sincretismo del centro aquí no aplicaba: los grupos mayos en el norte habían salido corriendo para esconderse o se habían quedado para venderse. El sinaloense indígena viviría la independencia de lejos, indiferente y resentido. Si España y la iglesia católica representaban las figuras maternas por haber concebido al pueblo mexicano, ahora Sinaloa había sido abandonado a su fortuna. Sinaloa arribaría al siglo XIX solo y huérfano

 

DE LA INDEPENDENCIA A LA REFORMA

 

Todavía no queda muy claro cómo es que el Plan de Iguala fue aceptado con celeridad en la Intendencia de Arizpe. Según una versión de la investigadora Rina Cuéllar Zazueta, las razones se encuentran en la intervención masónica. Pero falta mucho por investigar.

Con la independencia, la región quedó en manos de los grupos de poder locales. Los distinguidos “notables” pertenecían a las familias ricas y eran dueños de minas, tierras y comercios; podían ejercer su voluntad sin trabas pues la dependencia con el centro se había perdido. Con la conformación del Estado Interno de Occidente en 1824 se agrupó de nuevo a los territorios de Sonora y Sinaloa. Hasta antes de la guerra de Reforma, nuestro estado fue una oligarquía funcional. A pesar de que en las leyes se constituyó el acta que declaraba a Sinaloa como Estado Libre y Soberano integrante de la Federación, el 13 de marzo de 1831, en la práctica eran las familias de alcurnia las que ejercían el poder a su arbitrio. Se vivía desde entonces la incongruencia teatral que ha caracterizado al aparato político mexicano en todas sus etapas. Esa propensión por la Forma y el desprecio por el Fondo.

A partir de 1830 y hasta 1855, Sinaloa estuvo muy lejos de vivir la independencia proclamada en México. La rivalidad entre las dos familias poderosas de notables, los De la Vega en Culiacán y los Iriarte en Cosalá y Mazatlán, reducía la estructura gubernamental a una enconada lucha por el liderazgo económico y comercial del pacífico. Paradójicamente, hay un rasgo sorprendente durante esta etapa de la historia estatal: siendo los Notables los representantes en todos los niveles del gobierno y el clero, fueron ellos los encargados de promulgar la primera de las constituciones de Sinaloa, en 1831. Aun cuando dicha carta guardaba gran semejanza con la Constitución General de la República de 1824, además contenía garantías de corte liberal que representaban una avanzada en la legislación de los estados. Estaban, por ejemplo, garantías referentes a la libertad de prensa, la prohibición de los monopolios, la prohibición de la venta de votos y la protección del domicilio, entre otras. La disyuntiva está en conocer si las aprobaron porque de cualquier manera detentaban el poder, si lo hicieron por iniciativa del grupo vencedor para tomar ventaja con respecto al otro o si, en el fondo, realmente deseaban un cambio profundo en la legislación.

El grupo De la Vega resultó claro vencedor y aplastó a los Iriarte de cara a las Guerras de Reforma. Pero el enfrentamiento inevitable de Conservadores y Liberales y la necesidad de una unión nacional contra el enemigo invasor francés, diluyó los poderes de los Notables para concentrar la atención en la discusión nacional de apoyar o renegar del imperio. El debate se convirtió en belicosidad y sumió al país en un estado de guerra total. Nunca los mexicanos vivieron los horrores de la guerra y presenciaron el surgimiento del caudillismo militar en esas dimensiones: el siglo XIX fue el siglo de Santa Anna. Por ello la Reforma se instaló en la memoria colectiva del sinaloense como la etapa histórica más importante hasta entonces. Todavía nuestras calles y avenidas guardan con sus nombres las historias personales de nuestros héroes de guerra: Rubí, Rosales, Corona. No poseemos en Sinaloa prohombres distinguidos por su intelecto o sus ideales, más bien conservamos la dignidad de los que se murieron con el fusil en las manos. Tal vez Eustaquio Buelna sea quien mejor haya conjugado ambas facetas. Tal vez por eso Sinaloa se ha erigido como un pueblo bravío y valentón.

Pero, procurando el rigor histórico, la Reforma no significó para Sinaloa lo que para el resto del país: un rompimiento radical con el clero para despojarlo de sus riquezas y, en consecuencia, de su poder. En nuestro estado el clero se encontraba anulado. Desde la expulsión de los frailes, la iglesia secular no logró igualar nunca los niveles de influencia y poderío de la Compañía de Jesús; hasta antes de la Reforma, la ecclesia se había caracterizado por continuas divisiones, ausencias en el Obispado principal de Sonora y mediocres resultados evangelizadores. Sólo durante el dominio de los notables el clero pudo consolidar alguna especie de poder, pero se debió más a que los miembros del clero eran notables y no viceversa. Así, cuando la Ley Juárez y la Ley Lerdo fueron aprobadas, la Iglesia poseía poco menos que nada.

De nuevo el impacto recayó en las masas indígenas. Quienes vieron en la Reforma el tiro de gracia para sus aspiraciones de recuperar la propiedad comunal de sus tierras. Otra vez los indios mayos se levantaron en armas para pelear contra la nueva legislación y, otra vez, no consiguieron nada y tuvieron que deponer las armas bajo el mando de su líder Juan Banderas.

Es innegable que la Reforma mexicana permitió al país voltear la cabeza al nacimiento del liberalismo mundial y presenciar el parto. Con la Reforma el mexicano se incluía en el mundo de la mano de Juárez y con todas las de la ley. Hacía falta ahora llevar las leyes y las ideas del liberalismo a la economía: era necesario pasar de la Constitución al banco y en el horizonte el capitalismo se ofrecía como la gran opción y la decisión, con la revuelta de Tuxtepec liderada por Porfirio Díaz, se tomaría en esa dirección. A Juárez la muerte le impidió ser dictador; a Díaz, con su juventud y sus bríos, nadie se lo impediría.

 

LA ERA DE FRANCISCO CAÑEDO

 

Con el ascenso de Porfirio Díaz a la Presidencia de la República, los estados de la Federación comenzaron un sólido proceso de dependencia del Gobierno Federal. Las adversas condiciones con las que gobernaron Juárez y Lerdo anteriormente, hacían necesario un mayor control por parte del Presidente y el nuevo militar en el cargo lo ejercería sin aspavientos.

Uno de los medios que permitieron el alcance del control político y militar nacional durante el porfiriato, así como su mantenimiento prolongado, fue la colocación de servidores fieles y leales en las gubernaturas de los estados. En muchos de los casos, los gobernadores, fueron también amigos cercanos del Señor Presidente. La lógica era simple: todo aquel que pretendiera alcanzar una posición de privilegio en el aparato burocrático debería favores al Presidente y, en política, los favores se pagan con lealtad.

En el caso de Sinaloa, el representante del porfirismo sería el General Francisco Cañedo, un militar mediocre con “media hoja” de servicios en su currículum pero con un liderazgo afín al de Porfirio Díaz en los medios de ejercicio del poder. La mayor semejanza entre ambos gobernantes fue la carencia de escrúpulos.

La “Era de Francisco Cañedo”, según el texto Sinaloa una historia compartida, de Sergio Ortega Noriega y Edgardo López Mañón, inicia en 1877 con la revuelta de Tuxtepec y culmina en 1909 con la muerte del general Cañedo.

La principal característica del período es la implantación profunda del capitalismo en la economía sinaloense, con todas las consecuencias que este sistema generara. Durante los más de treinta años de la dictadura estatal, los esfuerzos gubernamentales se enfocaron en la construcción de infraestructura ferroviaria y carretera que permitiera una agilización en el comercio, sobre todo en las relaciones con el exterior; además se concentró la propiedad de los bienes de producción en manos de particulares mediante la privatización: las minas, tierras, aguas e industrias de transformación quedaron en manos de los ricos e influyentes, sumiendo a la mayor parte de la población en un circulo vicioso de explotación y pobreza; otro rasgo importante fue la permisión en la inversión de capital y tecnología extranjeros en la economía estatal, lo que conllevaba una estrecha vinculación con los Estados Unidos de América.

Los efectos del capitalismo en Sinaloa fueron benéficos, como la estabilidad y el crecimiento de la economía regional, además del establecimiento de una importante infraestructura hidráulica y ferroviaria; fue gracias a este período que Sinaloa comenzó a figurar como una potencia agrícola nacional al incluir tecnología de punta en las tierras bajas, sobre todo en los valles de Navolato y los Mochis. Desafortunadamente y como un efecto natural de la manera en que se llevaba la política estatal, la distribución de la riqueza generada no se realizó con equidad y se produjo una polarización social alarmante. Al final de la era cañedista, el 69% de la población estaba integrada por peones, pescadores, campesinos, jornaleros o cualquier otro oficio considerado como “bajo”. Así la sobreexplotación de este sector de la población con jornadas de trabajo “de sol a sol”, condiciones insalubres y salarios irrisorios, constituiría la principal causa de descontento social que orillaría a la población a buscar otras salidas para su problemática.

Cuando los pueblos no cuentan con caminos formales para expresar sus necesidades y exigir sus derechos, el ingenio popular se encarga de proveerlos. Y como la represión de la libertad de prensa y expresión fuera otra de las connotaciones del régimen en turno, la sociedad encontró en el caudillismo la opción adecuada. Durante la época cañedista nace en Sinaloa, al igual que en otras regiones del país, la figura del “bandido generoso”. Ese Robin Hood mexicano cuya labor consistía en robar a los ricos para proveer a los pobres, una especie de brazo justiciero que pretendía nivelar la desigualdad con atracos. Es obvio comprender que un número cualquiera de robos no cambiaría la situación económica de la población: la importancia de la figura radica en el impacto generado. Que en algún lugar del estado alguien se atreviera a desafiar al régimen robándolo y retándolo por una causa justa, generaba una percepción importante de que a los gobernantes el control se les iba de las manos. Además, el pueblo rural, con su espíritu romántico, contribuía a la conformación de la leyenda personal del bandido idealizándolo.

En Sinaloa aparecen Heraclio Bernal, El Rayo de Sinaloa, y Jesús Malverde. El primero era un minero de Guadalupe de los Reyes, nacido en San Ignacio de acuerdo con el texto Lecturas Sinaloenses de Alejandro Hernández Tyler, que operó desde 1879 hasta 1888 al frente de un grupo armado que sorprendía a mineros y hacendados despojándolos de sus pertenencias y que distribuía los botines entre los pobres de las poblaciones rurales. La gavilla de Heraclio Bernal alcanzó un nivel de organización importante que preocupaba al gobierno estatal y logró llamar la atención de los diarios nacionales. En aquella época, el periódico La Federación, publicado en la ciudad de México, daba noticias como la siguiente:

“Heraclio Bernal, ese Luigi Bampa de la Sierra Madre, se ha burlado de los Gobiernos de Durango y Sinaloa, y extiende sus correrías a otros puntos limítrofes. Parece increíble que… la presencia del audaz bandolero… haya reforzado sus gavillas…”

 

Bernal murió cuando pretendía organizar a sus adeptos con la finalidad de iniciar una revuelta social; sin embargo, todavía forma parte del imaginario regional. Su corrido aún se canta en fiestas y reuniones con alegría.

“¿Qué es aquello que relumbra

por todo el camino real?

Son las armas de dieciocho

Que trae Heraclio Bernal”. 

Jesús Malverde era un bandido joven que actuó en Culiacán a finales del siglo XIX y principios del XX. Su mecánica era muy similar a la de cualquier otro bandido “generoso”: robar a los ricos para repartir a los pobres. Sin embargo, la figura de Malverde se encuentra todavía más difusa que la de Bernal por el tratamiento divinizado que ha recibido recientemente. La leyenda cuenta que fue ahorcado y que por órdenes de Cañedo se prohibió su entierro y el cuerpo tuvo que permanecer colgado por muchos días para que el pueblo escarmentara.

La relevancia del “bandido generoso” en su época fue la de representar los anhelos insatisfechos del pueblo oprimido y explotado. A través de ellos la gente podía expresar sus resentimientos y gritar su coraje, el bandido se transformó en héroe porque su figura representaba aquello que el ciudadano común y corriente no alcanzaba: valentía y rebeldía. Bernal y Malverde eran los medios por los que la sociedad afirmaba sus deseos de libertad y justicia.

Acaso en Sinaloa guardamos todavía ese espíritu retador y justiciero de los bandidos. Al sinaloense le gusta encabezar y dirigir. No es casualidad que un político reconocido por su propensión al reto como el “Maquío” Clouthier haya sido tan querido en nuestro estado. Su actitud echada pa’alante unió a los sinaloenses y a los mexicanos porque entrañaba la valentía de la confrontación con el gobierno. Tal vez la comparación parezca aberrante, pero si pensamos que durante el cañedismo los caminos formales de expresión o representación popular no existían, los bandidos no tenía otra opción que la burla y la rivalidad; el “Maquío”, con un estrecho camino de representación contra el PRI hizo algo similar: provocar. Y en el proceso generó muchos seguidores. De alguna manera el 88, con el surgimiento de Cárdenas y Clouthier como representantes del hartazgo mexicano, representó una elección revolucionaria.

 

Acaso cada sinaloense llevamos dentro un bandido burlón y cínico, un hombre dispuesto a morirse con armas de dieciocho en la cintura. Y si, como decía, Borges, un hombre es…en algún instante, todos los hombres. En Sinaloa todos somos Heraclio Bernal.

 

LA REVOLUCIÓN

Los desastrosos resultados sociales que arrojó el porfiriato agregaron todos los ingredientes al caldo de cultivo para que proliferara una lucha armada en el país.

En Sinaloa la lucha armada revolucionaria se desarrolló de manera muy similar al resto de la república, con los grupos de poder locales cambiando de bando en bando de acuerdo con las circunstancias del momento. La facción integrada por los sonorenses fue la que más partidarios mantuvo hasta la muerte de su líderes; aunque hubo algunos opositores importantes, como Ángel Flores, quien se opuso a Calles; y Francisco Serrano, quien disputó la presidencia al general Álvaro Obregón. Los dos pagaron con la vida su atrevimiento.

Sólo los militares revolucionarios pudieron desplazar de la memoria colectiva al orgullo que los héroes de la Reforma habían dado a su pueblo y, del mismo modo que los anteriores, sus nombres y apellidos se apropiaron de plazas y calles de las principales ciudades del estado: Álvaro Obregón, Ángel Flores, Francisco I. Madero, Emiliano Zapata, por mencionar algunos ejemplos.

Explicar las minucias de la lucha no es necesario. Basta señalar que los cambios más profundos en la vida de Sinaloa se dieron en lo político, pues se establecieron las bases legales que evitarían la reelección y propiciarían la participación ciudadana. En los estados de la federación los cambios se realizaron a imagen y semejanza de las medidas nacionales.

Pero la Revolución no se agota en los fusiles y los cañones. El período comprende desde 1909, año en que muriera Cañedo y Heriberto Zazueta fuera designado gobernador interino del estado, hasta 1940, con el establecimiento funcional de las instituciones en México. La Revolución realizó cambios importantes en la estructura económica del estado mediante el reparto agrario, impulsado principalmente por el Presidente Lázaro Cárdenas y continuado por sus sucesores. La repartición de las tierras bajas de los valles y las costas en manos de ejidatarios eliminó la existencia del latifundio y generó una bonanza social interesante. Aquella población rural desposeída y pobre contaba ahora con diez hectáreas de suelo fértil para mantenerse; la Federación se encargaría de proveerles agua e insumos y el proteccionismo comercial sería el responsable de comprar lo producido para comercializarlo.

Y, por enésima ocasión, los indígenas remontados en lo alto de la sierra sinaloense, fueron excluidos del beneficio. Mientras que las tierras planas contaban con todos los recursos de su tiempo para producir, en las zonas serranas las tierras dependían del temporal y la suerte. Durante la época revolucionaria se registró la última rebelión indígena en el norte del estado, liderada por Felipe Bachomo, un joven de raíz cahíta originario de La Palma. Los resultados de sus exigencias fueron los mismos de siempre: nada.

Ya el tiempo que no perdona se encargaría de recordar a Sinaloa su compromiso con la sierra.

La historia de la Revolución Mexicana es familiar a todo mexicano porque significa el nacimiento del México contemporáneo. De ella surgieron la mayor parte de las instituciones actuales y la Constitución de 1917, que delimita nuestros derechos y obligaciones. A través de la Revolución Mexicana nuestra nación sentaba un precedente mundial de avanzada en el esfuerzo por el equilibrio y la justicia social. También representaba una primera aproximación política a la democracia.

Con tristeza ahora sabemos que los objetivos de la revolución no fueron alcanzados. El PRI, como el gran operador de la dictadura perfecta, controlado por las ambiciones de poder de un grupo privilegiado, se encargó de vendernos la idea oficial del progreso y el desarrollo estabilizador, al mismo tiempo que cultivaba una profunda cultura de corrupción, enriquecimiento y mentira. De nuevo un proyecto legítimo, nacido del pueblo y para el pueblo, fue contaminado con los delirios del poder de unos cuantos y tergiversado en una caricatura ridícula de transformación nacional. Lo sorprendente es que hayamos vivido tanto tiempo presenciando el espectáculo desde afuera sin intervenir.

NUESTRO TIEMPO

Políticamente, Sinaloa es uno de los estados de la república que se ha mantenido como uno de los pilares del priísmo nacional. Desde su fundación, todos y cada uno de los gobernadores han pertenecido al partido tricolor. El dato resulta interesante, puesto que el PAN, con el apoyo de la derecha empresarial, cuenta con una sólida estructura en el estado y ha detentado el poder en muchos de los municipios. El hecho puede comprenderse si observamos que seguimos siendo un estado amarrado del sector primario, principalmente de la agricultura y la ganadería y es precisamente esa población rural la que conserva el agradecimiento por las tierras recibidas de parte de los presidentes del PRI. En cuanto a la izquierda, ese brazo político comprometido con la causa social y siempre dispuesto al debate de las ideas, en Sinaloa no existe: el PRD fue borrado por el voto útil en la última elección para gobernador y ahora es sólo un cascarón. Por otro lado, es interesante el porcentaje de votos que obtuvo en la elección presidencial de 2006, superior al 30% y que se explica más en el carisma personal de Andrés Manuel López Obrador que en su accionar como partido.

En lo económico, el estado manifiesta una dinámica comercial que genera empleos en el giro gastronómico, la diversión y el entretenimiento; además, la brecha generacional que se abre para decirnos que Sinaloa es un estado de jóvenes, ha propiciado el crecimiento demográfico y, en consecuencia, la migración a las tres principales ciudades del estado: Culiacán, Mazatlán y los Mochis. El crecimiento urbano requiere de vivienda e infraestructura vial y fluvial, por ello el sector de la construcción ha constituido sólidas empresas que destacan por sus resultados en la iniciativa privada nacional. El principal reto económico del estado es generar las condiciones de creación de empleos y servicios públicos que satisfagan las exigencias de la mayor parte de la población.

Pero socialmente Sinaloa no ha cambiado mucho. El regionalismo, una especie de hijo del nacionalismo revolucionario, ha impedido cambios más profundos en las estructuras sociales sinaloenses. El estado sigue mostrando una división entre las grandes familias poderosas de antaño y la población rural de los alrededores. Incluso el campo, a pesar de la conformación del ejido, ha retornado a un latifundismo distinto, que si bien es legal, no es justo, por medio de la renta irrestricta de parcelas a particulares adinerados. Todo como consecuencia de una política agraria que no favorece al ejidatario en la producción y comercialización de sus cultivos.

A pesar de lo anterior, el punto preocupante se sitúa en las condiciones de inseguridad en las que vive el sinaloense. A diario se presentan hechos delictivos y violentos que amenazan la integridad física de las familias y sus patrimonios. La línea que distingue entre los funcionarios públicos, especialmente los policíacos, y los delincuentes, es invisible. En Sinaloa el narcotráfico se ha coludido con el poder hasta el mimetismo a través de la corrupción y la impunidad. Una realidad social que antes pertenecía a los delincuentes es ahora de todos los habitantes. Existe en el estado una propensión constante a violar la ley e irrespetar el estado de derecho, un acceso facilísimo a las armas y a las drogas, y una posibilidad enorme de que el delito no resultará castigado. Con vergüenza escuchamos las críticas del exterior a nuestro estado como la tierra de nadie. Con vergüenza las escuchamos y pensamos: No, Sinaloa es tierra de narco.

 

DE LA DESCORTESÍA A LA AGRESIÓN

Identidad es, en otra acepción, el conjunto de rasgos diferenciales de un individuo o una colectividad. En los sinaloenses, en el sinaloense contemporáneo, se advierten con nitidez su propensión por la fiesta, su gusto por la música y la cerveza, su amor por el campo y el mar.

Toparse de frente con un sinaloense impacta. Si la franqueza del norteño puede resultar simpática y chabacana, la descortesía del mochiteco, el culichi o el mazatleco molesta. Esa franqueza que inicia en la imprudencia y culmina en la provocación. Si a simple vista el sinaloense se presenta alegre, fiestero, honesto y servicial, en el fondo, me parece macho, borracho, provocador y violento. Y no se trata de la construcción de un estereotipo negativo sólo para polemizar: se trata de atender a los hechos. Se requiere un mínimo de capacidad de observación y de sensibilidad social para notar como, desde el chofer del autobús hasta el funcionario público, manifiestan, en su trato con los otros, un extraño orgullo que intenta hacerse notar aunque tenga que pisotear al semejante.

El sinaloense parece haber perdido los límites del espacio vital y, sin el menor empacho, los rebasa e invade el espacio ajeno. No es el deseo de agradar o presentarse amable, mucho menos de intimar, sino la firme intención de mostrarse. El macho sinaloense no conoce la hipocresía porque es contraria a su naturaleza provocadora. Mientras que la hipocresía es servil, la provocación quiere ser servida. Son definitivamente contradictorias. La hipocresía es siempre una impostura, una representación falaz, no así la provocación que exige autenticidad.

Sea por lo anterior la añeja rivalidad entre norteños y chilangos. El centro y el sur de México, descendientes de los indígenas colonizados, no olvidan que durante siglos vivieron para servir y complacer. El norte no lo hace porque la mayor parte de sus indios prefirió morir que alquilarse.¡

Una reciente campaña estatal por el respeto de los derechos de los demás ha dado en el clavo con un eslogan genial:

“Lo cortés no quita lo sinaloense”.

En el estado se habla con groserías y sin diplomacias. La cortesía verbal que distingue a los del centro es lenguaje de “políticos” para los sinaloenses. En el estado la lengua contiene una gran cantidad de palabras de procedencia náutica o marítima y, de las cuales, muchas son “malas palabras”. Verga, por ejemplo. Ser un valedor de verga es ser un bueno para nada; mandar a la verga es expulsar a alguien, mandarlo al carajo; comer verga es distraerse, perderse. La verga sinaloense guarda una íntima similitud con la Chingada mexicana. Pero mientras que la chingada es de origen femenino, pasivo y abierto; la verga es el falo, la acción, la carne cerrada que penetra la carne abierta. Una connotación totalmente masculina puesto que Sinaloa es tierra de hombres.

De acuerdo a la clasificación de lingüistas y estudiosos, nuestra castellano es un una lengua romance vulgar. Carlos Esqueda, en su Lexicón de Sinaloa nos dice: “El dialecto de Sinaloa, como representante actual y muy vivo del romance de Castilla, conserva todos los matices y condiciones de la lengua vulgar”. No manifiesta los estándares ni la estructura de un castellano más pulido, de un verdadero idioma. El habla sinaloense ha formado y conserva un círculo cerrado al exterior, lo que la lleva al estancamiento; por ello conservamos palabras muy antiguas (arcaísmos) que causan gracia a los visitantes foráneos. Ortega y Gasset, con su autoridad, escribe que “…la lengua, que no nos sirve para decir suficientemente lo que cada uno quisiéramos decir, revela, en cambio, y grita, sin que lo queramos, la condición más arcana de la sociedad que la habla”.

Así, el sinaloense utiliza la lengua como medio de agresión. Por ejemplo, es famoso en todo México la costumbre que se mantiene en Sinaloa de anteponer el prefijo el o la a los nombres propios (La Lupe, el Juan…), como si en lugar de personas fueran cosas. Y que mejor manera de menospreciar y agredir a alguien que cosificándolo. Volviéndolo cosa se reduce su dignidad y, por lo tanto, el respeto debido ya no es obligatorio. Así, el lenguaje, que representa en gran medida la identidad de los pueblos, en nuestro estado dista mucho de ser elogiable. Una cosa es el caló o la variación regional de una lengua y otra la distorsión de la misma mediante el abaratamiento. En Sinaloa se habla mal y se escribe peor: son vergonzosas las incontables faltas de ortografía presentes en carteles comerciales, en anuncios empresariales de empleo, en currículos personales para solicitarlo. Vaya, hasta en el canal local de televisión suelen aparecer sin empacho transgresiones notables a las reglas básicas de ortografía.

A la fuerte impresión que causan los hombres sinaloenses, se suma el estupor que generan sus mujeres. El primer contacto con su belleza física, atenuada por las escasas prendas a las que las remite el calor y la humedad, siempre atrae. Alguna vez alguien me dijo que la mejor manera de afirmar la identidad sinaloense era irse y regresar una y otra vez para volver a sorprenderse —y deleitarse— con las mujeres caminando por las aceras. Pero no es sólo cuestión de carne y sudor: la belleza de la mujer sinaloense va más allá de la sensualidad latina porque también contiene ese afán provocador. El mismo que el de los hombres. Hay en la mujer del norte algo de masculino. Si Octavio Paz igualaba, con admirable acierto, a la mujer con el hombre mediante el estoicismo y el sufrimiento, en Sinaloa la mujer se iguala a través de la provocación. Existe así una diferencia abismal entre ambos procesos: mientras que la mujer de los años cincuenta obedecía a una ancestral tradición de pasividad, primero indígena, como efecto de la actividad militar de sus hombres, y luego católica, por medio del pudor y la reserva; en Sinaloa la mujer no arrastra ninguna de las dos tradiciones. Los grupos indígenas fueron prácticamente aniquilados durante la conquista y la colonia, lo que provocó una menor mezcla racial. Por ello la mujer sinaloense, y en general la norteña, posee esa belleza más acorde con el modelo europeo —más altas, más blancas, de facciones más refinadas—. En el norte son más bonitas. Además, con la expulsión de los jesuitas y una secularización ineficiente, la iglesia católica no logró establecer una entronización de la religión al mismo nivel que en el sur del país. Basta ver los nuevos poblados rurales para ver cómo su distribución urbana no conserva como centro al templo, sino que se autodiseñan basados en las necesidades de su actividad económica preponderante: la agricultura o la pesca. Basta notar como el sinaloense es más católico bautizado que católico practicante. Por ello la mujer sinaloense rehuye al pudor y la reserva y opta por la coquetería y la apertura. La mujer sinaloense aventaja al hombre porque posee un elemento único de la provocación: el sexo. Si para el hombre sinaloense provocar es incitar, para la mujer provocar es incitar y excitar. Un juego sutil y silencioso, pero más efectivo.

A principios del siglo XXI la mujer ha reasumido su papel gracias a la actividad. Una situación que antes le anteponía el calificativo de “mala mujer”. La liberación femenina proporcionó derechos y obligaciones a las mujeres. Sin embargo, la revolución del antes llamado “sexo débil” pretendió darle fortaleza equivocando el camino. Si bien era necesario el reconocimiento de sus derechos elementales en igualdad con los hombres; se efectuó una distorsión en los medios de afirmación de la identidad femenina. Más allá de las concepciones religiosas y moralinas, es evidente que existen diferencias profundas entre hombres y mujeres, entre hembras y machos… entre damas y caballeros. La liberación femenina fracasó en su pretensión de igualar a hombres y mujeres porque, por medio de la actividad los volvió no semejantes, sino idénticos. Creó, para rivalizar con el macho (el extremo masculino tan odiado) a la feminista, un extremo femenino igual de agresivo y bizarro.

En Sinaloa la mujer ha asumido su papel o-poniéndose frente a los hombres, retándolos, provocándolos, sabedora de sus alcances. Si la naturaleza de la provocación es incitar al otro a la acción, la mujer con su diferenciada inteligencia ha comprendido que con ella y con su género, la acción en la mayoría de los casos no alcanzará los golpes, porque el macho sinaloense mantiene entre sus límites el carácter intocable de la mujer, mientras no sea propia. Además, existen siempre mejores maneras de agresión que la física. Como el maltrato emocional, la negación de oportunidades y la censura de la expresión.

El juego provocador está contenido en nuestro lenguaje y en nuestras tradiciones, especialmente en la música regional. Gran parte de los temas tocados por la tambora contienen un mensaje de provocación.

 

“Desde Navolato vengo, dicen que nací en el Roble

me dicen que soy arriero, porque les grito y se paran,

si les aviento el sombrero ya verán como reparan.”

 

La tambora o banda sinaloense constituye una tradición, un símbolo regional y una actividad económica. En tanto género musical, es también un medio de comunicación de ideas y expresión de sentimientos. La tambora es alegría y nostalgia, grito y susurro. Según la investigadora, etnomusicóloga y hermeneuta suiza Helena Simonette, la tambora tiene sus orígenes en el siglo XIX con la llegada de los inmigrantes alemanes, en su mayor parte bavarios, a Mazatlán, quienes trajeron consigo la tuba, los clarinetes y la tarola, instrumentos característicos de la tambora. Es hasta mediados del siglo XX cuando se difunde la figura de la banda sinaloense por todo el estado. Compuestas por entre 14 y 20 integrantes, las distintas bandas empiezan a prefigurar diferencias en el ritmo y el tono según la región del estado de donde provenían, un rasgo que demuestra el estado de madurez alcanzado por el género.

 

El ritmo general de la tambora posee un carácter alegre y bravío, más que bravío, retador. Al nacer del sentimiento popular y no del estudio musical, pues los integrantes de las bandas suelen ser músicos e intérpretes líricos y autodidactas, la tambora logró mantener en sus notas el sentir de los pueblos y, además, la procedencia de las zonas rurales le permitió incorporar los más profundos orgullos, placeres y rencores del pueblo sinaloense. Mientras que la música clásica y elevada puede requerir de sensibilidad y conocimiento para su disfrute, la banda sinaloense sólo requiere de los oídos. La tambora contagia porque germinó en las plazas y las calles. La tambora es música del corazón al instrumento.

“Que me siga la tambora, que me toquen el Quelite,

después el Niño perdido,

y por último el torito pa’que vean como me pinto.

Ay ay ay, mamá por Dios.”

 

Otro rasgo característico del sinaloense es su afición por la cerveza. En Sinaloa se bebe a todas horas y en todo momento. Every time is beer time. Acaso sea la crueldad del verano que dura todo el año o un problema crónico de alcoholismo colectivo. Los hechos demuestran que el consumo per capita de cerveza es superior a la media nacional por mucho, que ronda los 54 litros anuales. Además sorprende el regionalismo con el que el sinaloense guarda fidelidad a su marca: dónde quiera que se encuentre, siempre busca beber su tradicional Pacífico. Una cerveza tipo pilsener clara que puede tomarse bien fría, sola o como acompañamiento para los alimentos.

Cervecería Pacífico nace en Mazatlán en el año 1900 gracias a tres inmigrantes alemanes: Jorge Claussen, Germán Evers y Emilio Philippy y constituye una de las fábricas de cerveza más antiguas del país. Con la absorción de la compañía a manos de Grupo Modelo, uno de los grupos cerveceros líderes en México, en 1954 la marca ha logrado hacer más eficientes sus sistemas de producción, distribución y mercadeo, incrementando el impacto que tiene con sus clientes y haciendo frente con éxito a la llegada de la competencia. La Pacífico nace con el siglo XX y es parte del léxico regional.

Lo interesante no reside en la marca, sino en la actitud con la que el sinaloense bebe. No es una cuestión de cantidad, sino del modo de abordar el consumo. Mientras que los habitantes de países desarrollados de Europa beben hasta tres veces más cerveza que los sinaloenses, su población no registra los datos alarmantes de nuestra entidad en cuanto a accidentes automovilísticos provocados por embriaguez o hechos delictivos. Bajo el influjo del alcohol, una droga depresiva, las pasiones afloran con brusquedad; si en el individuo no existe una formación ética basada en el respeto por los demás y la tolerancia por la diversidad y si, peor aún, el Estado es incapaz de garantizar la seguridad de su población mediante el uso controlado de la fuerza, el estallido emocional alcanza a los otros y los lastima.

Es en la borrachera cuando el juego provocativo se consuma y trasciende de nivel, pasa de la provocación a la violencia. Al sinaloense le gusta manifestar su condición y, ya borracho, hay que sostenerla cueste lo que cueste. Hay una diferencia importante entre el borracho mexicano a secas y el borracho sinaloense: el primero se embriaga para festejar o para olvidar, el segundo lo hace también para pelear. Existe en el macho sinaloense ese estado de alerta y predisposición permanente para llegar a los gritos, los puños y últimas consecuencias.

“… porque si me salta un gallo no me la rajo a la muerte

ay ay ay mamá por Dios,

Por dios que borracho vengo, que me siga la tambora…”

 El reconocimiento de la violencia como el clima del estado, más que como la aparición de hechos aislados y extraordinarios en una sociedad pacífica, es doloroso. Lo impresionante es la capacidad que tiene el sinaloense de exportar la violencia. En repetidas ocasiones he sido testigo de discusiones, agresiones y pleitos fuera del estado, para enterarme después de que fueron provocados por un paisano sinaloense. De modo que la actitud violenta se ha interiorizado al nivel de exportarse. No es que ciudades como Culiacán ejerzan un efecto mutante en sus habitantes para llevarlos a la agresión: son los ciudadanos quienes hacen de la ciudad un ambiente peligroso.

Y con la tambora y la cerveza viene la fiesta. Son actos simultáneos. “Agarrar la banda” significa vivir la fiesta, el alcohol, el baile y la comida. No miente la preconcepción norteña de la cerveza y la carne asada. Porque sí somos eso, lo que molesta es que se nos reduzca a sólo eso.

La fiesta sinaloense se caracteriza por la abundancia y el derroche de los manjares: mucha banda, mucha comida, mucha cerveza, muchas mujeres (como si fueran parte del buffet). En resumen, borrachera y gula, ostentación y soberbia, baile y lujuria. Al sinaloense le fascina la fiesta porque en ella puede representar, aparentar, presumir. Ser anfitrión constituye ser un chingón porque se tiene la capacidad de proveer, de disponer y de ordenar. En la fiesta el sinaloense realiza su estrategia provocadora, llama la atención y se erige como centro único de ella. Por un instante todos lo miran, lo notan, lo advierten. Por un instante es igual que los demás. Por un instante, puesto que se ha sublimado a sí mismo, es mejor.  

 

EL NARCO: Un extremo.

Una reciente encuesta realizada por el gobierno del estado de Sinaloa, con la finalidad de definir los símbolos con los que se identificaba la población, arrojó información reveladora y preocupante. Los otrora iconos de nuestra tierra: la tambora, los tomates y las playas se encontraban al mismo nivel de popularidad que el “cuerno de chivo” y la hoja de mariguana.

¡Y qué mal se vería un gobierno estableciendo como imagen representativa de su territorio y de su gente una silueta de un AK-47 en los medios de comunicación oficiales!

Lo innegable es la categoría subcultural que ha alcanzado el narcotráfico en el noroeste del país y la frontera con Estados Unidos. Si en el norte el narcotráfico es subcultura, en Sinaloa, aunque a muchos les ofenda, es llanamente cultura.

Desde el momento en que Estados unidos estableció, a inicios del siglo XX, la primera legislación que regulaba el uso y el comercio de las drogas entre sus habitantes, confirió a estas sustancias un elemento sumamente atractivo: la prohibición. Cuando algo es prohibido se vuelve tentador. Ya con la extensión de las leyes estadounidenses al resto de América y el mundo, la guerra al comercio ilícito de las drogas se había declarado. Entonces comenzó el teatro del derroche de millones de dólares y miles de vidas perdidas en un combate desigual. La naturaleza del narcotráfico radica en lo prohibido: es negocio porque es ilícito y no está reglamentado; en el momento en que las naciones decidan hacer frente al narcotráfico sin prejuicios moralistas podrán actuar con efectividad. Desafortunadamente, se requiere valentía y recursos para contrariar a Estados Unidos y desligarse de su colaboración y su apoyo.

Durante la época en que el narcotráfico operaba en lo subterráneo y sólo significaba un mercado negro, la batalla podía darse a través de las corporaciones policíacas y los juzgados; ahora el narcotráfico opera en la superficie porque se ha convertido a la popularidad. A los sinaloenses les atraen las cadenas de oro y las camionetotas y, más que eso, les atrae el porte con el que se conducen los buchones.

Cualquiera pensaría que la figura de un tipo armado, vestido hasta la estridencia, forrado en alhajas y dispuesto a morirse en cualquier momento resulta repugnante, o mínimo, repelente. Pero en Sinaloa la figura genera simpatías y adherencias. Si no es cierto, ¿cómo se explica que hasta los hijos de las familias bien sinaloenses hayan adoptado la moda y la actitud del narco?

El narco, tanto el achichincle, el buchón o el capo, son sujetos sinaloenses. No han venido de otro planeta a mostrar sus características: nacieron aquí y crecieron, igual que todos nosotros, inmersos en la misma cultura y practicando las mismas tradiciones. La primera razón por la que la población de Sinaloa se identifica con el narco es porque comparten los orígenes.

Pero el narcotraficante no es un sinaloense común: es un extremo. Una extrapolación de las características machistas que alcanzan la máxima expresión en su humanidad. El narco gusta de lo mismo que cualquier otro sinaloense pero posee un medio insuperable para ejercer su gusto: el dinero. Con el dinero, y las ventajas que este bien representa (impunidad, acceso, influencias, prestigio), el narco exacerba su condición pasional.

El extremo se define por rasgo similares a los del sinaloense común y agrega otros. El gusto por la tambora torna al grupo norteño y a la oda de sus hazañas: el narcocorrido; su naturaleza provocadora se convierte en violencia explícita, en tortura, muerte y ejecución, en asesinato y matanza; la predilección por la fiesta y la cerveza transmuta en un escenario de whisky —porque es más caro — y sexo — porque lo vuelve más macho.

Lo primero que llama la atención de un narco es su imagen: pantalones vaqueros ajustados, camisa de diseñador italiano (Moschino o Versace) abierta hasta el abdomen, cinto piteado y botas de víbora o avestruz, sombrero caro y muchas joyas: oro y diamantes son las preferidas. La diferencia con el gigoló italiano radica en el mal gusto. No hay combinación de colores ni congruencia en las texturas. Para el narco lo valioso de su vestido está en el precio: mientras sea caro es bueno —y bonito. La vestimenta del narco es estridente, chillante y de pésimo gusto, pero cumple su objetivo: capta miradas. En un análisis más profundo se entiende que el narco se viste así para mostrarse, pues la característica ilegal de su actividad lo remite al secreto; puesto que no puede mostrarse públicamente, su envoltorio es un disfraz llamativo, provocador. La imagen puede ser horrible y elaborada pero nunca indiferente. El narco, a primera vista, genera reacciones. La primera impresión no puede ser el olvido.

Y dado que el narco es un extremo, su deseo de constituirse como el centro de atención lo lleva a potenciar su disfraz. Todo aquel elemento que lo cubra debe mantener la nota estridente; por eso su vehículo y su casa responden al mismo patrón que su ropa: la camioneta debe ser alta, cuatro por cuatro, con rines grandes y brillantes, cromados, de colores vivos y cristales polarizados para mantener algo de la secrecía; de igual modo la vivienda: baste ver residencias con combinaciones naranja-morado o verde-amarillo plagadas de luces y cúpulas, tejas, columnas.

En la calle es cotidiano toparse la camioneta mencionada con la música a todo volumen y ¿qué escucha el conductor y el resto de los pasajeros? La respuesta es fácil: música norteña, un narcocorrido.

El narcocorrido es parte integral de la programación de las radiodifusoras de Sinaloa y un género que cada día agrega más oyentes; la popularidad de sus letras se debe al incremento de la oferta —escribir narcocorridos es más redituable que escribir cualquier otro género— y a la identificación del ciudadano sinaloense con los versos. En cada estrofa se cantan las correrías de un individuo capaz de corromper al mejor político, de aterrizar una avioneta en las peores condiciones y de matar a balazos a quien quiera ponerse enfrente. El narcocorrido es el canto juglar de nuestro pueblo, la diferencia es que en lugar de cantarle a un caballero distinguido por su nobleza, se le canta a un delincuente de sublime bajeza.

Los intérpretes de los narcocorridos visten y hablan el mismo lenguaje que los narcos. Su voz debe ser nasal y bravía; su oferta visual debe homologarse con la de quienes los escuchan y a quienes le cantan. Grupos tan famosos como los Tigres del Norte a menudo aseguran que su canto no contribuye a la promoción del narcotráfico, pero los millones de copias vendidas contradicen sus palabras. Lo que es popularmente aceptado es, forzosamente, cultural.

Por ende, el narco cautiva, hipnotiza, enamora. El acceso joven a todos los placeres del consumo ilimitado simboliza la consumación del sueño capitalista, pero sin la onerosa carga del trabajo. El narco es el ejemplo del atajo. De alguna manera el narco se convierte en dueño del mundo. El narco es semi-dios, tiene mucho y lo puede tener todo… si quiere.

El efecto narcótico que produce el narco en la sociedad se manifiesta de distintas formas. Alguna vez leí que Élmer Mendoza decía que era imposible no escribir sobre los narcos porque eran sujetos muy interesantes para construir como personajes, puesto que siempre viven al límite: drogas, sexo, violencia, persecución. De modo que el narcotráfico alcanzó al teatro, al cine y, alcanzó, inevitablemente, a la literatura. Desde Tierra Blanca, de Leónides Álfaro hasta La Reina del Sur, de Pérez Reverte, el narcotráfico como fenómeno, y el narco, como protagonista, se han posicionado como los temas a explotar por la literatura. No comparto la opinión de algunos críticos literarios sobre el hecho de que la literatura del norte, especialmente la que trata del narcotráfico, sea una especie de sub-género literario. Sería entonces empezar pensar que para escribir bien hay que nacer chilango. El amante de Janis Joplin, de Mendoza, muestra ya una estética personal del autor elaborada y muy bien desplegada. La literatura puede ser de calidad sin importar la temática.

La provocación del sinaloense tiende a la violencia pero el narco la consuma. Si en el ciudadano común los candados para ejercer la violencia están en las leyes y el castigo, para el narco los candados no existen. A causa de su actividad, el individuo narcotraficante vive fuera del orden social; es un delincuente, por eso delinquir de nuevo no afecta en nada a su identidad jurídica. Delitos más delitos menos, siempre existirá el camino de la corrupción. La agresividad humana se ve agravada por estímulos físicos, psicológicos y socioculturales. Mucho se ha dicho ya en este ensayo de la proclividad del sinaloense a la agresión. Pero el narcotráfico, como ambiente vivo alrededor de un individuo constituye la atmósfera perfecta para la violencia; sólo el estado de guerra lo supera. Quien vive dentro del narcotráfico no conoce límites para su libertad; dado que las fronteras se pierden, el narco se vuelve libertino.

Con el libertinaje viene la atrocidad de la violencia. El narco puede agredir, golpear y asesinar porque nadie se lo impide; peor aún, en la estructura social en la que habita, la violencia es parte de su trabajo: ser sicario es una posición de escalada para posiciones mejores. Ejecutar es mérito escalafonario. Todos los capos han tenido la obligación de matar alguna vez. Para ordenar la muerte de alguien hay que conocerla con los dedos.

A diario aparecen en los periódicos sinaloenses noticias acerca de ejecutados, “levantados” y “encobijados”. La frialdad con la que reporteros y periodistas de los medios locales narran los hechos a nadie sorprende. El espectáculo de la violencia es parte de la programación diaria en Sinaloa. Todos los habitantes saben que los narcos se matan entre ellos. Así pagan sus deudas y sus errores: la vida es un bien transaccional igual que el dinero.

En un brillante ensayo titulado Tesis sobre el asesino serial, Heriberto Yépez razona sobre el enorme aburrimiento que debe sufrir el asesino serial. Nos dice que matar la primera vez debe ser similar a un orgasmo kármico; en cambio, matar una y otra vez reduce la sensación y conduce al palacio del tedio. La paradoja es que “…el asesino serial no mata porque sea insensible, se vuelve insensible porque ha matado demasiado”. Algo similar sucede con el narco: ha matado y encobijado a tantos que ya no importa. La diferencia con el asesino serial es que este último cumple un procedimiento: con el asesinato busca pulir su técnica y encontrar significados; los estudios sobre asesinos seriales demuestran que, generalmente, son individuos dotados de una inteligencia por encima de lo normal. Asesinan para saber. En contraste, el narco mata porque es parte de su trabajo; para mantenerse en el negocio, es necesario matar. El sicario no es un asesino, es un matón. Hay todavía una categorización cualitativa en el hecho de privar de la vida a ­alguien. Asesinar —disculpen el atrevimiento— es superior a matar porque implica premeditación, preparación, estudio. El narco simplemente tira del gatillo y mata. Punto.

El narcotraficante —sicario, bajador, lavador o capo— es siempre un paria. Su estado prófugo de la justicia y la ley lo orilla a la huída permanente, al escape constante. Vivir en continua movilización le impide establecer lazos y cimientos materiales y emocionales. La actitud de derroche y despilfarro proviene, sobre todo, del hecho de que no goza de tiempo suficiente para disfrutar los bienes adquiridos. Siempre tiene que irse pues siempre están detrás de él. La vida del narco es una permanente despedida. Ya que siempre está de partida, resulta que no se va nunca. Incluso muerto se mantiene presente: la épica del corrido le conserva vigencia. Lamberto Quintero es omnipresente.

El narco es un paria no porque no tenga orígenes, sino porque no puede echar raíces. Dos hechos sustentan esta afirmación: la primera es la forma en que muchos de los capos aceptan, con cierto agrado y complacencia, ser encarcelados. Dentro del penal se encuentran más seguros, pueden seguir operando y, lo mejor, tienen estabilidad; allí, tras de las celdas, el nervio permanente de saberse perseguido se esfuma. La otra explicación es la “nueva tendencia” del narcotráfico: el neo-narco no es ya el “enbotado” iletrado y valentón: ahora goza de título universitario, usa corbata y hasta trabaja en alguna institución reconocida. Vive en una casa clase-mediera y se traslada en sedanes de medio pelo. La razón es sencilla: el narco quiere dinero, pero también quiere tranquilidad.

La persecución y el asesinato convierten al narco en un hombre triste y solo. Dentro del huracán de hechos que se suceden en su ambiente, el narco pierde los asideros. Dado que vive de confiar —y desconfiar— de los demás, necesita un faro al cual apelar cuando pierde la dirección. Por esto, el narco es un hombre con fe. La fe le ayuda a justificar sus actos y, por ende, necesita un depositario de dicha fe.

Pobres de los pueblos que no tienen imágenes en quienes depositar sus súplicas y como el narco no puede hacerlo en las imágenes aceptadas de las religiones oficiales, crea las suyas. Así ha convertido a Malverde, un simple bandido de principios del siglo XX, en un pseudo-santo sujeto de culto. Mediante los donativos generosos, los agradecimientos con tambora y días enteros de fiesta en la capilla del “santo”, el narco ha contribuido con un elemento único al imaginario de nuestra tierra. Malverde es el Santo Patrono de los narcos, y como estos últimos influyen con fuerza en el vivir cotidiano de todos los sinaloenses, Malverde prefigura también como el santo patrono del resto de los ciudadanos.

Existe todavía un modo peor de abordar la violencia. Pensar que el narco pueda sensibilizarse y dejar de matar es una ingenuidad. En el momento en que el narco reflexiona acerca de lo que hace, se destruye. Sobrevivir al negocio requiere de fortaleza, de huevos, y mostrar debilidad al matar es pasar de matón a muerto, de criminal a víctima. En el narcotráfico el que perdona la vida entrega la suya. Pero ¿qué sucede con quienes presenciamos el show desde afuera?

Los que asistimos al concierto mediático de las ejecuciones y los asesinatos nos hemos vuelto tan indiferentes como los que portan las armas. Comentamos las cifras con afán burlesco o con una frialdad que hiela. Leemos los relatos y sólo nos sorprenden las distinciones grotescas. A través de la prensa, la radio y la televisión asistimos con nuestros sentidos al asesinato. Nos volvemos cómplices por omisión. En tanto permitimos que la hilera de muertos continúe, ya sea por miedo o por desinterés, co-matamos. Imaginémonos de pie, al lado del sicario que dispara repetidamente su pistola, sin decir una palabra. En cierto sentido, somos también matones seriales.

¿Existe afinidad o simplemente indiferencia ante la violencia que vive el estado?, ¿será que, congruentes con nuestra naturaleza, creemos que los narcos se lo merecen?, ¿será que nos parecemos tanto? O ¿será que somos los mismos?

Semejantes, iguales, idénticos. Después de todo, identidad significa también la cualidad de ser idéntico y los narcos son parte de nuestra identidad.

 

“EDITANDO EL PRESENTE…”

 

Antonio Saborit, en el prólogo del libro que compila las mejores ensayos mexicanos del 2005, dice que la intención de agrupar y publicar como conjunto un grupo de ensayos con los más diversos temas, es “editar el presente”. Utilizo la expresión para señalar que en un ensayo de esta extensión y cuyo propósito primordial es la búsqueda de la identidad de un pueblo, en este caso, el sinaloense, la esencia es la misma: editar.

Editar posee dos definiciones, una que remite a las letras y significa publicar en un medio impreso y la otra, de connotación audiovisual, que significa cortar y ordenar una grabación para su emisión en radio, cine o televisión.

Por lo tanto podemos decir que editar es capturar los instantes para darles, con coherencia, un sentido. Este ensayo es precisamente eso: una edición de las partes que, creo, integran el conjunto de elementos identatarios del sinaloense para integrarlas en una obra congruente y creíble. En algún lugar, Mæterlink dijo que un ensayo busca, en lugar de verdad, el ofrecimiento de tres respuestas verosímiles.

A lo largo del presente ensayo hemos recorrido, de manera somera, los principales rasgos que caracterizan al mundo que habitamos; la globalización se presenta como la madre envolvente de todos los efectos de interconexión de las sociedades y como la principal causa del desencanto que agobia al ser humano del tercer milenio; hicimos también, una análisis de las características de la modernidad y, sobre todo, de la posmodernidad como eras continuas y contradictorias. El recorrido anterior obedece a la firme intención de entender que si la globalización es una realidad ineludible, lo primero que tenemos que hacer es estudiarla —ensayarla— para comprender sus alcances.

Tras escribir una introducción que esboza contextualizar la posición de México en el mundo y del estado de Sinaloa en el país, realizamos un largo recorrido por las principales etapas de la historia sinaloense. Cabe aclarar que no era el propósito realizar un estudio histórico detallado y minucioso, sino conocer los efectos de las transformaciones que se sucedieron en cada época con la finalidad de comprender nuestros orígenes y abarcar el proceso de desarrollo de nuestra sociedad. Es importante establecer que la historia debe pensarse en un tiempo lineal e irrepetible, situando al instante como la medida de imprevisibilidad de la historia; es importante porque agrega el carácter de responsabilidad a las acciones humanas. Pensar en un tiempo repetitivo que retorna siempre a los orígenes es caer en el determinismo histórico que resta influencia a las decisiones de los hombres. Es, definitivamente, restarnos responsabilidad para transferir la culpa al “tiempo”.

El hombre es, primordialmente, un ser histórico. En El Laberinto de la soledad, Octavio Paz afirma que los mexicanos no tenemos una historia, sino que somos nuestra historia. Por ello la necesidad de conocer nuestros antecedentes, además es conocimiento aceptado que la memoria histórica contribuye al mantenimiento y afirmación de la identidad de los pueblos. Para saber quiénes somos es necesario saber de dónde provenimos.

La historia sinaloense arroja conclusiones importantes en la construcción de nuestra identidad cultural colectiva. Somos un pueblo con características anatómicas distintas del resto del país. La diferencia en el tono de piel y la estatura son simples muestras de que la mezcla racial entre españoles, colonos extranjeros e indígenas, se dio con menor profundidad en los estados del norte de la república. No es que ser menos morenos o más altos signifique una ventaja por sobre los habitantes del centro o el sur. Los hombres somos iguales más allá de cualquier característica mental o física. Es sólo reconocer el origen de las diferencias.

Pero la parcial aniquilación de las comunidades indígenas, que de por sí contenían poblaciones mucho menores que las del centro de México, a través de la conquista, el despojo de sus tierras y la exclusión de los beneficios de las reformas regionales, nos quitó más de lo que nos dejó. Perdimos con ello la diferenciación étnica de la que gozan Oaxaca o Chiapas, por mencionar dos ejemplos, y esto significa la eliminación de lenguas nativas, recetas de cocina prehispánicas, ritos y monumentos que enriquecen, siempre, el sentido de propiedad y pertenencia a una colectividad.

Otro hecho es la debilidad con la que la iglesia católica realizó su proceso convertidor en la sociedad sinaloense. Tras la expulsión de los jesuitas la secularización se mostró impráctica e ineficiente. Si bien logró establecerse como la religión oficial —pues no tenía dioses indígenas contra quienes competir— e inculcar el español como la lengua de la región, no logró una interiorización de los valores cristianos al nivel de la práctica sacramental disciplinada. Únicamente las altas esferas sociales, descendientes de la alcurnia española de la colonia, han conservado una fiel tradición católica. El resto del pueblo se distingue más por su bautismo católico que por la práctica de las exigencias de la Iglesia. La población rural, que constituye siempre el bastión de creyentes de la Iglesia, ha derivado en pueblos relativamente jóvenes (nacidos en el siglo XX) con órdenes sociales basados en su economía y no en la religión.

La Reforma y la Revolución han significado los cambios más importantes en las estructuras políticas, económicas y sociales del Estado. Los resultados son muy tangibles: la Reforma abrió las puertas al liberalismo occidental y dio a México, junto con Sinaloa, la posibilidad de la conformación de un marco jurídico laico. El antes filósofo y teólogo Ratzinger, ahora Papa y máximo jerarca de la Iglesia Católica (Benedicto XVI), establece que las democracias son legítimas porque el pueblo participa de la creación y el diseño del derecho que las rige, algo que nos ayuda a entender la importancia del movimiento reformador; por primera vez México y nuestro nstado tenían la posibilidad de regirse con leyes creadas por ellos y para ellos y no provenientes de los españoles. Es verdad que la democracia estaba lejos de ser alcanzada, pero al menos se había construido un marco normativo legítimo. Sinaloa sorprende en esta etapa por proponer leyes liberales de avanzada y proteger derechos que ningún otro estado protegía.

En cuanto a la Revolución, es obvio que el cambio se dio en el desmembramiento del sistema político dictatorial de Porfirio Díaz y Francisco Cañedo, pero en términos generales hubo una continuidad en el proyecto económico capitalista y el mantenimiento del poder agrícola e industrial a manos de las familias ricas. Si bien el reparto agrario eliminó, prácticamente, el latifundismo, los indígenas y los habitantes de la sierra fueron siempre relegados de las transformaciones del progreso. No es casualidad que la mayor parte de los narcotraficantes tengan orígenes serranos. Las condiciones difíciles de las tierras altas obligaron a los habitantes a buscar alternativas económicas rentables. Así Sinaloa pagaría cara su desatención por la sierra, viendo cómo los cerros parían al narcotráfico.

Tras la Revolución, Sinaloa recorrió el mismo camino que el resto de los estados: priísmo, estabilidad, democracia fingida y crisis sexenales. Sólo la delincuencia organizada y la inseguridad le han dado un matiz diferente a nuestro estado. Cosa triste, Sinaloa nos duele.

Una vez revisada nuestra historia iniciamos una introspección honesta sobre los rasgos más comunes del ciudadano sinaloense. Se incluye una descripción personalísima de la identidad individual del hombre y la mujer sinaloenses; su gusto por la música, representada por la tambora y la creación de un género musical mundialmente conocido y elogiado: la banda sinaloense y; su cariño por la fiesta y la cerveza como dos elementos que acompañan el vivir cotidiano de nuestro pueblo.

Pero los rasgos de un grupo social no significan nada si no se develan sus secretos más oscuros. Para el sinaloense la fiesta, el alcohol, la tambora y sus mujeres, esconden misterios que nos cala reconocer. Hay en nosotros una continua y potencial actitud de provocación. La provocación parece ser el principal accionar personal, un estado permanente de alerta que llama la atención, que exige atención. Detrás de la máscara alegre y servicial, el sinaloense esconde un rostro triste porque espera reconocimiento, ansía ser advertido y, por lo tanto, provoca. Una vez percibido, la moral no importa; si está bien o mal, el objetivo se ha conseguido. El sinaloense provoca porque quiere integrarse.

Finalmente se incluye un apartado que disecciona al narcotraficante, ese sujeto tan atractivo que ha constituido el tema principal de novelas, obras de teatro y películas. El narco es el referente mediático de nuestro estado. Nunca se pretende hacer un juicio ético del fenómeno económico y político que puede representar el narcotráfico en el mundo; mucho menos de la bondad moral del consumo de drogas. La intención es descifrar cómo el narco es, y por qué es así. En matemáticas, específicamente en trigonometría, una manera de descifrar una curva es encontrando sus límites. Analógicamente también funciona para los seres humanos: un método para conocerlos es observando sus extremos. Los alemanes de hoy comprenden con horror que son el mismo pueblo del holocausto, los sinaloenses podemos empezar por reconocer en el narco un extremo de nosotros mismos. Si los alemanes, todos, contienen a Hitler; los sinaloenses, todos, contenemos a Amado Carrillo o Caro Quintero. La aceptación es el primer paso para modificar la realidad.

 

LOGOS.

Hasta ahora abordamos la identidad del sinaloense desde tres enfoques: el primero, desde la comprensión lógica de la identidad como algo que se construye y modifica a través del desarrollo histórico de los pueblos; el segundo, observando los rasgos característicos que distinguen al pueblo de Sinaloa de otros estados de la república y; el tercero, haciendo uso del bisturí en la disección del narco como un extremo distorsionado de nuestra identidad.

Hasta aquí las conclusiones no son halagadoras. Pensar que los sinaloenses estemos remitidos a la borrachera, la provocación y la violencia, porque así ha sido nuestra historia o porque así lo establece la cultura del narcotráfico es desalentador. La identidad que hemos construido no tiene que permanecer intacta a pesar de la aceptación con la que se vive.

Pero identidad significa también, en una definición más profunda, la conciencia que tiene cada uno de ser él mismo y distinto de los demás. La definición compromete la voluntad de afirmar la identidad personal como diferencia. Viktor Frankl, en El Hombre en Busca de Sentido, nos recuerda que el hombre puede ser despojado de todo, pero nunca de su capacidad de elección. En este plano, la seguridad por sostener lo que somos y lo que queremos ser es una cuestión de decisión. Ninguna época, por ruin o desquiciada que sea, puede privarnos de nuestra capacidad de decidir y encontrar sentido a la propia existencia.

Por último, a manera de conclusión: sentido –logos, en griegosignifica encontrar una razón de ser, el principio u orden del universo o, simplemente, Dios. Independientemente de las creencias particulares, la posibilidad de mejorarnos como personas, como ciudadanos mexicanos y como sinaloenses se encuentra en la capacidad de cada uno para afirmar su identidad personal a través de la búsqueda del sentido propio. El entorno ni las circunstancias pueden privarnos de la esperanza que proporciona encontrar un destino. Los caminos son tan variados como la imaginación de cada uno. Este ensayo es, de alguna manera, una aspiración a pensar. Una provocación para que nos pensemos. Sí, una provocación para buscarnos.

Una provocación porque, después de todo, también soy sinaloense.

 

Apéndice.

TESIS SOBRE LA PROVOCACIÓN 

I

Provocare es la raíz latina del castellano provocar. Provocar significa, en un sentido, incitar a la acción ajena. De alguna manera la provocación es un fenómeno mecánico, en tanto combina dos agentes, uno causa y otro efecto, el que mueve, y el que es movido. Una vuelta al Primer Motor filosófico de Santo Tomás de Aquino, raíz del movimiento. La creación es resultado de ese primer acto provocador. ¿Divino o sintético? Cuestión de fe. Provocar es un acto de creación primera repetido, iterado. Provocar es recrear. Provocar es jugar a ser Dios.

II

La provocación consiste en hacer que el otro actúe, cierto, pero no como influencia unilateral sino recíproca. Se trata de que actúe con respecto al que provoca, es decir, te provoco para que me respondas.

Así, la provocación como fenómeno mecánico y hasta físico entraña un desdoblamiento del proceso porque no es instantáneo. El desarrollo de la provocación requiere de tiempo, tiempo durante el cual el provocador realiza su faena y perfecciona los medios de influencia y coacción: argumento, ofensa, mirada, llanto, rubor. Así, de la misma manera que un mecanismo, la interacción entre las piezas parte del equilibrio de fuerzas. Al inicio, ambos —provocador y provocado— están en igualdad de circunstancias, pero una vez echado a andar el engranaje, el provocador transmite energía al otro, al provocado, para que éste la absorba y agotando su capacidad contenedora, reaccione. El sistema se rompe cuando las fuerzas se desequilibran. La energía no se crea ni se destruye, únicamente se transforma y el desequilibrio entre la fuerza accionada y la absorbida implica una liberación del excedente. Una disipación fugaz. La respuesta a la provocación es una explosión, una liberación súbita e instantánea de todos los demonios, una caja de Pandora. La respuesta es pasar del dolor y el odio —potenciales en sí mismos— a la ira.

III

Puede provocarse para conseguir un bien legítimo, una consecuencia benéfica. Pero ya el proceso intrínsecamente posee una connotación violenta, forzada. El hecho de provocar incluye, de manera intrínseca, un componente de obligación; más bien, de coacción. La premisa de que nadie puede obligar a otro a hacer algo que no desee es verdadera, pero sólo es aplicable en circunstancias de igualdad de condiciones y libertad de elección; y en un país donde la libertad y la igualdad son meras quimeras, tan subjetivas como el poder económico o las relaciones personales, perfectamente se puede orillar al otro a la acción.

IV

Otro elemento es el carácter vano y arrogante de la provocación. Se provoca por orgullo, para hacerse notar, para mostrarse y demostrarse. La intención es que todos lo noten, que puedan percibir al provocador. Si simpatizan o lo odian no importa: mínimo, lo advierten. De fondo, esta característica obedece más a un sentimiento de inferioridad que a un propósito de superioridad. Sentimiento vuelto resentimiento. El que se considera mejor que los otros no se detiene a demostrarlo; puesto que para él es obvio, debe serlo para el resto. En cambio, el que se considera inferior necesita afirmar, por lo menos, su igualdad, y la mejor manera es enfrentando, confrontando; rivalizar es necesario porque los enemigos son, antes que diferentes, iguales. Y para rivalizar hay que provocar. La provocación es el camino para llegar al reconocimiento. Te provoco para que me notes… para que todos me noten. Provocación-vanidad es el acto del Narciso.

V

               Y si el proceso provocativo es paulatino, no lo es su reacción; la disipación descontrolada, la explosión del provocado se realiza en una fracción ínfima de tiempo, en el instante. Mientras que el artificio de la polémica es obra del sujeto activo, el provocador, la explosión corresponde al sujeto pasivo, el provocado. El movido no es más que instrumento, herramienta…cosa

VI

La mujer es la provocadora por excelencia. Si el macho apela a la fuerza propia, ella apela a la debilidad ajena. Flirtear es provocar. Fijar la mirada para encontrarse con otros ojos es un acto silencioso y sutil de provocación. Respirar profundo y ruborizarse es la respuesta buscada, aunque no se trascienda. La coquetería femenina es la danza más hermosa de la provocación, es un rito, una liturgia. La mujer hace fino el acto porque no siembra reacciones, sino deseos. Después de todo, unos labios son siempre más efectivos que unos puños. Provocación igual a tentación.

VII

Escribir es similar a provocar. El escritor, aunque no pretenda los laureles busca respuestas. Publicar es el acto provocador más alto de un escritor. Es incitar a la confrontación con el lector, con los lectores. Si la provocación suele ser dual, al escribir la confrontación alcanza su cenit porque mientras que el provocador es Uno, los provocados son Muchos. Publicar es una declaración de guerra. Cualquier escritor que no goce de lectores, así sea post mortem, es un provocador mediocre, un fracasado. A Loser.

VII. 1

 Si escribir es un acto de provocación. El ensayo, como genero literario, es la mejor arma para realizar el acto. La ironía es el tono de la ofensa. La carencia de límites del ensayo le brinda la libertad de la versatilidad y para ofender, es necesaria siempre, versatilidad, ingenio. La agonía de la lectura como placer, y del libro, como instrumento, expresan la indiferencia del lector ante el callado acto provocativo de la escritura. Por ello la urgencia de una herramienta más agresiva, de una que cale los oídos y trastoque las ideas del provocado. Ese es el ensayo. Escribir es provocar. Ensayar es violentar.